lunes, marzo 26

¡Hagamos la revolución!


Llega el momento de la verdad, un 29 de Marzo 2012 que puede pasar a la historia como el momento en el que la sociedad española reaccionó ante las mayores agresiones a la clase obrera hechas en los últimos 30 años, o bien como la culminación del descalabro de una izquierda confundida y aturdida.

Todo empezó cuando desde un poder importante, en el estado, las comunidades autónomas y ayuntamientos, esta izquierda fue incapaz de plantar cara a los canallas del mudo económico y financiero causantes, culpables de la mayor crisis económica de los últimos años.

Aplicar métodos que correspondían a la derecha, haciendo oídos sordos a quienes les reclamábamos que debían convocar elecciones anticipadas, para que fuera ésta la que de manera natural lo hiciera, consiguió el enfado de su base social y la confusión y aturdimiento de los más fieles.


Tener que defender lo indefendible, porque las decisiones las tomaban gobiernos socialistas provocó que sus bases perdieran el prestigio conseguido durante años desactivándolos para los próximos. Ese error lo pagará la izquierda a corto y medio plazo, al menos hasta que se olviden los agravios.

Como consecuencia de aquellos errores ahora Rajoy y el PP pueden seguir la senda iniciada por esa izquierda timorata, con coartadas difíciles de rebatir: “oigan señores socialistas, pero si esto me lo enseñaron ustedes” parecen decirle a un Rubalcaba empequeñecido como cómplice de lo anterior, cada vez que éste se atreve a abrir la boca.

Ante una izquierda política desactivada solo quedaban los sindicatos, aunque estos también se encuentran en entredicho, no solo porque se les ve incapaces de dar alternativas serias, también porque se han convertido en pesadas maquinarias burocráticas repletas de liberados a sueldo, alejados de las fábricas, de los tajos, mirados con desconfianza por una clase obrera agredida y malherida.

Veremos qué pasa el próximo jueves, aunque soy pesimista a la vista de las encuestas que dicen que solo el 30 % están dispuestos a hacerla y porque lógicamente la hacen quienes están en posesión de un puesto de trabajo al que se aferran como lapas al borde de un abismo al fondo del cual se encuentran más de cinco millones de compañeras y compañeros.


Si como parece resulta un sonoro fracaso la izquierda política y sindical quedará herida para un largo tiempo y todas las nuevas agresiones que tienen preparadas se aplicarán sin ninguna piedad. La derrota demostrará el error táctico, quizás por no haber previsto que las decisiones debían haber sido de más largo alcance, debían haber sido estratégicas. Pero aún estamos a tiempo. Si dedicamos nuestro esfuerzo a acumular fuerzas, a ser capaces de unir en un frente común a la clase obrera, media, a parados, jubilados, estudiantes, autónomos, hombres y mujeres que representan a los nuevos oprimidos por el poder económico- financiero y sus representantes de la derecha política. Si somos capaces de cambiar la correlación de fuerzas actual y crear una situación revolucionaria, en la calle, en los centros de trabajo, en las universidades y centros de estudio, aún será posible frenar esta situación.

No debemos tener miedo a utilizar métodos revolucionarios, no debemos temer el defender que solo una revolución, moderna, sin sangre, pero revolución en el sentido clásico del término como método para cambiar las cosas.

Todo ello combinado con el método democrático de la presión en las urnas. Lo ocurrido el pasado domingo favorece esta posibilidad, aunque no debemos eludir el análisis de que un incremento de la abstención en ambas elecciones por encima del 10 % es extremadamente peligroso.

Releer a los clásicos, Marx, Keynes, nos puede dar claves para la situación actual.

Volver a las trincheras de la lucha de clases clásica debe ser una obligación para quienes nos consideramos de la izquierda. Despertar a esa izquierda, levantarla en pié, azuzar a sus bases, desperezarlas, animarlas a la lucha, una lucha encabezada como en todas las revoluciones que se precien de la minoría más activa, audaz, valiente, transformadora.

Una minoría que sea capaz de adaptar sus instrumentos de transformación, el partido y el sindicato a los nuevos tiempos, a las nuevas necesidades. Unas herramientas obsoletas de la que probablemente habrá que excluir aquellos dirigentes anclados en la burocracia, el inmovilismo que nos esteriliza. Hacer la revolución social necesitará previamente realizarla en el interior de esos partidos y sindicatos.


Estamos al borde del abismo o sea que no podemos, no debemos perder más tiempo, hay que movilizar ya a esas minorías, iniciar la lucha. Hacer la revolución interna y externa. Ya!

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