domingo, mayo 22

Novela de Iker Sticher sobre mis "experiencias" con "Billy el niño"



Los Relatos de Iker Sticher
Eclipse
&

El consentimiento de José María Irujo y la colaboración de José Luis Úriz han sido fundamentales para que este libro se haya hecho realidad. A ellos les debo mi agradecimiento y lo dedico a todas aquellas personas que, por sus creencias políticas, pasaron por la antigua Dirección General de Segu- ridad, especialmente, a la memoria de Enrique Ruano.


ECLIPSE


1. LOS CLANDESTINOS


—Póngame con el inspector.
¿Quién es usted? ¿Por qué quiere hablar con el inspector? Una voz grave, firme e imperativa, pero quebrada por la
emoción, empezaba a colmar la paciencia de Castro —al otro
lado del teléfono— policía nacional de 59 años, casado y con tres hijos, de guardia en la centralita de la Dirección Gene- ral de Seguridad, aquella tarde fría y húmeda del invierno de 1974
—Tengo algo importante que revelarle. ¿Me comprende?
—¡Vamos hombre!, no me diga que tiene la fórmula de la Coca—Cola. ¡Hable! ¿Tiene algo que denunciar? ¿Quiere de- nunciar algún suceso?
—Así es, se trata... —la seguridad que transmitía su tono de voz se transformó repentinamente en duda— de una cierta confidencia, ¿entiende lo que le digo?
—¡Deje de hacerme preguntas! Identifíquese y dígame de qué se trata. ¡Su nombre y qué ha pasado!
—Está bien, está bien. Mire, tengo la... certeza de que se está celebrando una reunión subversiva aquí, cerca de donde vivo.
—A ver, cuénteme esto de la reunión, ¿ha dicho reunión subversiva? ¿Cómo sabe que es una reunión subversiva?


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El humor iracundo de Castro aquella tarde, y casi todas, empezaba a calmarse. Las palabras reunión subversiva ha- bían captado su atención con tanto interés, que la identidad del interlocutor pasaba alegremente a un segundo plano, poco o nada relevante.
—Verá, hace ya algunas semanas que observo a varias per- sonas, entre las que hay muchos jóvenes, entrar y salir de dos en dos de un edificio situado frente al mío. Entran de dos en dos y salen de dos en dos, ¿comprende?
—¡Sí, está claro! —Le escupió Castro.
—Algunos de ellos tienen aspecto, ya sabe, poco católico, incorrecto... pelo largo, vaqueros raídos, etcétera, etcétera. Además, aunque no podría confirmarlo, sospecho que practi- can relaciones prohibidas en uno de los pisos. Desde mi venta- na veo las siluetas moverse y, no sé qué decirle, usted ya com- prende.
—Sí, sí, comprendo. ¿Tiene alguna prueba de que formen parte de una organización política o sindicato subversivo?
—Sí, en efecto. He visto su repugnante propaganda.
—Bien, ¿dónde la ha visto? ¿Cómo sabe que se les puede relacionar con esa propaganda? ¡Ah! Y dígame su nombre.
—Verá... uno de ellos es alumno mío. En la universidad. Le he visto distribuir folletos de índole izquierdista entre al- gunos  alumnos.  Como  comprenderá,  prefiero mantenerme en el anonimato, pero creía necesario informarles. Hoy en día las cosas se están torciendo, ya no es lo mismo que hace vein- te años, cuando había seguridad y se podía confiar en todo el mundo.
—Bien, de acuerdo. Es suficiente. Gracias por su llamada. Deme la dirección y enviaremos una patrulla.

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El agente Castro rebajó su tono ante la imposibilidad de rebatir tal argumento, pero también le provocó una cierta frustración el no poder hacerlo.
—Calle de Viriato 78. En la tercera planta. Oiga, el joven al que me refiero es alto y delgado, con el pelo liso...
—Sí, sí, gracias. Es suficiente.
—Suele vestir...
—Está bien, ¡óigame! Gracias de nuevo. Buenas tardes.
En el salón del tercer piso de un edificio de protección ofi- cial, angosto, construido en apenas tres metros de ancho pero profundo y alto, con cinco pisos, que como todas las viviendas sociales del régimen tenía clavada en el dintel de la entrada la placa distintiva, con el yugo y las flechas a modo de guinda, un joven espigado imprimía folletos manualmente con un artilu- gio rudimentario al que todos llamaban la vietnamita. Cada folleto nacía bajo un sonido estridente y mecánico, parecido al que emitían las máquinas de escribir cuando se terminaba una línea y había que desplazar manualmente el cilindro, pero más tosco, más duro. El salón no era excesivamente grande, ni mu- cho menos lujoso, pero tenía la dignidad de quien hizo de él un hogar; con las paredes empapeladas de un beige amarillento por el paso de los años, una lámpara de cristalería con formas florales que recordaban al barroco, pero de molde industrial, una mesa y varias sillas con una capa de veta de madera barni- zada, un sofá de escai, y un estante en el que se apilaban libros, revistas y folletos de una manera asimétrica y desordenada. El piso era prestado. Los padres de Juanjo, un tipo de mediana edad con el pelo rizado, tuerto, y de carácter resuelto, además de un innegable carisma, se lo cedían a cambio de que pagase el alquiler, por entonces de dos mil pesetas, sin saber que se


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iba a convertir en un centro de reunión de jóvenes, y menos jóvenes, de obreros, estudiantes, artistas y gente del mundo de la cultura por entonces silenciada.
Mientras Uriarte, el joven espigado, seguía imprimiendo folletos con “la vietnamita”, Juanjo ejercía, por decirlo así, de moderador, si es que a Juanjo se le podía considerar modera- do. Con ímpetu y desparpajo, invitaba a los presentes a ofrecer su opinión, sus ideas que expresasen su parecer. Uno de ellos, ya en la cuarentena, tranquilo y reflexivo, pero firme como una roca, trabajador en la hidro—eléctrica del estado, huérfano de guerra, y que recibía el apodo de “Basauri”, porque había he- cho la mili en esa localidad, explicaba las posibles trabas con las que se podía encontrar al inscribirse en el sindicato vertical
—nombre que recibían los únicos sindicatos permitidos por el sistema— ya que tenía motivos para sospechar que sospecha- ban de él.
—Al menos cuatro veces me han llamado a oficinas para soltarme el rollo de la moral fuera del trabajo. Que qué hago en mi vida privada, que esta no debe interferir en la profesio- nal, y si soy miembro de algún grupo o asociación.
Juanjo, el tuerto, valoraba sus palabras con seriedad. Es- taba claro que la sospecha caía sobre su compañero, pero este no temía la situación, aparentemente.
—Si puedo hacer algo, lo haré.
Los sindicatos verticales eran algo así como una falacia inventada por el sistema, puesto que al ser el único sindica- to permitido y legal, controlado por el gobierno sin oposición posible, básicamente por la inexistencia de partidos políticos, o mejor dicho, por la prohibición que caía sobre ellos, aunque existían en la clandestinidad, la posibilidad de defender losderechos de los trabajadores o estudiantes, si tomamos este principio como la razón de ser de un sindicato, estaba comple- tamente condicionada por la arbitrariedad con la que se qui- sieran favorecer, o no, estos derechos. Esta condición ineludi- ble por la que debía pasar el trabajador o estudiante, si quería ser representado y escuchado, era en realidad una cortina de humo que le daba al régimen una apariencia casi democrática, pero que generaba en un número creciente de personas con- trarias a la doctrina del régimen, un sentimiento de usurpa- ción de los propios derechos, y como consecuencia, acciones contra el sistema de diversa intensidad, que se sucedían como explosiones submarinas, bajo la superficie de normalidad que la dictadura tanto se esforzaba en aparentar.
—Me parece una buena idea —dijo Beatriz, una joven de veintitantos estudiante de medicina, habitual en las reuniones y en los desacuerdos— pero creo que el hecho de formar parte del sindicato, por  mismo, no influye en nada, solo nos pone en peligro. Si de verdad queremos avanzar, será necesario te- ner gente en todos los sindicatos, y actuar de forma coordina- da hasta que se produzca un colapso, al menos en este aspecto del sistema.
—Eso es algo que podemos hacer perfectamente, ¿por qué no? —Dijo Álvaro—. Es posible inundar todo el sindicato con nuestra gente y destruirlo por dentro. De hecho, somos casi los únicos que nos afiliamos al sindicato.
Las palabras de Álvaro, también estudiante pero más jo- ven en el primer curso de ingenieros de caminos, solían ser exageradamente optimistas, de un idealismo triunfante, algo ingenuo pero siempre con agudeza y cierto grado de razón. Se diría que a causa de su edad, pero lo cierto es que era un es- píritu infantil, no en el sentido peyorativo, al contrario, tenía

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aquel punto de vista no condicionado por las normas, puro e incorrupto, que hace creer a las personas que son capaces de casi todo. Este arrojo y determinación gustaban a Juanjo. Él mismo tenía estas cualidades, pero un carácter mucho más duro, forjado en la lucha obrera casi desde su infancia, pues empezó a trabajar en una fundición a los trece años, donde perdió dos dedos de una mano manipulando una máquina, lo que junto a su ojo tuerto, le daba un aspecto aguerrido. La po- licía, que le conocía casi tan bien como su familia, le llamaba Quasimodo en tono despectivo, pero él decía que tenía un ojo mirando contra el gobierno y las manos de hierro colado. Era una autoridad moral, muy respetado y querido.
Bajo la conversación, opiniones diversas, e incluso a veces confrontación de ideas, aunque siempre con un denominador común de compañerismo, como si a pesar de algunas renci- llas puntuales un vínculo invisible impidiese la enemistad, la vietnamita seguía escupiendo folletos al sonido de ¡rrrraaaa- accckkkk! Uriarte se afanaba en imprimir el máximo núme- ro posible. Era una ley no escrita que él se encargaba de la mal llamada, propagandística. A menudo recibía este nombre desde voces contrarias, afines al movimiento nacional en to- dos sus estratos, desde veteranos de la división azul a altos cargos de los ministerios, pasando por la temida Brigada Po- lítico Social. En la universidad, Uriarte había creado una red de simpatizantes, que en ocasiones se convertían en militantes gracias a sus dotes comunicativas y su indudable simpatía. Era el tipo de compañero que se relacionaba con todo el mundo, muy locuaz y abierto. Funcionaba como captador. Una vez te- nía confianza en alguien, cosa que sucedía sorprendentemente rápido, le empezaba a nutrir con todo el material de que dis- ponía.


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—Necesito imprimir veinte copias más, por lo menos. Hay un chico de Bellas Artes que conoce a siete u ocho personas que se van a unir. ¿Oyes Juanjo? Te los presento y los pones a prueba. Las dos chicas con quien me visteis el otro día, la rubia y la del pelo corto, “las teresas” las llamamos. Es que fueron a una escuela de monjas, pero os aseguro que no aprendie- ron nada allí... están interesadas, cada día me preguntan por las reuniones y todo eso. Te quieren conocer Juanjo. Podemos quedar un día en “El Segoviano” y con un poco de vino y unas tapas vemos si se pueden unir. Yo creo que sí, son buena gente. Beatriz, tu podrías hablarles un poco del tema, puede que les des más confianza. ¡Ah! Y Toni Cabrera, de mi clase, el que me ayuda a pasar el material en la uni, vendrá el lunes que viene.
—¿A este lo has traído tú?
Juanjo se refería a un joven tímido y observador que esta- ba sentado en un rincón con una pose recogida, impresionado por formar parte de aquella reunión, aunque apenas hubiese participado, intentando no hacerse notar demasiado. Se lla- maba Edu y había preparado mentalmente desde varios días atrás una especie de discurso, o al menos una opinión con la que quedar bien e intentar impresionar un poco a sus nuevos compañeros, pero cuando Juanjo le señaló, con su estilo direc- to, sin ambigüedades, y todos se giraron hacia a él inquisiti- vamente, se quedó bloqueado, no supo qué decir, pero Álvaro salió en su rescate, explicando que era su contacto. Esto ya era una puerta de entrada, pero no pudo evitar pasar el examen que todos los novatos debían pasar: cuál era su motivación en la política, quién le había hablado del partido, su procedencia social, y un largo etcétera que incluía preguntas sobre histo- ria o bibliografía recomendada. Esto era importante porque la seguridad de todos dependía de la eficacia del filtro que se

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aplicase a los nuevos miembros, o dicho sin eufemismos, para evitar que la policía se infiltrase en el partido.
Ésta era una costumbre, si bien necesaria, que a Rodri- go le parecía obstinada, que iba más allá de la pura necesidad para convertirse en un rito de iniciación, en el que era inevi- table un cierto ensañamiento con el novato, como condición sine qua non para ser aceptado. Pero era necesario. Rodrigo era un joven de veinticuatro años, delgado y enclenque, con una expresión facial pacífica y calmada, que le confería un aura misteriosa, de un magnetismo hipnótico que desarma- ba. Tenía el pelo oscuro, semilargo, según las tendencias de la época, con unas patillas pobladas que le llegaban hasta el ángulo de la mandíbula, y unos ojos claros que arrojaban luz de su mirada, como si su interior estuviese iluminado. Vestía camisas ajustadas, con la solapa del cuello terminada en picos largos, y tejanos también ajustados, acampanados al acercarse a los pies. Se expresaba de forma pausada, midiendo sus pala- bras, pero no para encajar con el pensamiento del otro, si no para expresar aquello que exactamente quería decir. Y decía lo que pensaba. Él también tuvo que pasar por esa prueba de acceso la primera vez que asistió a una reunión de la L.C.R., ansioso de formar parte de aquel selecto grupo que se atrevía a desafiar el orden establecido, y no solo eso, sino que además se postulaban como una alternativa rebelde, contraria al ré- gimen dictatorial imperante desde más de tres décadas atrás, y fuertemente reprimidos por la policía. Aquellos ideales con los que tanto se identificaba, le parecían una razón de ser y por la que luchar, le parecía algo de un valor heroico querer cam- biar las normas de una sociedad enquistada por el miedo a la represión, esclava de los valores más arcaicos del catolicismo español y además quebrada, pues una mitad de España estaba


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silenciada. Rodrigo era un idealista con un profundo sentido de la justicia. Había huido de un pueblo rural manchego dos años atrás, después de una fuerte reprimenda de su padre por haber gastado cien pesetas en un libro. Pero este no era el mo- tivo de una reacción tan drástica, más bien fue la gota que col- mó el vaso de una relación marcada por una autoridad exce- siva que le asfixiaba, le impedía ser quien era. Era una familia la suya que soportaba fuertes restricciones, tanto materiales como morales, las primeras por la dificultad que suponía ali- mentar a seis personas con las rendas de unos pocos animales y un campo de trigo, y las segundas por una tradición obsoleta, cuyos valores le aplastaban el cerebro.
—¿En qué medida cambiaremos las cosas? Dentro del sin- dicato nuestras opciones de destruirlo son pocas. Y aún en el caso de que lo consiguiéramos, esto no va a producir un cam- bio. De hecho, los sindicatos verticales ya funcionan mal. Es un esfuerzo en vano.
Las palabras de Rodrigo solían chocar con la opinión ge- neral, y aunque no era el único en diferir,  era el que solía to- mar una posición más distante de la mayoría, provocando dis- cusiones acaloradas y un razonable grado de polémica, pero también una extraña seducción. No lo hacía por diferenciarse de los demás de una forma vanidosa, o por el ánimo de crear confusión, simplemente extraía sus propias conclusiones. Ir contracorriente se llevaba en aquel círculo, era parte de la for- ma de vida de aquellas personas, era una actitud que general- mente se adoptaba como rasgo distintivo, aunque Rodrigo lle- vaba toda su vida a contracorriente, y sabía que era agotador.
—La situación debe ser conocida fuera del país —argu- mentó Rodrigo—. Vivimos en un aislamiento al que mucha gente se resigna, creyendo incluso que no es tan malo, porque

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no conocen nada más. Ni la prensa, ni la televisión muestran la realidad del país, ni la que hay en el exterior. No es posible la comparación, y esto es la fuerza del régimen. Solo nos llegan rumores de lo que es vivir en libertad.
Julio, otro de los presentes, acomodado en el sofá de escai con las piernas cruzadas, se mostraba de acuerdo con él. Eran de la misma edad, quizá la única o una de las pocas cosas que tenían en común. Julio era mucho más tradicional, incluso en su aspecto, todavía de chico pueblerino, peinado con una raya perfectamente marcada a un lado y ropa heredada, de quince o veinte años atrás. Acomodaticio por naturaleza, pocas veces se mostraba en desacuerdo con los demás, y aunque partici- paba activamente, prefería seguir antes que emprender. En el fondo, no veía las cosas de la misma forma que Rodrigo, pero admiraba su criterio de opinión. No era casual que fuera su mejor amigo. Ambos eran del mismo pueblo manchego, rural y estancado en el tiempo, del que también se marchó, pero en su caso con el beneplácito familiar para estudiar en Madrid. Él y Rodrigo compartían vivienda —esto y su amistad sí les daba mucho en común— no en un piso de estudiantes, si no en casa de unos tíos de Julio, sin hijos, con la abuela materna. Cuando Rodrigo se fue a Madrid, le acogieron como a uno más de la familia gracias a la intermediación de Julio, y un año después éste se unió al empezar sus estudios en la capital, convirtién- dose en poco menos que hermanos a causa de la singular si- tuación.
Mientras Julio apoyaba la opinión de su amigo, Álvaro se entusiasmaba cada vez más con la idea de convertirse en topo, Beatriz matizaba y profundizaba en el tema, e incluso Edu, el tímido y primerizo, se atrevía a decir la suya, se armó un barullo de voces solapadas que impedía escuchar ninguna de

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ellas, hasta el punto de hacer suave el sonido atronador de la vietnamita. Juanjo terminó la disputa dialéctica con un grito enérgico y autoritario.
—¡Vale ya por hoy! Se sigue la directriz del partido ¿¡es- tamos!? Llevamos a cabo el plan de acción, cada uno en su sindicato. Después será el momento de escuchar las propues- tas que tengáis. Nos vemos el próximo lunes a la misma hora. Recordad salir de dos en dos.




