Fue una fría noche del 17 de noviembre, hace nueve años ya, cuando Enrique Urquijo quedó tendido sin vida en una calle de Madrid. Estaba solo, y a todos aquellos que admirábamos su música, o la poesía de sus letras, a veces amargas como la vida misma, impregnadas de soledad, se nos heló el corazón. Nos quedábamos solos, nos dejaba quien nos estremecía con sus palabras musicadas en las tardes de cualquier otoño como el que se lo llevó, quizás porque sentíamos lo mismo que él, aunque nos faltara su creatividad, su sensibilidad a flor de piel, o su valor para expresarlo. Canciones de amor, pero especialmente de desamor, de tristeza, llenas de poesía, salidas de lo más profundo del ser humano, de esos terrenos que hoy apenas se pisan. Caricias hechas canción, cataratas de emociones que te hacían sentir, sí, sentir!, así con mayúsculas, y como consecuencia de ello, vivir, cuando él estaba dejando de hacerlo. Esas que a mí me hubiera gustado componer: “Cambio de planes”, “Quiero beber ha...