2. EL COCHE NEGRO


Un murmullo de voces contenidas al otro lado de la puerta se apagaba progresivamente mientras Rodrigo y Julio bajaban las escaleras del edificio. Julio se dirigía a su amigo con entu- siasmo y admiración, quizá porque a menudo se admiran las cualidades que uno no tiene, pero también por la profunda y sincera amistad que les unía. Una amistad de polos opuestos; algo así como la extraña pareja bien avenida. Rodrigo insistía en su postura, comparativa a otros países con distintas situa- ciones políticas, ya fuera a conciencia o no, pues una de sus aspiraciones era viajar, conocer mundo, otras culturas, otras gentes, y hasta ahora no había podido hacerlo, nunca había salido de España a causa de la pobreza material, y también moral, en la que había crecido. Pero en los dos últimos años había conseguido independencia económica gracias a su tra- bajo en una fábrica textil, que le permitía seguir viviendo en Madrid, primero como bracero en la carga y descarga del gé- nero, y más tarde como operario en una de las máquinas de la planta, teniendo que asistir a un curso nocturno durante casi un año que le capacitó para ello. Desde luego no era su sueño. No había conocido otra forma de vida que no fuera la del trabajo duro, manual, en el campo y ahora en la industria, pero no era lo que él quería. El curso de operario de máquinas apenas llenó el vacío que sentía por no haber tenido la oportunidad de estudiar, su gran frustración, aunque se formaba a sí mismo de una manera autodidáctica; leyendo y hablando.
—Estamos sumergidos en las costumbres y las leyes, y todo lo que quieren que creamos, sin ser capaces de ver más allá. Este aislamiento ha mantenido al pueblo dócil hasta aho- ra, pero es el momento de que la gente vea que hay otra reali- dad posible.
—¿Cómo se puede cambiar una mentalidad tan arraiga- da? —Dijo Julio—. Conozco mucha gente que no está conten- ta, pero no se atreven a alzar la voz. Mantienen su rechazo en silencio.
—Precisamente, hay que sacar a la gente del silencio. Es- tamos en una época de cambio, cada vez somos más los que nos atrevemos a luchar. Esto es imparable, Julio.
Los dos chicos seguían hablando de su tema predilecto ya en la calle, dejando atrás el estrecho y profundo edificio del que salían. Eran aproximadamente las ocho de la noche. Hacía un frío agudo, cortante, que provocaba dolor en las orejas, y además, había en el ambiente una humedad que se impregna- ba hasta los huesos a causa de la neblina que flotaba, dispersa aquí y allá, aunque sin llegar a entorpecer la visibilidad. En la calle de la que salían y la siguiente que tomaron, doblando la esquina, convivían edificios construidos durante la posguerra, pequeños y grises, con otros más recientes, construidos en los últimos años de florecimiento económico, a los que se empezó a llamar bloques, mucho más altos y con tres, cuatro o más puertas por rellano. En la calle sólo se veían un par de comer- ciantes de la zona, que en ese momento bajaban las persia- nas metálicas con un fuerte estruendo, y algún que otro coche que al pasar iluminaba la pared junto a la que Rodrigo y Julio


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caminaban, absortos en su conversación, sintiéndose libres y privilegiados, protagonistas de una apasionante aventura, que por azar o no, aquel día les señalaba.
Las luces de un nuevo coche les enfocaban, esta vez de frente, cuando ya habían doblado la esquina. A los pocos me- tros de cruzarse con ellos, el coche les deslumbró con las luces de carretera, cegándoles, haciéndoles detenerse un momento, puesto que en contraste con la oscuridad de la calle, vagamen- te iluminada por unas pocas farolas de corto alcance, les im- pedía ver siquiera delante de sus pies. Desconcertados por un momento, con el acto reflejo de esperar a que el coche pasara, se detuvieron. Pero el coche no pasó de largo, hizo una parada en sus vidas que recordarían para siempre.
Un SEAT 124 negro subió estrepitosamente a la acera, de- lante suyo, cortándoles el paso y frenando con un chirrido de los neumáticos sobre los adoquines. Con la vista todavía nu- blada por la potente luz, y antes incluso de que el coche se hu- biera detenido por completo, dos hombres con trajes oscuros, que en esas circunstancias parecían sombras en la oscuridad, se abalanzaron sobre ellos en una algarabía caótica de gritos, golpes, empujones, e insultos. Rodrigo, con el tiempo, solo re- cordaría dos cosas con claridad: Una placa brillante en una funda de cuero, y las palabras “Brigada Político Social”.
Bruscamente los tumbaron de cara contra el capó del 124 negro, agarrándoles las manos para enmanillarlos a la espalda. Era una sensación extraña; el frío que recorría todo su cuerpo, y el calor que emanaba del motor del coche en la mejilla pega- da al metal. A la fuerza los dos hombres los metieron dentro del coche, ambos en el asiento de atrás, mientras Julio repetía una y otra vez, como si fuera un rosario “¿qué pasa? ¡No he- mos hecho nada!”. El coche arrancó tan rápido como se había

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detenido, maniobrando temerariamente, de forma que con los giros bruscos y los golpes en los neumáticos, al subir y bajar el bordillo, se balanceaba como un flan de gelatina, poniendo a prueba los amortiguadores. Los dos comerciantes, a quienes la escena sorprendió en el momento de irse a casa, ni siquiera se detuvieron para saciar su curiosidad, siguieron andando, echando algún vistazo despistado, pero sin detenerse.
Los siguientes en salir del edificio, eran Álvaro y Edu, éste último, exultante tras haber superado con éxito su rito iniciá- tico, y Álvaro orgulloso y satisfecho por ser su mentor dentro de la L.C.R. El chico no le había fallado, y ahora disfrutaba de su posición de veterano; había ganado cierta jerarquía al traer a un nuevo miembro, y ahora le explicaba con un tono ligera- mente resabido, que no debía tomar la actitud de Juanjo como una ofensa porque era por el bien común, pero Edu no estaba pensando en eso precisamente. Estaba ebrio de emoción, era su entrada en el mundo de la lucha política, su oportunidad de relacionarse con todos esos compañeros a los que ya admira- ba, su entrada en la edad adulta.
—¿Cómo perdió los dedos Juanjo? —Dijo Edu en un tono que sugería un exceso de imaginación, como si esperase que le respondieran que los perdió en una batalla, ante cientos de enemigos.
Álvaro, sin mirarle, se regodeaba en su rol de militante experimentado.
—Siempre cuenta esa historia él mismo. No tendrás que esperar mucho para oírla.
Con una leve frustración de su curiosidad, Edu seguía in- teresado en conocer a los demás compañeros, quería que le hablara de ellos, especialmente de Beatriz, unos años mayor que él, con quien había quedado impresionado.


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—¿Hace tiempo que está en el partido?
—Sí, casi desde el principio. Es una de las personas más cercanas a Juanjo y, como has visto, entiende mucho de políti- ca, ha leído un montón.
Todavía vivo su ensoñamiento, Edu se imaginaba enta- blando conversación con ella.
—Supongo que vendrá cada lunes.
—Sí, es de las que nunca falla —dijo Álvaro, captando su interés—. Cada lunes puntual como un reloj.
Los dos jóvenes andaban en la oscuridad de las calles, frías y húmedas, con el suelo salpicado de perlas de agua, como si hubieran caído unas gotas de lluvia, pero a causa de la niebla densa y pesada. Cuando ya habían doblado la esquina y toma- ban la misma dirección en la que, un instante antes, habían salido Rodrigo y Julio, Álvaro observó las marcas de frenada que los neumáticos del 124 dejaron sobre la acera.
—Este frenazo en la acera... no estaba cuando vinimos. Rodrigo y Julio se encontraban enmanillados en el asien-
to trasero del SEAT 124 negro, de la Brigada Político Social.
Los asientos tenían una tapicería sintética parecida al cuero, y también negra, que le daba aires de coche oficial, aunque ningún otro signo lo revelara. Uno de los policías de paisano, vestido más o menos correctamente, con pantalones y ameri- cana a juego, les custodiaba sentado junto a ellos. Era un tipo alto, delgado y huesudo, con las mandíbulas y los nudillos muy marcados y saltones. Los otros dos ocupaban las plazas delan- teras, y a causa del caos y desconcierto en el momento de la de- tención, Rodrigo ni recordaba sus caras. Todos eran jóvenes, de aproximadamente su edad. Rodrigo estaba sentado justo detrás del asiento del copiloto, y además, muy cerca de su nuca


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porque al estar maniatado a la espalda, tenía que sentarse en el borde, casi tocando con el pecho el respaldo del asiento de- lantero. Las esposas, muy apretadas, le producían dolor en los huesos y tendones de las muñecas, motivo por el que se que- jó con actitud rebelde e irrespetuosa, como si estuviera recla- mando un derecho esencial. Y efectivamente así lo creía.
—Me han apretado mucho las esposas. Me duele.
Entonces pudo verle la cara al policía que tenía delante suyo, cuando éste se giró en un ataque de furia, totalmente fuera de sí. Era feo. Tenía los rasgos faciales aniñados, con unos mofletes hinchados que le caían hasta las comisuras de la boca, pero con una mirada mezquina y calculadora, llena de odio, bajo unas cejas pobladas. Llevaba el pelo largo, tapán- dole las orejas, hasta la base del cuello, y no era liso ni rizado, tampoco ondulado, parecía el pelo de un muñeco; seco, tieso. En contraste con su aspecto físico, iba vestido elegantemente con un traje azul marino, que a simple vista parecía de buen patronaje, camisa blanca y corbata perfectamente ajustada, a rayas diagonales. En un espasmo de locura, aquella mezcla de elegancia y brutalidad, empezó a golpearle y a gritarle sin nin- gún tipo de inhibición, reprendiéndole por su queja, a sus ojos impertinente.
—¡Malnacido! ¡Vuelve a quejarte de las esposas y te hundo a ostias! ¡Ni se te ocurra volver a abrir la boca!
Julio, profundamente afectado por la situación que esta- ban viviendo, y sin poder reprimir su desesperación por un momento más, estalló en un grito de auxilio “¡Pare!” que el tipo alto y huesudo, sentado junto a él, se encargó de silenciar tapándole la boca con su mano angulosa, ancha y de dedos largos, mientras con la otra, cerrada en un puño, le castiga-


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ba las costillas como un púgil encabritado. Pero sentía el do- lor lejano, como si aquel cuerpo no fuera suyo, sin importarle demasiado, pues su mente era un volcán de pensamientos y emociones absortos en la preocupación por las consecuencias que pudiera tener aquella detención.
En su interior, y de forma inversa a la de su amigo, Rodri- go mantenía una calma extraña y consciente, abstraído de la situación como si de repente nada existiera a su alrededor, a pesar de encontrarse en medio de aquella tormenta de golpes. Desde el interior del coche, la ciudad se veía con un vértigo embriagador y asfixiante, que colapsaba los sentidos a cau- sa de los gritos, golpes, la pérdida del equilibrio cada vez que tomaban una curva a gran velocidad, y las luces fugaces que salpicaban las calles oscuras, dejando estelas en su retina, que al mirar a su agresor, parecían reacciones chispeantes a sus muecas desencajadas por una rabia ciega, animal e irreflexiva. Tampoco sentía dolor, ni miedo. Se sorprendió al encontrarse lúcido y preparado para afrontar, el más que probable calva- rio que les esperaba, allá donde fuera que les llevasen. En ese momento, Rodrigo descubrió lo profundas y firmes que eran sus creencias, y se sintió protegido por algo más fuerte que los golpes, algo que estaba arraigado en su interior y que no era posible someter. Decidió aferrarse a aquello, fuera lo que fue- ra, tan suyo, y no soltarlo hasta haberse liberado de ese trance oscuro.
Como si el viaje solo hubiera durado un momento, a pesar de que habían cruzado media ciudad, tambaleándose, cayendo sobre Julio y el policía alto y huesudo, y a la inversa, cuando el coche tomaba una curva, aturdido por el caos de violencia física y verbal, Rodrigo observó de pronto cómo el coche re- ducía para entrar a la Puerta del Sol por una de las bocacalles.

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Ahora empezaba a volver de pronto a una percepción estable de la realidad. De vez en cuando miraba a su amigo Julio de reojo sin saber si debía intentar mostrarle coraje, o compartir su estado de ánimo de terrible incertidumbre, para que ningu- no de los dos se sintiera solo. Instintivamente hicieron ambas cosas. Pocas veces se habían dicho tanto en todos los años que duraba ya su amistad, desde la infancia en el pueblo, y después compartiendo vivienda, militancia y destino en Madrid. No hi- cieron falta palabras para decirse que resistirían cualquier en- vite que les prepararan, que no se iban a traicionar, ni el uno al otro, ni a los compañeros del partido, y que tenían el valor suficiente, como personas, para superar esa prueba. Todo esto sucedía en la mente de Rodrigo, y podía leer en la mirada de Julio que también era así, mientras de fondo, las mismas pala- bras repetitivas intentaban desestabilizarles.
—Esto ha sido sólo un aperitivo. Ya veréis lo que os espera cuando lleguemos. ¿Trabajáis? Si es así ya podéis olvidaros, porque vais a perder el trabajo. Quedaréis fichados. Olvida- ros de cualquier trabajo de funcionario, o cualquier puesto de responsabilidad. A partir de ahora sólo tendréis acceso a los puestos más básicos. De peón, de mozo... pero cuando salgáis de la cárcel, porque lo más seguro es que paséis una tempora- da a la sombra.
El coche se detuvo ante la puerta de la Dirección Gene- ral de Seguridad, un edificio neoclásico de gruesas paredes de piedra, fastuoso y sólido, que con su presencia, coronada por la bandera nacional con el águila de San Juan en el centro on- deando en el balcón, presidía la Puerta del Sol, mostrando su grandeza e importancia. La puerta del edificio estaba custo- diada por dos policías nacionales que apenas se distinguían en la oscuridad, camuflados por su uniforme gris como la piedra

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de la fachada. Llevaban un chaquetón cruzado que les llegaba hasta más abajo de las rodillas, y sólo destacaban los reflejos de los botones metálicos y una funda de pistola que salía por un orificio del chaquetón.
Con gran diligencia, el policía feo y elegante que iba en el asiento del copiloto, y el que se sentaba detrás, con Rodrigo y Julio, abrieron las puertas del coche antes incluso de que se detuviera, como si ese fuera el sello personal que anunciaba su llegada, y una vez fuera, de pie, les sacaron cogiéndoles del brazo. El ruido compacto de las puertas del coche, cuando las cerraron de un empujón, y el taconeo de los zapatos sobre los adoquines, debían oírse por toda la plaza —pensó Rodrigo— puesto que no había nadie, ni nada más que se hiciera notar lo más mínimo. Sintió una leve vergüenza por ello, y en seguida se fijó en la mirada de reproche de uno de los policías de la entrada, con bigote ancho y las mejillas descarnadas, que deja- ban traslucir las formas del cráneo y las mandíbulas. Cruzan- do ya el umbral del portón, las amenazas y coacciones seguían como un rosario blasfemo, intentando erosionar su moral.
—Poquito os falta para empezar a cantar. Cuando veáis la que se os cae encima, vais a cantar de plano —dijo el tipo feo, elegante, y ahora sabía que también, irascible, en un tono y expresión que sugería una satisfacción malévola por tenerles cautivos.
La primera impresión en el interior fue la de un olor rancio y una humedad que transpiraba de la piedra, y que se impreg- naba en uno casi más que la del exterior, mientras Rodrigo todavía notaba el peso de la mirada del policía de la entrada. Cuando ya había cruzado el umbral y tenía al policía detrás, una posición en la que debía sentirse más cómodo, oyó decirle entre dientes:
—Buena noche vas a pasar, rojito.



3. TRAS LA FACHADA IMPECABLE


En el vestíbulo enorme, propio de un palacio, con el suelo de piedra, formado por unas baldosas gigantescas y sorpren- dentemente oscuro, ya que sólo lo iluminaba una lámpara col- gada del techo por lo menos a tres metros del suelo, y una luz de mesa en el mostrador que había justo en frente, nada más cruzar el lindar de la entrada, y tras el que otro policía, sentado en una postura incómoda, que no reflejaba descanso ni aten- ción, les miraba con la cabeza semi levantada, a medio camino entre los papeles que tenía entre manos y ellos. Su silencio era tan explícito como los murmullos de su compañero, pegado a una de las jambas de la puerta de entrada.
En el exterior se oía el ruido sordo del motor del 124 ale- jarse, y dos ojos más, en uno de los rincones, envueltos en uni- forme gris, se posaban otra vez sobre Julio y Rodrigo. Sin duda eran la novedad. Como mínimo les estaban dando un protago- nismo que a Rodrigo, de naturaleza humilde, le costaba asu- mir, aunque sobra decir que no era nada halagüeño, más bien parecían las miradas de aves carroñeras mirando con bajeza, en silencio y a una distancia prudente, los últimos movimien- tos espasmódicos de su presa antes de morir y poder lanzarse finalmente sobre sus despojos. Nunca había tenido una sensa- ción de ser observado como hasta entonces. Incluso su padre,


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del que le separaba un enfrentamiento antagónico, no era, ni mucho menos, tan vil y retorcido. Era directo, para bien o para mal, no dejaba dudas sobre su parecer. Podían tener diferen- cias, incluso insalvables, pero nunca le podría reprochar falta de franqueza. En aquel momento le recordó con afecto por los pocos momentos buenos que de él recordaba, y con un cierto pesar por no haber sido mejor hijo, al menos como él lo hubie- ra querido. Era más que seguro que cuando las noticias de su detención, y las consecuencias que pudiera tener llegasen al pueblo, la relación se rompiera definitivamente, motivo por el que aquellos buenos recuerdos, aunque pocos, y sobre todo de su infancia, le producían una terrible nostalgia, una dolorosa pérdida de sus raíces que le abocaba a un vacío de espíritu cada vez más presente y más corrosivo. Pero ahora también gozaba de un compañerismo leal y fascinante, que en los nuevos tiem- pos le insuflaba vitalidad y esperanza en el futuro, y Julio era, quizá, su mayor testigo, quien le miraba, nervioso, cuando se lo llevaban hacia abajo, supuestamente a un sótano, al tiempo que a él le dirigían escaleras arriba. En direcciones opuestas se lanzaban una última mirada esperanzadora, contraria a su separación impuesta por un orden al que rechazaban.
—Este pasará primero por el despacho –dijo el tipo ele- gante, de pelo tieso y feo, al tiempo que daba órdenes a su com- pañero— Llévate al otro abajo. Después le llegará su turno.
El policía que custodiaba a Julio, alto y huesudo, no tenía el mismo carácter resolutivo y dirigente que su colega de pelo largo. A pesar de ser de complexión más fuerte que el otro, y aspecto general duro, su comportamiento era mucho más dó- cil, por así decirlo. Tenía aspecto de atleta griego, de discóbolo; con proporciones idealizadas y armónicas, pero no infundía el mismo temor que su colega, mucho más bajo y enclenque.

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Parecían una pareja que se complementaba por el músculo de uno, y la mala leche del otro.
—¡Sé fuerte! ¡No podrán con nosotros! —Le gritó Rodrigo a su amigo, mientras se perdía en la oscuridad de uno de los pasillos, que continuaban más allá del vestíbulo, y a él lo lleva- ban por las escaleras principales hacia arriba.
Julio no sabía exactamente qué responderle. Compartía su estado de ánimo, pero en el fondo sabía que estaba meti- do en un problema que, sin quererlo completamente, se había buscado por su amistad con Rodrigo. Se debatía entre la leal- tad a su amigo, y el deseo de abandonar inmediatamente la militancia política, que tantos problemas le estaba trayendo. Julio era práctico, y también algo influenciable. No supo qué palabras eran las más adecuadas para ese momento, y en lu- gar de decir lo que sentía: «Quiero irme de aquí ahora mismo y volver al pueblo» o decir lo que tenía que decir: «resistiré, saldremos adelante», optó por callar. En ese momento tenía un conflicto consigo mismo más importante que con la ley, y en lugar de hablar, no pudo pronunciar una palabra cuando el policía alto y fuerte le llevaba del brazo, alejándose a cada paso, perdiéndose en la oscuridad que les engullía progresi- vamente, más allá del vestíbulo. Rodrigo, habitualmente muy agudo en su sentido de la empatía, no supo interpretar los sen- timientos opuestos que chocaban frontalmente en el interior de su amigo, y pensó que era el temor lo que le hacía callar, por lo que siguió infundiéndole coraje:
—¡No te dejes vencer Julio! ¡Saldremos de esta!
Sus palabras provocaron la ira del tipo feo y elegante que le llevaba del brazo.
—No te pases de listo, que te dejo sin comer —le dijo con una mueca dibujada en la cara, que dejaba ver sus dientes

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apretados, y arqueaba sus cejas con los extremos interiores en cuña, mientras sus ojos inyectados en sangre parecían querer saltar de sus órbitas.
El vestíbulo quedó vacío, desalmado, cuando Julio y Ro- drigo ya habían desaparecido y sólo se oían, lejanamente, sus pasos junto a los de los policías, vibrando por el efecto sonoro que producían en los pasillos, largos y de altísimos techos.
En una sala del segundo piso, con ventanas alargadas que daban a la Puerta del Sol, cerradas por unos postigos de made- ra, selladas, casi se diría, sin un resquicio por el que entrara un halo de luz de las farolas, que al otro lado de los gruesos muros de piedra iluminaban tenuemente la plaza. Los postigos y las paredes estaban pintados de un gris azulado, que a Rodrigo le recordó al color de los buques de guerra, con una franja negra a ras de suelo a modo de zócalo. Pretendía ser un despacho; con una mesa de madera ribeteada en sus bordes, una silla de oficina de respaldo alto y una lámpara también alta, de al me- nos un metro y medio que reposaba en el suelo, en una peana metálica redonda. Pero no había ningún otro elemento habi- tual en un despacho. Ni estantes, ni libros, ni cuadros o títulos universitarios colgados de las paredes que le dieran aires de importancia al lugar. Podía ser un despacho desalmado, o el despacho de un desalmado, pero no cumplía la función para la que está destinada un despacho, eso estaba claro. Rodrigo estaba sentado delante del escritorio, en otra silla mucho más modesta, y también incómoda, del tipo industrial que tanto se había popularizado en los últimos años, formada por una estructura de hierro barnizada con un esmalte plateado, so- bre la que iban atornilladas dos planchas de madera cóncavas que servían de asiento y respaldo. Todavía enmanillado por detrás, se preguntaba qué les ocurriría a él y a su amigo, al

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mismo tiempo que presentía la respuesta, y un escalofrío re- corría su espalda hasta las cervicales. «Preferiría no saber a qué me enfrento», pensó, como si el velo de la ignorancia fuera una protección preferible a la fuerza del valor. Para bien o para mal, lo sabía muy bien. En el partido le habían entrenado para, llegada la ocasión, superar aquella prueba de la mejor mane- ra posible y no delatar a ninguno de los compañeros. Además le habían entregado, como a todos, un librito con instruccio- nes precisas sobre qué decir, qué no decir, y cómo actuar. «Un seguro de vida», pensó con sarcasmo y cierto abatimiento, al verse a sí mismo como un cabeza de turco, pero enseguida se dio cuenta de la debilidad de esos pensamientos que habían surgido en su mente a causa del dolor que le podía ocasionar aquella detención.
Delante suyo, con aquellas miradas sombrías, de pie, el policía feo y elegante, y dos tipos más de la Brigada Político Social registraban su chaquetón, buscando en los bolsillos. Uno de los otros dos ya empezaba a serle familiar: era el que se sentaba detrás con Julio y él, alto y huesudo, y el tercero, aunque no podía estar seguro, le parecía el conductor que les había traído hasta allí, y que, presuntamente, habría ido a aparcar mientras los otros dos les llevaban dentro. A Rodrigo se le ocurrió que eran como un grupo de amigos disolutos que se había reunido para divertirse un poco. Todos tenían apro- ximadamente su edad, ninguno llegaba, aparentemente, a la treintena. El tercero de ellos, al que la intuición de Rodrigo identificó como el conductor, estaba a medio camino entre los otros dos en cuanto a presencia física, es decir, de una comple- xión normal, media, y curiosamente también ocupaba una po- sición intermedia en cuanto expresión, locuacidad y liderazgo. Si el tipo enclenque con el pelo largo y elegante, llevaba la voz


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cantante y parecía especialmente interesado en el asunto, el otro menos elegante, pero más alto y con mejor presencia, pa- recía más dócil, y apenas abría la boca de vez en cuando, el conductor participaba activamente, pero sin llevar la inicia- tiva, con un tono de voz y lenguaje corporal que transmitía confianza en  mismo. «Quizá demasiada», pensó Rodrigo, pero no era el líder, a pesar de su presunción. Parecía haber traspasado la frontera de la seguridad en  mismo, para aden- trarse en el terreno de la arrogancia; frunciendo el ceño, con una ceja arqueada, que delataba su envanecimiento. Se atrevía a dar su opinión y a participar en buen grado, pero siempre respetando a su colega feo, irascible, exaltado, elegante, ner- vioso, obstinado...
Eunuevarrebatfuriosvolvió a salidsinterior aquel impulso endiablado que le sorprendió en el coche, cuando se giró para golpearle al quejarse de la presión de las esposas.
—¿¡Qué coño es esta basura!? —Gritó al encontrar en uno de los bolsillos del chaquetón un folleto de los que había im- preso Uriarte— Liga... Comunista... Revolucionaria... Los sin- dicatos verticales... como medio... para derrotar a la dictadu- ra... ¡La madre que te parió, rojo hijo de puta! ¿Qué pintas tú en la Liga... Comunista de los cojones? ¡García, trae el abrigo!
Por lo visto, García era el tipo alto y huesudo. Con un ade- mán serio y obediente, que transmitía un sentido del deber muy arraigado, salió de la sala sin decir palabra, pero arrojan- do a Rodrigo una mirada severa, que una vez más le recordó a una estatua griega, a uno de aquellos bustos de expresión irreductible que inmortalizan a algún guerrero o héroe de la antigüedad. Las preguntas continuaron como eructadas o es- cupidas.



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—¿¡Qué función tienes tú en la Liga de rojos!? ¿¡Quién es el jefe!? ¿¡Cuántos sois!?
Pero Rodrigo guardó silencio, sin saber exactamente por qué. Primero pensó que por rebeldía, ¿acaso creía ese ener- gúmeno que le iba a contar todas las intimidades del partido? Después cayó en la cuenta de que su silencio respondía a algo más profundo, aunque en cierta manera también era una ex- presión de rebeldía, su silencio estaba motivado por un senti- miento que no podía expresar con palabras ante la policía. El silencio incluía el rechazo a la miseria que le había rodeado en casa, en el pueblo, al pensamiento único instaurado por un sistema sin alternativas legales, a la brutalidad con que se re- primía todo comportamiento divergente, y también incluía su negativa a adaptarse a aquellas normas, como si quisiera vivir para siempre en el país de nunca jamás.
—Es mejor que hables, chaval. Te vas a ahorrar muchos disgustos —dijo el conductor en un tono pausado y grave, re- godeándose en su posición de poder sobre él.
García entró de nuevo en la sala con un anorak muy grue- so, de aquellos rellenos de plumas, abultados y mullidos. Tan sólo verlo entrar el líder de ellos, quien le hacía casi todas las preguntas, se apresuró a quitarle las esposas. Con movimien- tos impulsivos que reflejaban un estado nervioso fuera de lo normal, sacó de su bolsillo las llaves, se situó detrás de él, al tiempo que le lanzaba miradas invasivas, acercando mucho su cara a la de Rodrigo, y rápidamente le liberó las manos, aun- que entre él y García ya le estaban sujetando, uno por cada brazo, para ponerle el anorak. Las esposas volvieron rápida- mente a sus muñecas, ahora con el anorak puesto y cerrado hasta la garganta. Rodrigo se dio cuenta en seguida de que no se preocupaban por si tenía frío. El policía feo y elegante, se

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puso delante suyo, muy cerca, tanto que pudo olerle y ver has- ta su interior en aquellos ojos oscuros e irracionales que trans- mitían un odio salvaje. En un tono mucho más bajo y suave que antes, pero también mucho más trascendente, le dijo:
—Dime quién es el jefe del partido al que perteneces, y qué cargo ocupas tú.
Rodrigo entonces adoptó el silencio instintivo que le ha- bía inundado momentos antes como estrategia rebelde para afrontar el interrogatorio. No dijo nada. Se negó a hablar. Y eso era precisamente lo que su interrogador estaba esperan- do. Como si le hubieran dado luz verde, como si una puerta se abriera y dejara salir su instinto, empezó a lanzarle puñetazos al tórax y al estómago en un nuevo arrebato de ira. Rodrigo se sorprendió de lo fuerte que podía pegar aquel tipo de es- casa corpulencia. Convencido de que su estrategia de guardar silencio llevaría a la frustración y posteriormente rendición de aquel sujeto, al que ya no sabía cómo calificar, se mantu- vo firme y aguantó los golpes sin ni siquiera quejarse, ni sol- tar un murmullo de malestar. Pensaba que al mostrarse firme como una roca, en su idea de no hablar bajo ninguna coacción, atraería primero la ira y la violencia, pero después de la catar- sis se darían cuenta de que sus golpes, insultos y amenazas no tenían el efecto esperado; se sentirían impotentes y cederían por respeto a su valor. Además, el hecho de que le pusieran el anorak, grueso y mullido, revelaba  que no tenían permitido dejar señales de sus golpes.
El conductor, cruzado de brazos en una postura desafian- te, con el ceño fruncido y sin inmutarse lo más mínimo, le dijo a su compañero:
—Ya basta Billy.1

1 Las palizas de Billel Niño. El País, 29 de septiembrde 2013.  José María Irujo.

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Billy, ese era su nombre, o más bien un apodo, ¿Billy el niño? Se preguntó Rodrigo. Probablemente había en él cierta semejanza con el personaje del lejano oeste, desde sus rasgos aniñados y poca corpulencia hasta ese afán de protagonismo fanfarrón, propio de la adolescencia. Billy se detuvo después de las palabras del conductor, aunque muy enfadado y toda- vía con una gran energía. Era muy transparente en cuanto a sus emociones, cualquier idea que le pasase por la cabeza te- nía una traducción simultánea en su comportamiento, de esta manera, otro de sus arrebatos le llevó a la lámpara de pie que estaba a la derecha de Rodrigo, la encendió y la dirigió a la cara del chico, al mismo tiempo que le ordenaba a García que cerrara la luz de la sala. No era una lámpara cualquiera. Emitía una luz mucho más potente que las lámparas domésticas. Ro- drigo quedó completamente cegado, incluso cerrando los ojos, ya que no podía taparse con la mano. Y entonces continuaron los golpes, no sólo por parte de Billy, sino también del tal Gar- cía, obligando a Rodrigo a abrir los ojos para intentar evitarlos o al menos estar preparado para encajarlos, sin ver realmente nada, sólo unas sombras moviéndose, violencia y  unas nubes blancas que turbaban su vista cuando intentaba girar la cabeza para que la potente luz no le nublara más. En sus oídos, una sensación semejante a causa de los gritos de Billy: ¡Vas a ha- blar ahora mismo, rojo! ¡Dime a qué os dedicáis! ¿¡Eres tú el jefe!? ¿¡Quién es!?, y también de García: ¡Suéltalo ya! ¡Esto se puede hacer muy largo si no hablas! Produciéndole una satu- ración de los sentidos cercana al colapso. Pero no iba a hablar, no podía ni quería delatar a ningún compañero del partido y que aquella tortura se repitiese con otras personas. No era ni un chivato, ni un traidor. Estaba decidido a aguantar hasta donde fuera necesario.


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De repente, los golpes y los gritos cesaron, y sólo se oían los resoplos de cansancio después del esfuerzo de aquellos po- licías convertidos en sombras tras la luz cegadora de la lám- para. Billy declaró una tregua, que de la misma forma que los ataques, los otros dos obedecieron al momento.
—Está bien por ahora, más tarde le llegará su momento. García, quítale el anorak, que le lleven a la nevera y asegúrate de que no le den manta.
—De acuerdo —dijo García sin mirarle, acercándose a Ro- drigo con un tintineo de llaves para repetir la operación a la inversa de quitarle las esposas, el anorak, y volver a ponerle las esposas.
El conductor seguía cada movimiento sin expresión algu- na, hermético y distante, mientras sacaba un cigarrillo de un paquete de Marlboro. Finalmente dijo con desprecio:
—Eres tonto chaval. Te podías haber ahorrado todo esto sólo con decirnos lo que te pedimos. Tú te lo has buscado. Te podemos tender la mano, pero tienes que aprovechar la opor- tunidad.
Acto seguido, se encendió el cigarrillo y exhaló la primera calada con un soplido sonoro. Rodrigo estaba ya de pie suje- tado del brazo por García cuando el humo le llegó a la cara, sintiendo un cierto alivio por acabar con la primera sesión de preguntas, según recordaba del librito de instrucciones, pero también indignación. Antes de abandonar la sala, Billy le lan- zó otra de sus amenazas.
—Esto ha sido el primer plato. Lo mejor está por llegar, todavía. Ya verás cómo cantas.
Caminando hacia la puerta, Rodrigo tuvo la tentación de contestarle, pero se contuvo pensando en ceñirse a su plan,


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pasara lo que pasara. García abrió la puerta y lo condujo por el pasillo hasta otro despacho que, este sí, hacía sus funciones.
Dos policías de inconfundible uniforme gris charlaban so- bre fútbol. El que estaba sentado tras la mesa, Castro, a cargo de la centralita, con aire despreocupado y un cierto desdén de veterano, llevaba la conversación recostado en la silla.
—Que va... el Cruyff ese será un fracaso. No ha podido de- butar hasta octubre y por mucho que digan, hasta ahora sólo ha marcado unos pocos goles. Mucho ruido y pocas nueces.
Su colega, de pie, más joven y con menos jerarquía, le ha- bía venido a ver para charlar un rato, aburrido por la monoto- nía, aunque no compartía su opinión.
—No sé qué decirte, se lo tenían que haber traído para Madrid, como tenía que ser. Sólo faltaría que nos diesen algún disgusto.
Los dos se giraron hacia García y Rodrigo cuando estos asomaron por la puerta. García, con su habitual expresión de seriedad y firmeza, sin saludar apenas, le dijo al más joven:
—A la nevera. Hemos acabado por ahora. Ah, y dile al que esté abajo que no le dé manta.




4. INTROSPECCIÓN


Ahora era el policía joven que estaba hablando con Castro, quien custodiaba a Rodrigo, cogiéndolo del brazo mientras ba- jaban por las escaleras de piedra, anchas y majestuosas, hasta llegar al vestíbulo. Allí tomaron el camino por el que se habían llevado a Julio cuando entraron, al menos, pensaba Rodrigo, dos o tres horas antes, aunque no estaba seguro porque junto a sus pertenencias le habían quitado también el reloj. Creía que le llevarían por el pasillo oscuro por el que vio desaparecer a su amigo, pero le sorprendió que sólo adentrarse en la oscuridad, torcieran por otras escaleras hacia abajo. Entonces compren- dió que a Julio le habían llevado por allí antes que a él, y que probablemente sería la dirección hacia los calabozos. Esas es- caleras eran mucho más estrechas y descendían bajo un techo abovedado a oscuras, y de los bloques de piedra en las paredes, supuraban goteras de agua, algunas ya casi petrificadas, como pequeñas estalactitas pegadas a la pared, que junto con el frío penetrante de bodega, producía efectivamente la sensación de estar dentro de una nevera. Una nevera hostil que guardaba opositores al régimen, entre otros ingredientes, para elaborar un variado menú de escarmientos y penas, con todos aquellos que se atreviesen a ir contra el orden establecido.
Al final de las escaleras había una galería de celdas, oscu-



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ra, con apenas un par o tres de bombillas colgando del techo por un cable eléctrico, sin ningún tipo de lámpara y un extraño resplandor a pie de escalera que desprendía una luz tenue y anaranjada. Con cierto espanto, Rodrigo descubrió un perfil iluminado por aquella luz que parecía el de un fotógrafo en su laboratorio de revelado. Era el policía que custodiaba la gale- ría, con una de esas nuevas estufas eléctricas junto a su mesa que sólo necesitaban de un enchufe para dar calor, encendien- do una resistencia que se ponía al rojo vivo, como hierro can- dente. El policía que le llevaba del brazo saludó a su colega escuetamente, pero con un evidente tono de complicidad, casi se diría que de complot, si un tono así fuera posible. El otro, aburrido como una ostra, ser con el que tenía el parecido de encontrarse en las profundidades, captó al momento el men- saje, levantándose con un impulso que dejaba en evidencia su motivación. Se dirigió a Rodrigo y sin intermediar palabra em- pezó a registrarle, al tiempo que charlaba con su colega.
—¿Quién le ha traído?
—La B.P.S. Es un subversivo de estos que andan escon- didos —dijo el policía que le había conducido hasta ahí, en un tono rutinario.
—Ya veo. Vendrá caliente, si ha pasado por las manos de la B.P.S. Aquí se le van a refrescar las ideas... y el culo también.
—Sí que debe venir caliente. Lo tenía Billy en el despacho de arriba. Ah... oye, me han dicho que no le des manta... —dijo con dificultad, apiadándose de Rodrigo.
El guardián de la galería no pudo reprimir una risita ma- lévola al escuchar las órdenes que le privaban de la manta que se daba en invierno a todos los detenidos que pasaban por el calabozo, especialmente de noche.


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—Vaya, como te quieren —dijo con sarcasmo el policía de guardia en la galería— la has debido hacer muy gorda, chaval. Descansa un poco mientras puedas si quieres un consejo... Y quítate los cordones de los zapatos —le ordenó a Rodrigo, y dirigiéndose a su colega confirmó asintiendo con la cabeza que no llevaba nada escondido.
Rodrigo fue llevado hasta una de las celdas, aproximada- mente en la mitad de la galería, y una vez la abrió el policía de guardia y le hubieron quitado las esposas, lo lanzaron dentro de un empujón. Estaba muy oscuro, apenas podía ver nada y no sabía exactamente si sentarse y descansar o quedarse de pie. Ni siquiera se atrevió a inspeccionar la celda, ya que los dos policías se quedaron plantados delante de la puerta, mi- rándole a través de los barrotes, sin decir nada. Una situación que a Rodrigo le produjo un terrible sentimiento de violación de la intimidad. Hasta que no le dejaron solo, no se atrevió a moverse libremente. Entonces vio un camastro tirado en el suelo en un rincón y se sentó en cuclillas con la espalda apo- yada en la pared, intentando abrigarse recogiéndose en  mis- mo. Los bloques de piedra de las paredes parecían hechos de hielo; emanaban un frío intenso que a Rodrigo le hizo sepa- rar un poco el camastro de la pared, aunque no pudiera apo- yarse en ella, además en la parte alta, tocando al techo, había un tragaluz que daba a la Puerta del Sol, un poco por encima del nivel del suelo de la plaza, con una simple rejilla de hierro como única separación entre espacios, dejando pasar todo el frío del enero madrileño. Muy de vez en cuando oía unos pasos acercarse y tenía la tentación de pedir auxilio cuando el tran- seúnte, ajeno a lo que ocurría allí dentro, pasase por delante del tragaluz, pero entonces se daba cuenta de lo ridículo de ese pensamiento, motivado por una cierta desesperación, ya


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que el ciudadano respetable que pasase por allí delante, si es que no era un policía, probablemente querría verle ahí dentro para siempre, y los compañeros de lucha que conocía no solían tentar a la suerte acercándose tanto al cuartel general de sus perseguidores.
Aquella situación le hizo tomar conciencia de su soledad, de la soledad con que debía enfrentarse a aquella prueba, pero sólo hasta cierto punto, ya que Julio se encontraba en algún lugar del edificio, y aunque no pudiera verlo, ese conocimiento era suficiente para no sentirse del todo abandonado. Los desti- nos de ambos iban en una misma dirección, desde su amistad en el pueblo hasta su juventud en Madrid, compartiendo ideo- logía, amistades y el piso de los tíos de Julio, donde vivían los dos. Para Rodrigo era una familia de acogida, casi adoptiva, que le había colmado del calor humano que le faltó con los de su propia sangre. Vivían en un barrio acomodado del centro de la ciudad, en un piso espacioso, con un aire señorial, burgués, muy típico de la clase socio—económica alta de la época, con los techos altos, de al menos tres metros, habitaciones gran- des y espaciosas, electrodomésticos modernos, algunos cua- dros medianamente cotizados que mostraban la evidencia de su gusto por la pintura y también por la música, cuyo piano de cola era el mejor testigo, aunque su uso no fuera, ni de largo, periódico, cotidiano o regular. Al contrario de la tendencia ge- neralizada que marcaban los estereotipos de la época y la clase social, no eran una gente de espíritu corrompido por la vani- dad y preocupada en exceso por su status, bien al contrario, su ánimo alegre y optimista contagiaba de amor por la vida y las personas, siendo raras las veces en las que se veía a alguno de ellos afligido. Nunca discutían. El tío Ponce, eternamen- te vestido con uno de sus trajes marrones, que variaban poco


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en su tono, excepto cuando para ir cómodamente por casa, se ponía su batín colorado, era un hombre siempre dispuesto a ayudar, a dar un buen consejo, a escuchar y comprender, y siempre encontraba una respuesta juiciosa y benévola a todos los problemas y cuestiones que producían un efecto balsámico en la persona que le escuchaba, como si tuviera una especie de habilidad o poder para calmar los dolores de espíritu de los demás. Sus amigos y colegas del mundo empresarial en el que se movía, a menudo acudían a él a consultarle sobre los planes que tenían en sus negocios, e incluso sobre problemas familia- res. También mediaba en pequeños conflictos y desavenencias entre las personas de su entorno, como si fuera un juez de paz. Tenía el respeto y la confianza de todos. Su mujer, la tía Car- men, con la que no había tenido hijos, sin que esta circunstan- cia fuera tema de conversación o incluso habladurías, era una mujer entrada en carnes de una vitalidad envidiable, sonrisa amplia y acogedora, unos ojos grandes y claros que parecían querer salir de sus órbitas para establecer un contacto más cercano con los demás. Con ellos vivía su madre, una mujer de unos ochenta años, que padecía una enfermedad en los hue- sos que la obligaba a reposar la mayor parte del día, y a la que le dedicaban toda la atención necesaria, por amor y respeto a sus mayores. A pesar de su estado de salud precario, Rodrigo nunca la oyó quejarse y las conversaciones con ella eran agra- dables y divertidas, y disfrutaba especialmente de ellas con los más jóvenes, como si una alegría intensa y sincera la invadiera al ver que la vida seguía después de ella.
Era una familia encantadora que a Rodrigo le había hecho sentirse querido como un hijo, pero había una incertidumbre latente que le corroía por dentro; también era una familia cer- cana al régimen, bien relacionada con personas influyentes de


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los diferentes estratos del sistema, desde empresarios, hasta jueces e incluso políticos, en una palabra, todo aquello contra lo que Rodrigo luchaba, sobra decir que en secreto, sin que su familia de acogida sospechara nada, al menos aparentemente, y sin que él nunca se atreviera a hablar de política con ellos. Lo hubiera hecho por la  confianza que les tenía, pero en el fondo, el miedo a perderles si se descubría su militancia po- lítica pesaba más, y ahora se veía a  mismo entre dos aguas. Su detención se iba a conocer irremediablemente, de hecho ya debían estar preocupados porque ni Julio ni él habían llegado a casa esa noche, pero cuando se enterasen del motivo de su ausencia todo podía cambiar. Más tarde o más temprano las noticias llegarían también al pueblo y estaba seguro de que su familia de sangre lo viviría como una vergüenza, un escarnio al que el hijo ingrato les sometía, incluso desde la distancia, y esperando la terrible desaprobación del padre con comenta- rios como: ya te conocen en Madrid... ¿Por qué nos tienes que avergonzar de esta manera? Siempre con el objetivo de hacerle sentir culpable, y lo que podía ser definitivo, el motivo perfecto para que su padre de sangre le desterrara definitivamente, la excusa perfecta para negarle el regreso al hogar y deshacerse de él para siempre. Además, pondría en un fuerte compromi- so a su otra familia, la que sí le había aceptado y era más que probable que se viera obligada a distanciarse de él por las re- presalias que podían sufrir, y de esta manera, perderles a ellos también. En una palabra, lo podía perder todo.
Estos pensamientos le torturaban, incluso más de lo que lo habían hecho Billy y sus secuaces. En los siguientes minu- tos o quizá horas, no estaba seguro, en su mente luchaban la voluntad de resistencia, por la importancia que tenía para sus compañeros y para  mismo, y el hundimiento anímico por


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perder a sus seres queridos, divididos, y entonces se dio cuen- ta que también, complementarios, ya que en casa de los tíos de Julio había encontrado el calor de un nido familiar, pero el parentesco de sangre no puede sustituirlo nadie. Estaba tan confuso y enfrentado a sí mismo, que no era capaz de pensar con claridad, y lo que era peor, no tenía claras sus prioridades.
«Tengo que resistir por mis  compañeros y amigos, pero no puedo hacer nada por mi familia», se decía en medio de un abatimiento, que de pronto se transformaba en coraje al recor- dar a Billy, García, y el conductor chulesco de la ceja arqueada. Algo en su interior le impedía rendirse, aunque tuviera moti- vos de peso para contarles todo lo que le pidieran e intentar salvar así sus vínculos familiares. Pero eso no iba con la na- turaleza de Rodrigo. No podía, no quería, se resistía a ceder al chantaje emocional al que le estaban sometiendo, además de la tortura física, para convertirle en un soplón, un chivato, alguien egoísta y sin principios, carente de ética. Él no era así, no pensaba solo en sí mismo, a decir verdad, había al menos catorce o quince personas implicadas, directa o indirectamen- te, a las que podía perjudicar con lo que le dijese o no le dijese a la B.P.S. O lo que hiciese o no hiciese en la sala de interroga- torios. Era una partida muy compleja, cuanto más pensaba en ello, más dificultades encontraba. Por otro lado, también esta- ba el trabajo. El director de la planta donde trabajaba le tenía en buena consideración y aunque pasarse todo el día cortando telas en pedazos en una de las máquinas no fuera, ni de largo, su mayor vocación, era por el momento la única forma que te- nía de ganarse el pan, y si eso también lo perdía, pensó cerca- no a la desesperación, sólo le quedaba la indigencia o esperar un milagro. Aunque fuera de forma burda y confusa llegó a
la conclusión, quizá poco lúcida pero firme, de que tenía que


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aguantar, tenía que resistir; la tortura, el chantaje, el frío, las consecuencias que pudiera tener en los próximos días o sema- nas, quizá años. Todo. Todo lo que el destino le había puesto delante de su camino, como un obstáculo enorme e insalvable, que le sonreía despiadadamente, lo resistiría, lo afrontaría, lo resistiría, lo resistiría...
Un sueño profundo, mayor que el frío y la preocupación, le inundó de tal forma que a pesar de su esfuerzo por man- tenerse despierto, acabó venciéndole. Rodrigo cayó recostado sobre el camastro, acurrucado y cerró los ojos, sumergiéndose al momento en el sueño. De aquel sueño sólo recordaría ha- berse despertado con una sensación de haberlo pasado mal, con un frío hiriente en los dedos que apenas le permitía mo- verlos y todavía mucho sueño, como si no hubiera tenido el efecto reparador de todas las noches. Cuando se despertó supo que no había dormido lo suficiente por el dolor de cabeza que le oprimía el cerebro, por una extraña distorsión de los senti- dos, y porque al mirar a través del tragaluz, todavía era de no- che. Al recuperar el primer atisbo de conciencia, primero pen- só que despertaba de una pesadilla, pero al no recordar nada creyó que era a causa del frío. Entonces se dio cuenta de que le estaban sacudiendo, de que le daban patadas y de pronto oyó voces que le hablaban con la hosquedad de un ladrido. Pasa- ron algunos segundos hasta que pudo entender las palabras de los dos policías de uniforme, que le despertaban de aquella manera tan intencionadamente torpe y bruta.
—Vamos, ¡vamos! ¡Arriba! Tienes que volver a declarar, parriba, ¡Venga! —dijo uno de ellos, al que a primera vista no reconoció, mientras el otro le cogía del brazo y lo levantaba con una fuerza que superaba la suya dos veces.



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—Date la vuelta, ¡date la vuelta! —dijo el mismo que le había ordenado levantarse, cogiéndole las manos para ponerle las esposas.
El que le había levantado, que de paso le dio un cachete en la nuca, le dijo a su colega:
—¿Lo has visto bien? Quédate con su cara.
El otro no respondió, pero le estaba mirando con una in- tensidad, una vez lo hubo enmanillado, que hacía innecesarias las palabras. Por supuesto que se quedaba con su cara, eso era precisamente lo que quería hacer desde el momento en que le dieron la orden de ir a buscarlo y poder así tenerlo “fichado” en su memoria, para, llegada la ocasión, reconocerlo e ir a por él directamente.
El camino de vuelta a la sala de interrogatorios fue más accidentado que el de ida. La misma ruta inversa, diferente experiencia. En primer lugar por el dolor de cabeza, que le producía la falta de tiempo y de calidad de sueño, el hambre y la sed, pero también influyó el resentimiento latente con el que los policías se dirigían a él, tanto los dos que le llevaron de nuevo a la sala de interrogatorios, como el policía de guardia en la galería, que todavía permanecía allí, agazapado tras su mesa, entre sombras y aquel resplandor anaranjado. Cuando Rodrigo pasó junto a él le dijo algo entre dientes que no llegó a comprender, al menos de una forma racional, pero  de otra instintiva, animal. «¿Por qué tanto odio y resentimiento?», se preguntó, como si de repente cuestionase los principios de la vida. Si alguien tenía motivos para el resentimiento, eran él y Julio, eran Eduardo, Beatriz, Uriarte, y todas las personas que estaban silenciadas, que se veían obligadas a moverse en la clandestinidad como animales de la noche, cuando la oscuri- dad más negra se encontraba en aquellas celdas, en los méto- dos de interrogatorio, en la justicia arbitraria que no admitía

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la más mínima discrepancia sobre el funcionamiento del siste- ma. O lo aceptabas o eras un elemento subversivo, enemigo de la patria. Entonces Rodrigo, cuando ya había subido las esca- leras estrechas parecidas a una gruta y atravesaba el vestíbulo cogido de los brazos, miró a la calle, a la Puerta del Sol, oscura y vacía, y le pareció la ironía más enrevesada que tanto él y sus compañeros, como Billy y los guardianes de la ley, tuvieran en la libertad a su ideal más preciado. Si unos luchaban por la libertad de expresión, entre otras de las libertades reprimidas, los otros tenían en su doctrina la máxima expresión de libertad patriótica, tal como rezaba el lema escrito en una leyenda del símbolo del estado: Una, Grande, Libre. «¿Grande y libre?», se preguntó otra vez Rodrigo, cuando ya estaba subiendo las escaleras de piedra hacia el primer piso, sorprendido por los diferentes puntos de vista irreconciliables que convivían en el país, aunque a dos niveles muy diferentes entre sí: en la super- ficie y bajo ella. Estos pensamientos los atribuyó a una mezcla de delirio y lucidez producida por su vigilia nocturna, cuando los dos grises lo conducían del brazo por el pasillo de los des- pachos hasta la sala de interrogatorios, donde Billy, García, y el conductor esperaban sentados alrededor de la mesa. Su expresión, cuando Rodrigo entró en la sala, era mucho más relajada que en la primera sesión, por decirlo de una forma diplomática. Parecían distendidos. Estaban sentados con las piernas cruzadas como quien se toma una caña en la terraza de un bar, sin mostrar aquella actitud agresiva e impetuosa que habían tenido con él hasta entonces. Parecía que fuese uno más, que le estuviesen esperando para empezar una reunión.
—Aquí lo tenéis. Ha descansado y está fresco —dijo el po- licía que le había puesto las esposas.
Billy, en un tono que expresaba carencia de importancia, rutinario, le dijo:



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—Está bien. Se quedará un rato con nosotros.

Los dos grises se fueron, dejando a Rodrigo de pie allí en medio, como si la situación se hubiera invertido y ahora fuera Rodrigo quien les iba a interrogar, mientras Billy, García y el conductor le miraban en silencio.





5. OBSESIONES ÍNTIMAS


Después de unos segundos en aquella extraña situación, con Rodrigo de pie y los tres policías sentados alrededor de la mesa, como si no hubiera entrado nadie, como si todavía estuvieran solos, haciéndole esperar por el simple hecho de re- afirmar su poder, Billy se levantó sin mirar a sus colegas, pero con un evidente gesto de orden silenciosa. Los otros dos le imi- taron. El conductor ordenó a Rodrigo que se sentara. Éste, que ya no tenía aquella desagradable sensación de invasión de la intimidad, dudó un momento, valorando las opciones que te- nía de enfrentarse a los tres aunque fuera enmanillado, adop- tando una rebeldía que hiciera temblar su autoridad.
—¡Que te sientes, coño! —Gritó el conductor, al ver que Rodrigo no le obedecía, aunque en lo más profundo e inconfe- sable de su ser, aquella mirada tranquila y limpia, de un azul oscuro que irradiaba paz y convicción en lo que hacía, le puso nervioso, hizo tambalear los cimientos de su personalidad pe- tulante.
Rodrigo  optó  por  sentarse,  desechando  la  posibilidad de llegar al extremo en su actitud rebelde, pero mantuvo su postura de negarse a hablar. García parecía una estatua que en cualquier momento podía cobrar vida con una fuerza, que superaba la de los otros dos juntos, pero no era, ni de lejos,


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tan inquietante como Billy, quien en ese momento se paseaba frente a él con pasos cortos y movimientos lentos, reflexionan- do, con la cabeza baja y las manos juntas, mirando la punta de sus pies, como hacen algunos hombres importantes para de- mostrar su capacidad de raciocinio y jerarquía dentro de una organización, aunque Rodrigo notó que fingía, es más, notó que solía fingir, que le gustaba disfrazarse con alguna perso- nalidad que le era ajena, para después estallar en aquel ímpetu diabólico y desinhibido, tan propio de él y que le caracterizaba tanto. «¿Por qué solía fingir otras actitudes y personalidades? Él mismo es un personaje como nunca he visto otro», pensó Rodrigo al mismo tiempo que se prevenía a sí mismo de no caer en la trampa que le tendía ante sus ojos, como un actor sobre el escenario, esmerado en que cada palabra y cada gesto, produzca ese efecto mágico de suspensión de la incredulidad. Rodrigo era muy consciente de la situación en la que se encon- traba, de lo que querían de él, de que las promesas que le hicie- ran eran totalmente falsas, de que intentarían acusarle del ma- yor número de delitos posible y de que tarde o temprano la ira de Dios de aquel energúmeno estallaría de nuevo. Mientras, seguía paseando de un lado al otro, reflexionando en voz alta...
—Sé que a veces nos excedemos un poco, pero tienes que entender que nos preocupan mucho las personas como tú, que os metéis en estos partidos y sindicatos, que como sabes, están prohibidos.
Rodrigo aprovechó la relajación momentánea para repa- sar mentalmente las instrucciones del librito que les habían dado a todos, donde se explicaba cómo resistir la prueba.
1. No delatar a ningún compañero bajo ninguna coacción.
2. No contar nada sobre el partido. No eres miembro de él y no sabes nada.


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3. Aislarte tanto de las amenazas como de las promesas.
4. Antes de decir algo que te comprometa, es mejor callar.
5. No dejar que el miedo se apodere...
—¿Me oyes? —Dijo Billy, como si de pronto se diera cuen- ta de que estaba hablando con alguien y no para sí mismo—. Ah... continúas sin querer hablar. Bien, bien... supongo que pensarás que somos muy malos, pero no es así, sólo nos vemos obligados a mantener el orden. Incluso tú crees en un orden. El de los comunistas, vale, pero crees en un orden de las co- sas. Seguro que puedes entenderlo. No somos malos, si casi me caen bien tus amigos, hombre. Conozco al Quasimodo, o Juanjo, no  cómo le llamáis, ¿es el jefe, verdad? Buff, si le co- nozco, la última vez que vino por aquí, faltó poco para que nos tomásemos un café juntos... y esa tal Andrea, Bea, Beatriz... muy maja, sí, sí, ¿la conoces verdad? ¿La conoces bien?
Al referirse a Beatriz, giraba la cabeza hacia Rodrigo de una forma espasmódica, como si fuera un acto reflejo, con una mirada inquisitiva que reflejaba un interés malévolo o incluso una perversión de las relaciones entre sexos, dejando en evi- dencia una motivación personal, en conocer las intimidades de él y sus compañeros. Entonces, Rodrigo empezó a ver qué dirección tomaba el interrogatorio.
—Dime, dime, ¿¡la conoces!? Seguro que sí. ¿Es tu novia?
¿Es tu novia? ¡Responde!
García miraba en silencio, como si ese fuese un tema tabú para él, como si no le hubieran invitado a aquella fiesta, aun- que probablemente estaría esperando una mejor oportunidad, para volver a aparecer y utilizar su fuerza. Esto le producía sa- tisfacción, le dignificaba, le hacía sentir útil y respetado. Cuan- do se trataba de usar la fuerza se llamaba a García, el espe-


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cialista, cuando no era casi un espectador. Rodrigo creía, por lo que había visto, que en el fondo era una persona sensible. Aquella introversión que le caracterizaba le hacía sospechar que se trataba de alguien con una capacidad de absorber todo lo que veía y escuchaba, propia de un poeta, aunque probable- mente no tuviera la capacidad de comprender que esa profun- didad de percepción le hacía vulnerable, ni sabía gestionarla en alguna forma constructiva que enriqueciera su persona, en su lugar optaba por demostrar que era fuerte, de la forma más simple y primaria, a través de unos músculos especialmente favorecidos por la genética y quizá también por el ejercicio fí- sico.
—Y el otro, el de los folletos —continuó diciendo Billy—, el que siempre anda por la universidad repartiendo propaganda. Lo sé todo de él, ¿me oyes? Lo tengo controladísimo... a qué hora sale de casa, con quién se junta... le han traicionado ¿sa- bes? Alguien muy cercano a él nos ha dado el chivatazo... para que veas el compañerismo que tenéis...
Billy intentaba desestabilizar a Rodrigo con tretas y coac- ciones de una audacia febril. Este era otro de sus rasgos, in- quietante como todo él. Lo intentaba por todas la vías ima- ginables; si con violencia no conseguía la confesión deseada, pasaba al papel de seductor, casi de amigo, pero si esto tam- poco funcionaba, una gran frustración se apoderaba de él, y su genio se giraba en una pataleta por no haber atendido a su buena voluntad. Entonces era el momento de insultos y ame- nazas, que iban in crescendo hasta el extremo último de una violencia furiosa que le colmaba de una satisfacción oscura y necesaria, como si fuera una adicción, completando así el cír- culo vicioso interminable y heterogéneo.


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¿Es él? El de los folletos, ¿es el novio de Beatriz? ¡Dímelo! Aaah..ya La compartís ¿verdadLocomunistahacéis el amor libre2, os lo montáis todos con ella ¿no? ¡Venga, dímelo!
Una curiosidad malsana le corroía el ánimo mientras de- cía estas palabras, y Rodrigo empezaba a asustarse de sus ob- sesiones.
—¡Dímelo! ¡Dímelo! ¡Dímelo o te pongo en la bañera!, ¿y entre vosotros os lo montáis? ¿Hay maricones? Dime, ¿hay maricones en tu partido?
Según lo había clasificado Rodrigo, ahora ya se encontra- ba en la zona caliente del círculo, cerca del rojo vivo, y pronto empezarían los golpes. Estaba llegando a su particular clímax obsesivo, con un frenesí creciente y sus ojos actuaban como eyaculadores de la rabia perenne, el ímpetu depredador y la eterna insatisfacción de algo muy oscuro, enquistado en lo más profundo de su corazón. Rodrigo, notando palpitaciones en su pecho, seguía decidido a no hablar.
—¡Dímelo! ¡Dime quién se lo monta con Beatriz! —Le gri- tó mientras lo rodeaba.
Billy cogió una revista que había sobre la mesa detrás de Rodrigo, la enrolló y empezó a gritarle y a darle golpes en la nuca con la revista a modo de porra. Estuvo un buen rato gol- peándole, justo después de escupir cada pregunta, queriendo sacarle las palabras a golpes, hecho que a Rodrigo le produ- jo una sensación de malestar y cohibición extrema, pero que después le hizo pensar en que su actitud rebelde estaba ero- sionando la confianza de Billy, pues intentaba ayudarse de su porra improvisada y su posición, invisible para Rodrigo, como si su capacidad de oratoria no fuera suficiente motivo de per-

2 Las palizas de Billel Niño. El País, 29 de septiembrde 2013.  José María Irujo.

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suasión, lo cual reafirmó el acierto de su decisión, sintiéndose vencedor hasta un cierto punto no muy lejano. Sin palabras, ni violencia, con las manos inmovilizadas, en la mismísima Di- rección General de Seguridad, él solo contra tres agentes de la temida Brigada Político Social, había conseguido desestabili- zarles, hacerles dudar de su arma principal: el miedo. El mie- do que infundían a todas las personas que caían en sus ma- nos. Esto se reflejaba no sólo en la desesperación nerviosa de Billy, sino también en los cambios perceptibles en García y el conductor. El primero, simplemente desplazando el peso del cuerpo de una lado al otro y mirando más de cerca e intensa- mente a Rodrigo, y el conductor con leves cambios en su tono de voz resabido y fanfarrón cuando le aconsejaba, nervioso, que hablase ya de una vez «va, no te hagas el héroe, que aquí los héroes acaban muy mal», pero Rodrigo parecía totalmen- te aislado de ellos. Estaba librando una batalla interior como nunca había hecho antes. Le preocupaba más su capacidad de resistencia que cualquier tortura o coacción que viniera del ex- terior. No iba a hablar. De su resistencia dependían muchas personas. Consumido por la frustración, Billy se detuvo ins- tantáneamente, en otro de sus impulsos impredecibles, para dar nuevas órdenes.
—¡Que venga Antonio! ¡Antonio! ¡Id a buscarle!
García, como un Pura Sangre de carreras en el momento en que se da la salida y se abre su caja lanzándose a la pista, se levantó de un salto y se dirigió a la puerta. La abrió y gritó en dirección al despacho de enfrente, el que servía de centralita.
—¡Antonio! ¡Llama a Antonio! ¡Que venga Antonio, rápido! Entre el conductor, del que todavía no había oído su nom-
bre, y Billy le quitaron los zapatos y los calcetines, lo levanta-


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ron de la silla y lo empujaron hacia abajo, como si quisieran arrodillarle. Rodrigo, pensando que era otra de sus estrategias para rebajar la moral del detenido, hizo lo que creía se le pe- día, pero cuando se hubo arrodillado los dos se enfadaron mu- chísimo, especialmente Billy.
—¡No! ¡Así no!
—¡En cuclillas! ¡Los pies en el suelo!
—¡En cuclillas! ¡Pisa el suelo, con las rodillas exionadas! Rodrigo hizo lo que le pedían, cuando García ya estaba
otra vez entre ellos. Había dejado la puerta abierta, un gesto
inquietante, amenazante, como si entonces fuera a entrar el peor de todos, como si hubieran recurrido al peor de ellos. Ese tal Antonio. Entonces, el conductor le ordenó:
Haz el pato3.
Rodrigo se quedó parado, sin comprender lo que le pe- dían, y tras unos segundos de inmovilidad lo entendieron como otra de sus actitudes rebeldes, provocando nuevamente un enfado desmesurado.
—¡Haz el pato! —Le gritó Billy.
El conductor se dio cuenta entonces de que Rodrigo no entendía lo que le pedían.
—¡Que camines! Camina en cuclillas. Sin levantarte. Has- ta la otra punta de la sala.
Rodrigo, comprendiendo entonces la nueva y humillante prueba a la que debía enfrentarse, empezó a andar de una for- ma torpe, moviendo forzosamente el trasero para poder avan- zar alternativamente los pies, que en efecto, parecían los mo- vimientos de un pato, andando sin la gracia que tiene cuando

3 Las palizas de Billel Niño. El País, 29 de septiembrde 2013.  José María Irujo.

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se mueve sobre el agua. Creyó que haciendo lo que le pedían podría entretenerlos un rato, podría ganar tiempo y distraer- los de su trabajo de sonsacarle los nombres de los compañeros y la información sobre el partido. Cuando ya estaba llegando al otro extremo de la sala, el frío en los pies descalzos y la in- comodidad de la postura eran tan molestos que le pareció pre- ferible resistir en aquel duelo psicológico que estaba mante- niendo con ellos. Entonces, entre voces hostiles, oyó los pasos de alguien entrar en la sala, que si mucho no se equivocaba, serían los de Antonio. Sintió un leve temor y una extraña cu- riosidad que llegaba al punto de querer girar media vuelta y mirarle a los ojos, para saber a quién se enfrentaba, para saber si era él el peor al que debía hacer frente, así que cuando estu- vo frente a la pared, sin que le dieran orden, dio media vuelta y empezó a desandar el camino, provocando una malsana sa- tisfacción en Billy y sus dos colegas, contentos porque el chico había entendido lo que debía hacer, aunque no era la intención de Rodrigo quedar bien con ellos, sino alzar su cabeza, cuando ya llevaba tres o cuatro pasos, para mirar  a los ojos a Anto- nio. Antonio era, al parecer, el policía de uniforme de guardia en la puerta, que le había dicho algo poco amistoso cuando entró en el edificio, con aquella cara descarnada en la que se podían leer todos sus huesos, bigote ancho y mirada oscura sobre unos párpados hinchados en bolsas arrugadas. Efecti- vamente, parecía el peor de ellos, al menos por su aspecto y además, aquella pose hierática, inamovible, hacía sospechar que había mucho más tras esa fachada desgastada y dura. Al bajar la mirada, Rodrigo pensó en qué podría hacerle Antonio, cuál era el motivo por el que le habían llamado, «¿era acaso más brutal que Billy?». Sospechó que no tardaría en descu- brirlo, así que se armó de valor, echó mano de todo el coraje


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que quedaba en su interior y continuó andando en cuclillas, abstraído de la situación, profundamente concentrado, en un estado mental en el que apenas entraban algunas palabras fu- gazmente, para después perderse otra vez, como si por unos momentos se hubiera hecho impermeable a las amenazas, los insultos y el chantaje al que se veía sometido. De esta manera sólo captó algunos comentarios malintencionados que rebota- ban en aquel escudo protector de coraje que se había forma- do alrededor suyo: «No podrás resistir todo el día así», oyó en una ocasión, «vas a perder el trabajo como no hables», le pareció oír en otra, «tú decides hasta cuando quieres sufrir» estaba casi seguro de haber oído, lo cual le hizo recordar una de las instrucciones del librito, que se refería al tiempo que podía llegar a permanecer detenido, y que según la ley vigente eran tres días como máximo. Lo malo era que no tenía manera de saber cuánto tiempo llevaba ahí dentro. Para entonces, ya había perdido la noción del tiempo; todavía no había visto la luz del sol, a pesar de que su reloj biológico le decía que debía ser de día. Sólo había visto oscuridad o luz artificial desde que había entrado, pensando con acierto, que esa era otra de sus artimañas para debilitarle, pues las ventanas seguían selladas. Al menos no habían vuelto a deslumbrarle con aquel potente foco, aunque su presencia era inquietante.
Cuando ya había recorrido el camino de un extremo a otro de la sala, en ambos sentidos varias veces, y tenía los pies ate- ridos por el frío y las rodillas doloridas de aguantar su propio peso, de pronto le ordenaron que parara y se arrodillara. Ro- drigo lo hizo encantado, ni que fuera para descansar un mo- mento, sintiendo un gran alivio por liberar las plantas de los pies del frío de las baldosas, y las articulaciones de sus seten- ta kilos de peso, pero detrás suyo, como un depredador ace-


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chando, sigilosamente, Antonio se abalanzó sobre él. Primero notó su presencia detrás suyo, después un terrible golpe con la porra reglamentaria en la planta de los pies. El dolor que le produjo fue tan intenso, tan agudo, tan insoportable, que no pudo evitar soltar un grito instintivo y liberador, pero para el segundo golpe ya volvía a estar mentalmente preparado, con los dientes apretados, el ceño fruncido, y la cara roja en una mueca salvaje; no les iba a dar la satisfacción de demostrar dolor. Siguieron varios golpes más, al menos cinco, le pareció contar, hasta que Billy estalló otra vez:
—¡No, no, no! Dame la porra, ¡dámela!
Antonio dejó de golpearle, sorprendido por la reacción de Billy, casi indignado, como si hubieran herido su honor profe- sional, atónito porque su actuación no fuera la esperada, cayó en una duda paralizadora que le indicaba dos posibilidades: una era que se hubiera excedido, cosa que le parecía de lo más extraño, sabiendo cómo se las gastaban los de la B.P.S., la otra era que no le hubieran llamado para usar la porra. Incapaz de comprender lo que estaba sucediendo, le alargó la porra a Billy para esclarecer sus dudas. Éste la cogió, pero no de cualquier manera, tardó unos segundos en empuñarla bien, en hacer pasar la mano por una correa colgante, y probar su tacto, agarrándola fuertemente y liberando la presión, hasta que la sintió como una extensión de su propio brazo. Enton- ces, con los ojos saltones inyectados en sangre, se situó detrás de Rodrigo, y le lanzó un golpe preciso a la planta de los pies, mucho más fuerte que los de Antonio, con auténtica saña, con auténtico odio. De nuevo, Rodrigo no pudo reprimir el grito, esta vez cercano al sollozo. Una lágrima empezó a resbalar- le por la mejilla, cuando ya había recibido el segundo golpe, tan fuerte como el primero, incapaz de reprimir de nuevo otro

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grito ahogado, gutural, cuando la lágrima ya estaba colgando suspendida de su barbilla a punto de caer, y recibió el tercero, haciéndolo temblar, haciendo caer la lágrima. Giró la cabeza hacia García y el conductor interrogativamente, buscando su lado humano. El conductor, con el ceño fruncido, intentan- do endurecerse bajó la mirada; García no, García lo miraba intensamente, ruborizado, con una expresión compasiva en los ojos, con una mirada de tristeza y misericordia que a Ro- drigo le bastó para entender quién era Billy, y también para entender que ahora, de alguna manera, se sentían culpables, iban a ablandarse considerablemente, ya no serían los mismos respecto a él. «La culpa es negra, y nadie la quiere», recordó Rodrigo, una de las frases favoritas de su padre. Él no la quería para sí mismo, en la forma de las acusaciones que le hacían, pero ellos, al menos dos de ellos, la habían cargado al ver a Rodrigo sufrir, aunque nunca lo confesaran, Rodrigo lo había podido ver en sus ojos. Ahora les llevaba una cierta ventaja, una ventaja silenciosa de la que nadie hablaría, pero que pro- bablemente se traduciría en un comportamiento menos hostil hacia él, y también legitimaba a Rodrigo a mantener su postu- ra, y ser tratado con dignidad, pero el peor de ellos, que ahora sabía que no era Antonio, no se sentía culpable, simplemente carecía de ese sentimiento. Siguieron, al menos, tres golpes más y Rodrigo se desplomó, cayó al suelo acurrucado, en posi- ción fetal. El conductor intervino entonces:
—Ya basta Billy, está bien por ahora.
Billy, totalmente ensimismado, pareció volver a la reali- dad al escuchar las palabras de su colega, deteniéndose sú- bitamente, mirando furtivamente a su alrededor, recobró la compostura, incluso con una cierta tranquilidad, como si se hubiera desahogado de alguna tensión terrible que hervía en

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su interior como en una olla a presión. Mirando a su alrede- dor, parecía decirles con su expresión que él ya conocía el lí- mite, y que, como dijo el conductor, había llegado el momento de dejarlo descansar. Entonces ordenó, fingiendo sensibilidad por los derechos humanos, que llevaran a Rodrigo a la silla a sentarlo, interviniendo él mismo en el proceso de levantar- lo del suelo y arrastrarlo, pero se detuvo contrariado al darse cuenta de que todavía no había soltado la porra de la mano. Fueron García y el conductor quienes le llevaron arrastras hasta la silla y lo sentaron. El dolor en los pies todavía era muy intenso, aumentado por el frío, tanto, que apenas le permi- tía mover los dedos, pero Rodrigo sintió un alivio reparador con sólo poder sentarse. Seguía absorto, sin prestar atención a los demás, pero esta vez no era por un esfuerzo consciente de concentración, sino por una especie de aturdimiento. Suponía que le estaban observando y que hablaban de él, pero cerró los ojos y se aisló de todos ellos, oyendo de vez en cuando alguna alusión hacia él, y conversaciones privadas entre ellos; pare- cía que terminaban su jornada. Habían quedado para tomar el café en un céntrico bar de la ciudad antes de empezar la nueva jornada. También habían dicho que el chico era más duro de lo que parecía, que había aguantado como pocos, pero tam- bién hablaban de alguna nueva artimaña para sacarle la infor- mación, que Rodrigo no llegó a entender, y algún comentario sobre el inspector de la Dirección General de Seguridad que tampoco llegó a comprender. Cuando las voces parecían ale- jarse, haciéndose pequeñas, unos pasos se dirigieron hacia él, acompañados de un extraño ruido que no era el del contacto de las suelas con las baldosas. Esa presencia, a la que Rodrigo renunciaba siquiera mirar, le colocó una bolsa de plástico en la cabeza, y salió de la sala, con un ritmo, unos movimientos que conocía bien: era Billy.



6. EL IMPOSTOR


El cansancio, el dolor y el sueño, llevaron a Rodrigo a un estado de semi vigilia y aturdimiento en el que se entrelazaban momentos de percepción sensorial y estado onírico simultá- neamente,  luchando por mantenerse despierto, pero al mo- mento hundiéndose en un sueño del que temía no despertarse, y entonces retomaba su esfuerzo, aunque después volvía a su- mergirse en un tiempo incierto y adverso que no podía medir, que a veces le parecía breve y a veces le parecía extrañamente largo, confundiendo el presente, como si formara parte de los recuerdos de otra época ya superada y lejana, y ahora se viese a  mismo con una madurez impropia, que le sustentaba y le guiaba en el tránsito de una fase de contrastes, a otra es- tabilizada y clarividente, con una fluidez armónica de la que no podía escapar. Tampoco podía respirar bien. En uno de los momentos en que cobraba conciencia, intentaba deshacerse de la bolsa de plástico en la cabeza, ayudándose con su hom- bro, pero apenas conseguía desplazarla un poco hacia atrás, suficiente para que una bocanada de aire le librase de la asfi- xia, volvía a caer  hasta la base del cuello como una capucha de verdugo, impidiéndole de nuevo coger aire con normalidad, aspirando profundamente sin saciar sus pulmones, y temien- do que si caía dormido, su organismo no fuese capaz de absor- ber el suficiente oxígeno, pero al mismo tiempo que caía dor-

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mido, también lo hacía su cabeza hacia un lado, despertándole al momento por la pérdida de equilibrio, y entonces volvía a empezar el ciclo de lucha extenuante, en el que con esfuerzo descansaba, tapado respiraba, y con sueño despertaba.
Pensando que así podría evitar aquella espiral de sueño, y la imposibilidad de conciliarlo, Rodrigo se levantó de la silla, pero en cuanto estuvo de pie, soportando su propio peso, notó un dolor intenso en la planta de los pies, que además esta- ban atrofiados por el frío. Dio algunos pasos a tientas, sin ver nada, simplemente orientándose por sus recuerdos, pero los pies apenas podían sostenerle, a cada momento más dolori- dos y fríos, hasta que los sintió como si no fueran suyos, en- tonces decidió volver a la silla antes de que fallasen y se viera en el suelo, incapaz de moverse. Sentado de nuevo, estuvo en aquella dimensión extraña, intermedia y agotadora, que había entre la vigilia y el sueño, y en la que el tiempo parecía dete- nerse, hasta que en algún momento, oyó voces al otro lado de la puerta, cerca de él. La puerta se abrió y unos pasos de varias personas repicaron contra el suelo amenazadoramente, cada vez más alto y cerca. Finalmente se detuvieron y una voz gra- ve, autoritaria y pausada dijo:
—Por Dios, ¿quién le ha puesto una bolsa en la cabeza? Quitádsela.
Con aquel ruido de hojas secas, la bolsa de plástico salió de su cabeza, arrancada por un policía de uniforme, junto al que se encontraban otro de los grises, y un hombre corpulen- to, vestido con traje y de mayor edad, de unos cincuenta y tan- tos, pensó Rodrigo. Con un brote de alegría por poder ver de nuevo, y una reacción instintiva de defensa, al ver a un policía con traje, intentó hacerse una idea, analizándoles rápidamen- te, de qué era lo siguiente a lo que debía enfrentarse, pero toda

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la información que pudo recoger, barriendo de una mirada a los tres hombres que tenía delante, le dejó contrariado, no percibió el peligro que esperaba encontrar. El policía de mayor edad, que desprendía un aura de tranquilidad y comprensión, se dirigió a él con aquel tono de voz pausado y grave:
—Soy el inspector Carbonell —al decir Carbonell, pronun- ciaba Carbonel, acabando en L, según se acostumbraba a pro- nunciar en castellano, en lugar de Ll, en su original catalán— he venido a verte para hablar contigo. No te preocupes, no soy de la Brigada Político Social. ¿Tienes hambre?
Rodrigo, sorprendido por las buenas maneras del inspec- tor, a pesar de que los dos policías grises le miraran con un evidente recelo, sintió bastante seguridad en que la situación no era peligrosa. Con dificultad, escondiendo la necesidad ate- nazante que tenía en aquel momento, dijo:
—Sí, un poco.
El inspector Carbonell, moderadamente satisfecho por- que había conseguido hacer hablar al chico, ordenó que fueran a buscarle algo de comer, y le quitaran las esposas. Mientras uno de los grises salía de la sala, el otro se colocaba detrás suyo para liberarle las manos, con una mueca de disgusto dibujada en la cara. Una vez libre de esposas, el inspector le habló con una expresión de exagerada bondad:
—Puedes calzarte, muchacho.
Rodrigo no salía de su asombro, parecía que tenía a la po- licía a su servicio, pero no olvidaba que podía ser otra estra- tegia para sacarle información, aun así, se sintió aliviado de una carga atroz que le hundía poco a poco, cuando rompió su silencio, se liberó de las esposas, y se calzó los zapatos. Astuta- mente, en cuanto percibió un grado razonable de poder sobre


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ellos, o cuanto menos, un cierto respeto, aprovechó para hacer valer sus derechos:
—Quiero ver a un abogado.
El inspector, bajando la mirada, esquivó la petición del chico con habilidad, confiando en su capacidad de persuasión:
—Posupuesto, a sdebidmomentotienederecho a que te defiendan, pero debemos seguir el procedimiento y quizá cuando llegue el momento de acudir al abogadoya no sea ne- cesario, porque no habrá motivo. Espero que así sea. Dime una cosa, ¿es verdad que perteneces a un partido político ilegal?
—No pertenezco a nadie —dijo Rodrigo recordando las instrucciones del librito, ya que se había avenido a hablar—, sólo me han dado propaganda en la calle. No sé si usted lo sabe, pero es bastante común que a los jóvenes nos den este tipo folletos, sin que eso quiera decir que participemos en es- tas organizaciones políticas.
—Sí, lo sé, y tengo que decirte que me preocupa, ¿sabes? Tengo un hijo de tu edad y no quiero ni imaginarme que estu- viese en tu lugar ahora mismo. Me da miedo que pudiera caer en la trampa de estos partidos y sindicatos, ¿comprendes? Si es verdad que esos folletos te han llegado por casualidad, di- gámoslo así, significa que cualquier persona, especialmente la gente joven, puede tener un despiste y caer en manos de la Brigada Político Social.
Rodrigo se quedó dubitativo ante las palabras del inspec- tor, parecía que iba a desmontarle su argumento de una forma comprensiva, con buenas palabras, que por la naturaleza re- belde de Rodrigo, le costaba más rebatir, pues había aprendi- do a luchar contra la adversidad, no contra la amabilidad. Pero la suerte estuvo momentáneamente de su lado, cuando el gris


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que había ido a por la comida, entró de nuevo en la sala con un plato de lentejas y una hogaza de pan, desviando la aten- ción, y permitiéndole ganar un poco de tiempo para reorgani- zar sus pensamientos, y prepararse de la mejor manera posi- ble. El policía gris dejó el plato, el pan y una cuchara sobre la mesa, y retrocedió hasta situarse junto a su colega, gris como él, al mismo tiempo que el inspector le daba permiso para sen- tarse a la mesa y comer. Rodrigo, todavía sentado delante de la mesa, se hubiera levantado de un salto e ido a por el plato con gusto, pero decidió disimular el hambre feroz que tenía en aquel momento, levantándose lentamente y exagerando el dolor en los pies de una forma teatral, para después, arrastrar la silla hasta el otro lado de la mesa, con un deje de malicia, sa- biendo que chirriaría al contacto con las baldosas. La primera cucharada de lentejas calientes, con algunos trozos de chorizo, le pareció el manjar más extraordinario que había probado en su vida, encendiendo en él un ansia frenética por comérselo a toda prisa, pero no olvidaba que le estaban observando, y prefirió resistir la necesidad saboreando el plato con tranqui- lidad, aunque por dentro hirviera en ganas de saciarse. Al ins- pector Carbonell no se le escapó el esfuerzo de autocontrol del chico, ni tampoco el gesto de arrastrar la silla, pensando, con una leve sonrisa dibujada en las comisuras de la boca, que algo tendría que ver con las acusaciones que se le hacían. Decidió tantear esa posibilidad:
—Dices que no perteneces al partido este... los que se anuncian en los folletos que te han encontrado. Bueno, com- prenderás que parece extraño, aunque te creo cuando dices que os los dan a los jóvenes, incluso a los que no tienen nada que ver. De acuerdo, es posible, sabemos que hay individuos en estos partidos, que se dedican a la captación de nuevos


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miembros. Es posible que te hayan señalado... dime, ¿estás in- teresado en política?
—Lo normal, creo yo —dijo Rodrigo midiendo sus pala- bras, consciente de que cualquier desliz podría delatarle— a veces leo las noticias sobre política que salen en el periódico, mientras tomo el café.
—No me refiero a las noticias del periódico, quiero decir si te has planteado alguna vez cómo deberían ser las cosas en nuestro país, para ser más concretos, si te has planteado que algún otro sistema, aparte del nuestro fuera mejor, si hay otra ideología que te llame la atención, y con la que te sientas iden- tificado.
—Sí, lo reconozco —dijo Rodrigo, optando por una ma- niobra arriesgada y audaz que estremeció tanto al inspector Carbonell como a los dos grises— una vez, en la fábrica donde trabajo me hablaron de afiliarme a un sindicato izquierdista. Como eran compañeros, les escuché, pero fueron descubier- tos por el director de planta y los despidieron. Entonces me di cuenta de que aquello no podía traer nada bueno, y me olvidé del asunto.
El inspector Carbonell quedó paralizado, sin habla, lleno de dudas, escrutando a Rodrigo en busca de algún detalle que le revelara si decía la verdad o se acababa de inventar una su- cia mentira. Al mismo tiempo que crecía su frustración, au- mentaban la sorpresa y la confianza de Rodrigo, pues había descubierto en sí mismo una capacidad para mentir que ig- noraba, pero quizá había ido demasiado lejos en su audacia juvenil. Carbonell era gato viejo y la palabra compañeros no se le había escapado. Esta era una palabra, que si bien tiene una acepción general, que no implicaba nada más allá de su


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significado intrínseco, también era verdad que la utilizaban los comunistas y sindicalistas, en un tono fraternal y solidario para referirse a sus compañeros, pero compañeros de ideolo- gía, compañeros de lucha. Carbonell, también astuto, guardó la sospecha fingiendo creer a Rodrigo, para compararla con lo que pudiera decir en adelante.
—Está bien que te dieras cuenta de que no es buena idea meterse en estos líos. Pero ahora estás de nuevo metido en algo parecido, aunque peor, ¿cómo explicas esta coincidencia?
—Ya se lo he dicho, si eres joven y vistes según cómo, los comunistas creen que eres uno más de ellos, pero no es así. Nos van detrás, metiéndonos en problemas.
—Ya veo —dijo el inspector fingiendo comprensión— pero dime, quien fuera que te dio esos folletos de propaganda, ¿era amigo tuyo o le conocías de algo?
—No, no le conocía, fue al salir de un bar. Un tipo escu- rridizo nos dio unos papeles y se marchó al momento. No le había visto nunca —dijo Rodrigo con esfuerzo, más interesado en terminar sus lentejas, rebañando el plato con pan.
—Has dicho nos dieron, ¿con quién ibas?
—Con una amiga a la que quería invitar —dijo Rodrigo, comprendiendo al momento que no podía citar a Julio, aun- que quisiera ayudarle diciendo que iban juntos, porque com- pararían las declaraciones de ambos, y era poco probable que dijeran exactamente lo mismo. Tendrían que arreglárselas cada uno por su cuenta— como comprenderá, no estábamos para pensar en política, lo cogimos y lo metimos en el bolsillo sin mirar.
El inspector Carbonell estuvo un buen rato reflexionan- do en silencio. No tenía nada claro. Era posible que dijese la


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verdad, aunque en el fondo se decía que estaba esquivando sus preguntas con mucha habilidad. Tenía dos opciones: con- tinuar con la batería de preguntas hasta que Rodrigo se con- tradijese, o ablandarle. Optó por la segunda.
—Bien, bien. No tengo motivos para no creerte, aunque supongo que sabes, que llevar este tipo de folletos, constituye la prueba del delito —le dijo en el momento en que Rodrigo terminaba su comida—. ¿Fumas?
—Sí —contestó Rodrigo, sorprendido, dándose cuenta de que le estaba debilitando con su amabilidad inaudita, al me- nos allí dentro.
—Nadie te puede impedir que pienses como te  la gana
—continuó el inspector mientras encendía dos cigarrillos, y le alcanzaba uno a Rodrigo— faltaría más, lo que nos preocupa es la gente que decide afiliarse a cualquier organización prohi- bida. ¿Sabes? Mi padre era republicano. Estuvo en la guerra, de principio a fin, no cómo otros, que cuando la cosa se puso fea se marcharon a Francia o a Sudamérica, porque por en- cima de la república, estaba su país y su familia, y cuando la guerra terminó, no se fue al bosque a jugar a los bandoleros, ni a meterse en problemas. Se ocupó de su familia. Entonces em- pezó una nueva lucha, que no tenía nada que ver con la otra. Se trataba de salir adelante en un tiempo muy difícil. Aceptó la derrota de la república, y se dedicó a buscar un sitio para todos nosotros, para que no nos faltase nada, ¿tú crees que él dejó de ser republicano de la noche a la mañana? Yo, la verdad, no lo sé, porque nunca le oí hablar de política, ni del pasado, ni de venganzas. Era dueño de sus pensamientos, pero jamás se puso en riesgo a  mismo ni a su familia, ¿entiendes lo que te digo? Pensara lo que pensara, no cometió la estupidez de afi- liarse al PCE, o lo que fuera que hubiera entonces, ¿entiendes?

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Rodrigo se quedó paralizado, mirando al inspector fi- jamente, con aquella expresión concentrada y furtiva en los ojos, que asoma cuando alguien es aludido de forma velada, en media lengua. Finalmente bajó la mirada sin saber exacta- mente qué responder; estaba claro que el inspector Carbonell le enviaba un mensaje y que se daba perfecta cuenta de quién era Rodrigo. Éste, aceptando la situación, le dijo:
—Como usted dice, soy dueño de mis pensamientos. A parte de eso, no tengo ningún secreto que esconder —mintió de nuevo, echando mano de aquella capacidad recién descu- bierta.
—Bien. Está bien —el inspector se dio por satisfecho con las palabras de Rodrigo, pensando que le había desenmasca- rado, pero sin estar seguro de su pertenencia a la Liga Comu- nista Revolucionaria, por lo que volvió a preguntarle, inquisi- tivo— ahora el problema que tenemos son los folletos. ¿Te los dieron, o eras tú el que los repartía?
—Me sorprende que no me crea —contraatacó Rodrigo—, pensaba que mi situación respecto a los folletos y la política había quedado clara.
Estas palabras consiguieron desestabilizar al inspector; empezaba a quedarse sin recursos para abordar el tema más importante: su pertenencia, o no a partido político ilegal.
—No  si te has enterado, pero estoy aquí para evitar que vayas a un juicio, en el que vas a tener muy pocas posibilidades
—el inspector Carbonell empezaba a ponerse nervioso—. Lo más fácil para nosotros es guardar la prueba de los folletos, y olvidarnos. En una palabra, puedes ir a la cárcel si no sacamos
nada en claro sobre la propaganda que te han encontrado.



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Rodrigo se veía ahora en una posición de debilidad, pues- to que el inspector decía la verdad. Pertenecer a un partido o sindicato ilegal, suponía la cárcel en la mayoría de los casos, sino todos, pero había algo que no terminaba de cuadrar. El inspector se presentaba a  mismo como la figura capaz de ayudarle, de evitarle un juicio que traería consecuencias ne- fastas, casi se diría, que era su único amigo allí dentro, aparte de Julio, del que no sabía nada, pero estaba intentando por todos los medios sacarle la confesión de pertenencia a parti- do político ilegal. ¿Acaso no iría a la cárcel si lo confesaba?
¿Dónde estaba la ayuda entonces? De pronto, Rodrigo se dijo que aquella era otra forma de sacarle la información que que- rían, que aquellas buenas maneras tenían el mismo propósi- to que los golpes de Billy, pero con intenciones retorcidas e hipócritas, por lo que decidió deshacerse de cualquier buen sentimiento que le hubiera podido causar el inspector Carbo- nell, pensando que ahora le había desenmascarado él. Había intentado hundirle sin que se diera cuenta, dándole de comer y ofreciéndole un cigarrillo, hablándole de su hijo y de su pa- dre, intentando camelarle para ir a parar al mismo callejón sin salida. Sintió repugnancia por sus intenciones sibilinas, se puso furioso, le hubiera escupido en la cara con mucho gusto al taimado inspector Carbonell. Hizo un esfuerzo por contro- lar sus emociones, después de estar pensando cabizbajo que ahora era más fuerte, había resistido incluso algo peor que las torturas: la necesidad de contacto y calor humano. Lo tenían todo planeado. Después del sufrimiento, venía el buen trato, aprovechando así la debilidad humana, como en los casos de algunos secuestros que acaban con una relación parecida a la amistad entre el secuestrador y la víctima, un comportamiento
al que se ha dado el nombre de síndrome de Estocolmo.


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—Entiendo que haya venido para evitar el juicio, señor inspector —dijo Rodrigo— y se lo agradezco, pero sólo tengo mi palabra para demostrar que no pertenezco a ese partido ilegal.
—No  si eres miembro del partido o no, pero  que es- tás o has estado muy cerca —dijo el inspector sinceramente—, ahora creo que de lo que se trata es de demostrar que sólo has estado cerca, si es que todavía mantienes tu palabra.
—Si con estar cerca se refiere a la anécdota de la fábrica, sí, lo mantengo.
El inspector lo miró inquisitivamente, cansado de mante- ner su postura amigable, decidido a sacar una conclusión.
—¿Conoces a alguien dentro del partido? ¿Tienes amigos comunistas? Aunque tú no lo seas, ¡dime!
—Conozco a dos o tres personas que tienen interés en este tema —dijo Rodrigo, comprendiendo que lo mejor era que el inspector creyese que estaba cerca, pero no dentro, como él decía— aunque nunca he sabido que participaran en ningún partido o sindicato.
—¿Qué relación tienes exactamente con ellos?
—Sólo son conocidos, amigos de amigos. Nunca hemos hecho nada juntos, sólo les conozco de encontrarnos algún día en un café.
—¿Estás seguro de que solo son conocidos?
—Le digo la verdad, señor inspector —dijo sin ningún re- paro a mentir descaradamente—, a veces les he oído hablar de política, de política... prohibida, pero nunca he tenido más relación con ellos que la de tomar algo juntos, en un grupo de varias personas. Perdone que insista, pero es bastante normal


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encontrarse con alguien así de vez en cuando, al menos entre jóvenes. Le digo la verdad.
—Está bien, digamos que te has visto salpicado por estas influencias, que os rondan a algunos jóvenes, en según qué cír- culos... De acuerdo, te creo, pero seguimos teniendo el mismo problema. No nos hemos movido ni un centímetro. Con los folletos que te han encontrado, lo tienes difícil para salir li- bre de esta, ¿qué podemos hacer para que el delito que otros hayan podido cometer no tengas que pagarlo tú? Te aseguro que es doloroso pagar por otros. Uno se amarga la existencia y se llena de rencor, pensando que la vida es injusta, pero en el fondo, sabes que has faltado a tu propia responsabilidad, y no puedes quejarte, ya que deberías haber hecho algo, pero no lo has hecho...
Rodrigo se quedó mirando al inspector sin saber exac- tamente qué responderle. Por un lado, estaba casi seguro de haberle engañado respecto a su militancia, pero por otro, lo había puesto contra las cuerdas. Si realmente quería mantener su posición de inocencia, parecía que todo iba a desembocar en una delación, en un chivatazo; dar nombres. El silencio que siguió a las palabras del inspector, le pareció el más largo e incómodo de su vida, le llenó de una duda asfixiante a la que no encontraba salida. Si seguía con su estrategia de mentir sin reparo, dándole nombres falsos, cabía la posibilidad de que le dejaran marchar, pero también de que lo comprobaran y, lógicamente, no estuvieran en su base de datos. Si optaba por el silencio, era poco menos que delatarse a sí mismo, aunque evitaría consecuencias a todos sus compañeros del partido, no involucrando a nadie más.
—Verá, señor inspector, a quien me dio los folletos, no lo había visto nunca y las pocas personas que conozco más o me-

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nos, de vernos alguna vez, no puedo darle sus nombres, por- que aunque no son amigos míos,  lo son de otros amigos, y va contra mis principios causarles algún daño, aunque sea indirectamente si llegaran caer en manos de ese tal Billy...
El inspector Carbonell no pudo evitar una reacción ner- viosa, apartando la mirada súbitamente, cuando oyó la pala- bra Billy. Ahora era él quien se sentía contra las cuerdas; toda su estrategia de conseguir la información a través del diálogo, de una forma razonable y amistosa, se derrumbaba con sólo pronunciar Billy. B—i—l—l—y, aquella palabra era suficiente motivo, para que el inspector comprendiera que Rodrigo no iba a hablar, pero lo que  peor le sentó, es que además creía que el chico estaba siendo sincero y aunque en el fondo quería ayudarle a que saliera, al menos sin una pena de cárcel, ahora todos sus argumentos quedaban eclipsados por B: la brutali- dad, por I: la ira, por L: la locura, por L: el liderazgo, por Y: Yahveh, el Dios dominante y vengativo del antiguo testamen- to.
—Piénsatelo —dijo por fin—, si es verdad lo que dices, no tienes por qué pagar por algo que no has hecho. Estaré dis- puesto a escucharte cuando me lo pidas. Ahora tengo que de- jarte.
Con estas palabras Carbonell se despidió de Rodrigo, sin mirarle directamente cuando le hablaba, ni volver la cabeza atrás cuando se dirigía hacia la puerta, seguido por los dos gri- ses silenciosos, obedientes e irreductibles, como si fueran su guardia pretoriana.



7. CHANTAJE


Rodrigo pudo disfrutar por primera vez, desde que había entrado en la Dirección General de Seguridad, de algo pareci- do a la libertad cuando se quedó solo en la sala, sin esposas, sentado cómodamente tras la mesa, como si estuviera en su propio despacho, y además, con el estómago lleno. En un arre- bato de victoria y arrogancia, incluso se permitió poner los pies encima de la mesa y recostarse en el sillón adoptando forma de estrella, con la nuca apoyada sobre las manos cruzadas. Era su forma de burlarse del trato cruel y esperpéntico que había recibido, pero en seguida se puso a pensar inclinado sobre la mesa, apoyándose con un codo, en la mejor manera de salir de aquella situación. Ahora podía hacerlo mucho mejor; lentejas y semi libertad era una combinación que le permitía juzgar los hechos con mayor claridad. Según como se lo planteaban, la única forma de no afrontar mayores consecuencias, o dicho en plata, de no ir a la cárcel, era admitir su pertenencia a la Liga Comunista Revolucionaria y delatar a sus compañeros, algo que Rodrigo no pensaba hacer. Si seguía con su plan de negar su pertenencia y atribuir a una desafortunada casualidad el hecho de llevar los folletos encima, pero al mismo tiempo ad- mitiendo un cierto flirteo con el entorno de izquierdas, cabía la posibilidad de que aunque tuviera que ir a juicio, le vieran como un pobre diablo sin importancia, al que el gafe le había

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llevado a una confusión desagradable. «Cerca pero no den- tro». Las palabras del inspector Carbonell, le habían dado una idea luminosa que brillaba con intensidad, al final del túnel oscuro como la noche eterna, en el que se hallaba desde no sa- bía exactamente cuánto tiempo: el chico bueno e ingenuo que viene del pueblo a la capital y casualmente conoce a alguien que le mete en problemas, sin ser consciente de estar haciendo nada malo. ¿Colaría? No estaba seguro, pero decidió aferrarse a su plan por ser la única opción válida para él, puesto que no pensaba delatar a nadie. Sentía una responsabilidad moral y política con sus compañeros y la mitad silenciada del país, más fuerte que el miedo a las represalias, la incertidumbre de las amenazas, y el dolor de las torturas. Lo que debía hacer, se dijo, ya lo había decidido tiempo atrás, cuando tomó el camino del cambio, de la liberación y de la lucha. Ahora, no había nada que decidir, simplemente seguir adelante por muy encrespa- dos que fueran los obstáculos, por mucho dolor que sintiera en la planta de los pies.
De nuevo repicaban pasos de varias personas en el pasillo, acercándose a la sala a una velocidad y ritmo mayores que los del inspector y los dos grises, motivo por el que Rodrigo des- echó la posibilidad de que fueran ellos; había aguzado mucho los sentidos en las horas inciertas que llevaba allí dentro, tanto que ahora alcanzaba a dominar un fino discernimiento que le permitía identificar las voces al otro lado de la pared, las mira- das y gestos sutiles y los pasos. No cabía duda de que eran de Billy, García, y el conductor. Cuando entraron en la sala, sin decir nada, aunque fuera hola, para evitar decir buenos días o buenas tardes o buenas noches, y permitirle así orientarse en el tiempo, Rodrigo se dio cuenta de que también había desarro- llado un preocupante instinto de protección que le tensaba los


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músculos y le erizaba el vello de los brazos. Los tres policías de la BPS se colocaron frente a él en silencio, mirándole con una inquietante expresión de vacío que a Rodrigo le hizo temer lo peor, pues le habían acostumbrado a sorpresas desagradables y reacciones inesperadas, pensando que era mayor aquel ins- tinto irracional de protegerse, sorprendentemente rápido en asimilar, que la agudeza de sus sentidos, recientemente afila- da, aunque en el fondo, se dijo, estaban íntimamente relacio- nados. Todavía en guardia, disimulando su tensión interior, Rodrigo esperó cauteloso a que rompieran el silencio para así intuir qué camino tomaría el supuesto interrogatorio y más que probable tortura.
—Espero que hayas podido descansar —dijo finalmente Billy—, ¿tenías hambre, verdad? ¿Creías que te dejaríamos morir de hambre? No hombre, no, aquí se da de comer a todo el mundo, ¡a todo el mundo! Quiero que sepas que podemos acabar pronto, sí, haremos lo posible para terminar con esto y que te puedas ir ya.
Rodrigo no quiso hacer caso a las palabras de Billy, había comprobado sobradamente que podía ser el tipo más retorci- do sobre la faz de la tierra, pero  le sorprendió que no le en- manillaran, incluso se sintió en una posición de igualdad res- pecto a ellos, por el hecho de estar todavía sentado a la mesa, en aquella silla de respaldo alto, como un doctor atendiendo a un paciente, aunque ellos fueran la autoridad, pensó que de forma subliminal, aquella situación les igualaba, ¿sería otra estrategia? Todo parecía indicar que la influencia del inspec- tor Carbonell se notaba en el comportamiento de Billy y, por extensión, de García y el conductor, lo cual le dio un hálito de confianza; el simple hecho de que hubiera alguien por encima de Billy, y que además se hubiera mostrado “tan amable” con

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él, le daba un cierto poder que pensaba utilizar si las cosas se ponían feas.
—Vamos a ver —continuó Billy— para que te puedas ir pronto, no sólo vale nuestra paciencia, también tienes que po- ner algo de tu parte, ¿lo comprendes verdad? Ten en cuenta que nosotros también lo estamos haciendo. Has tenido mucha suerte, le has caído bien al inspector.
Rodrigo comprobó entonces que estaba en lo cierto al pen- saqueinspectohabíinfluideedesarrolldeinterro- gatorioquizá ordenandutratindulgentcoélLqunteníclaroerslhacíparintentaablandarle, o realmentsentíalgparecido a lpiedaddcualquiemane- rallegabeemomentequsufuerzahabíamerma- do, hasta acercarse a la rendición y le venía como anillo al dedo para recuperarse, fortalecerse y reafirmarse en su postura.
—Creo que deberías ser un poco más razonable con noso- tros —dijo de nuevo Billy—, tu amigo lo está siendo, y no le va mal.
Aquellas palabras despertaron el interés inmediato de Ro- drigo. Evidentemente se refería a Julio, y sugerían que había colaborado con ellos. Rodrigo le miró agudamente, haciendo un esfuerzo por encontrar la mentira en los ojos de Billy, in- capaz de aceptar que Julio se hubiera venido abajo, cediendo ante los que, según había comprobado, les juraban una ene- mistad feroz, que no se correspondía con la que se vivía en su círculo, de carácter más ideológico. Se preguntó una y mil veces si era cierto que Julio estaba colaborando con ellos, si un momento de debilidad le había podido ablandar lo suficiente como para echarlo todo a perder. Aquella duda que ardía aho- ra en su interior, que Billy había encendido con una malicia


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sutil, que enriquecía todavía más su catálogo de comporta- mientos viles y enajenados, le hizo explotar por la vía más di- recta e instintiva; rompiendo su silencio ante Billy, que había mantenido desde que se había quejado de las esposas, cuando les llevaban en el coche.
—¿Dónde está Julio? ¿Qué os ha dicho?
Billy sintió un placer intenso y malsano, que además era nuevo para él, cuando Rodrigo rompió su silencio, pues ha- bía conseguido hacerle hablar, utilizando como única arma su lengua pérfida; sin golpes, ni amenazas, abriéndose un mundo de posibilidades desconocido para él hasta entonces, y que sa- naba su frustración, por no haber conseguido la confesión de Rodrigo a través de la fuerza. Tener poder sobre alguien, in- cluso un poder excesivo, ya en el terreno del acoso y el maltra- to, llenaba alguna parte oscura de su ser, como una adicción que necesita ser satisfecha antes de que el alma se desespere.
—Bien... bien —dijo Billy entre la agresividad y el placer—, está bien que te hayas decidió a hablar con nosotros. Tu amigo también lo ha hecho. Te aseguro que es lo mejor. No te preo- cupes por él, está vivo.
—¿Qué ha pasado con él? —Preguntó Rodrigo, mientras García y el conductor sonreían sarcásticamente por la última frase de Billy—. ¿Qué ha dicho?
—Nos ha contado cosas del partido y de tus compañeros.
—¡Mentira! —estalló Rodrigo, aunque en el fondo, una te- rrible duda le atenazaba el corazón.
—¡Cuidado con esa lengua, rojo! —intervino el conductor.
—Déjalo, es una reacción normal —dijo Billy, sorprenden- temente, sin enfadarse, dándose aires de psicólogo—, todavía no puede aceptar la realidad, pero es lo que hay. Tu amigo ha

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entendido mejor que  lo que tiene que hacer para salvarse de esta. Es muy fácil, sólo tienes que decirnos a qué se dedica tu partido y qué función tienes tú.
—Ya le he dicho al inspector que no pertenezco a ningún partido, sólo me dieron unos folletos al salir de un bar.
—Sí, nos lo ha contado, pero ¿sabes que pasa? Que yo no me lo creo —de nuevo provocó las risas de García y el conduc- tor—, el inspector Carbonell es muy comprensivo, pero a veces le falta un poco de decisión. Además, la bola del bar no cuela, porque tu amigo ya nos ha dicho que los folletos os los han dado en el partido, allí, en el piso franco que tenéis.
¿Sería verdad que Julio había hablado? No podía sopor- tar por más tiempo aquella incertidumbre. Si era verdad, toda la fuerza que sustentaba su motivación por resistir se venía abajo, se perdía; significaba otro desengaño, otro de los suyos que una vez más fallaba, y una vez más ganaba la injusticia y la imposición de valores y reglas, pero si era mentira, si Billy estaba sembrando la duda con el único objetivo atormentarle, entonces se haría más fuerte, daría otro paso más en su parti- cular maratón, plagada de obstáculos, extenuante, pero que al mismo tiempo le estaba curtiendo hasta límites desconocidos para él. Pensó que lo mejor era intentar averiguarlo, aceptan- do el juego retorcido y malintencionado de Billy, para llegar a una conclusión que le permitiera volver a ver las cosas con la misma determinación.
—¿Piso franco? No  a qué piso te refieres —dijo Rodri- go, también con malicia, tanteando si realmente sabían dónde estaba.
—Sí hombre, el piso de la calle Viriato, de donde salíais tú y tu amigo cuando os pillamos.


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—Allí no hay ningún piso franco, veníamos de casa de un amigo, y no estábamos haciendo nada malo.
—Pues a  me han dicho otra cosa, en el tercer piso  que pasan cosas raras, os ha denunciado alguien que os conoce.
—En el tercer piso, ¿de qué número? —replicó Rodrigo, tensando la cuerda al máximo.
—¡A mí no me hagas preguntas hijo de puta!
Billy explotó otra vez, dominado por una rabia ciega y re- pentina, pero incapaz de golpearle. Se quedó bloqueado, no fue capaz de hacer nada, pareció como si de pronto su plan se hubiera desmoronado. Aquella reacción dio cierta confianza a Rodrigo, pensando que no sabían la dirección del piso de Juanjo, y por tanto, más posibilidades de que la supuesta dela- ción de Julio no fuera más que otro instrumento para desesta- bilizarle. Decidió continuar indagando, aún a riesgo de recibir golpes.
—Perdón, es que me extraña mucho esto del piso.
—¿Ah sí? Pues te diré el número. El 78 ¿no has estado en Viriato 78, tercer piso? Si me dices que no, te parto las piernas ahora mismo...
Por lo visto, el piso de Juanjo había sido descubierto, pen- só Rodrigo, pero lo que quería saber era si lo habían descu- bierto ellos, aunque fuera por un chivatazo, o si Julio había hablado. Se tomó unos segundos para pensar cómo podía ave- riguarlo, y después mintió con sutileza:
—JulinedMadridestá dvisitelciudad y ela primera vez que venía al piso, así que es imposible que sepa nada.
Rodrigo intentaba descargar de responsabilidad a Julio, asumiendo él la dificultad de salir del embrollo, causado por


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el conocimiento que tenían del piso de Juanjo, pero también saber si mintiéndoles sobre Julio le descubrirían, señal in- equívoca de que había hablado, y les había dicho la verdad, o serían incapaces de saber si Julio estaba metido en el partido.
—Así que es la primera vez que venía —dijo Billy, descon- certado— pues vaya día ha escogido para desvirgarse, ¡será desgraciado!
Las risas de García y el conductor resonaban ahora por toda la sala, y probablemente se oían en el pasillo, a cada mo- mento más fuertes, convirtiéndose en carcajadas feroces y desinhibidas; humillantes y poderosas, pero también encubri- doras de la debilidad que Billy había sentido, al no saber si era cierto que Julio era un primerizo en las reuniones de la LCR. Había salido del apuro burlándose de él. Esto confirmaba la esperanza de Rodrigo, en que toda la información de la que Billy se jactaba tener, no era cierta, al menos no toda la que decía.
—Y tú, ¿cuánto hace que vas a las reuniones? —continuó
Billy, evitando hablar de Julio.
—Yo no he dicho que vaya a las reuniones de nadie, había quedado con un amigo, pero no tengo nada que ver con la polí- tica. —Siguió mintiendo Rodrigo, con las palabras cerca, pero no dentro muy presentes en su cabeza.
—¿Pero cómo quieres que nos creamos eso? No me hagas perder la paciencia, que lo vas a pagar caro ¡Venga! A cantar todo lo que sepas de la Liga Comunista.
—Todo lo que  es que es un partido ilegal. Ya le he dicho al inspector que sólo tuve un cierto interés, que se apagó rápi- do por las consecuencias que tienen estas cosas.



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—¿Ah sí? Pues yo digo que tú eres miembro del partido, y que además eres uno de los que más participan y que vas cada lunes a las reuniones de la madriguera donde os escondéis — atacó de nuevo Billy— ¿y sabes por qué lo sé? Porque me lo ha dicho tu amigo, ¡me lo ha contado todo! ¡Te está traicionando capullo!
Un vértigo indescriptible recorrió la espalda de Rodrigo, hasta llegar a la nuca y producirle un mareo momentáneo. Aquello era lo que más temía. Más que a Billy, más que a los grises, más que a los jueces implacables del régimen. Uno de los pilares de su resistencia, era el fuerte compañerismo que había entre la militancia, aquella conciencia y compromiso de la lucha obrera y estudiantil lo era todo. Ni cien dictadores po- dían someter aquella marea de gente dispuesta a luchar contra un régimen totalitario y obsoleto que se empeñaba en sobrevi- vir como la mala hierba, pero si fallaba la lealtad de los suyos, entonces todo era mucho más difícil. Ahora Rodrigo no estaba seguro de nada.
—¡No te creo! ¡Maldito mentiroso! ¡Eres el cerdo más grande que he visto en mi vida! —Rodrigo perdió los nervios.
Billy se abalanzó sobre él como poseso, endiablado, des- bocado, cargado hasta los polos de una energía brutal, gol- peándole de todas las formas posibles, hasta que Rodrigo cayó al suelo. «Te has pasado de la raya», gritaba el conductor, golpeándole también, sin ningún tipo de inhibición. García le sujetaba con fuerza. Billy estaba encima suyo. El conductor participaba. Rodrigo sangraba. El dolor aumentaba. Alguien abrió la puerta.
—¿Qué está pasando aquí? —Gritó el inspector Carbonell.


 8. REENCUENTRO EN LA GALERÍA


En la misma celda en la que le habían encerrado, en algún momento anterior, indeterminado, Rodrigo se encontraba sentado en el camastro, contemplando las luces tenues como manchas de acuarela sobre un fondo de oscuridad, al otro lado del tragaluz, en la Puerta del Sol, y sintiendo el frío hiriente que emanaba de los bloques de piedra, pero sobre todo, el que entraba a través de la rejilla de hierro, a modo de celosía. Su desconcierto era mayor a cada momento y, además, empezó a notar su ánimo decaído y melancólico, que atribuyó a la falta de luz natural, ausente desde el mediodía anterior a la reunión en el piso de Juanjo. Desde entonces, no sabía cuánto tiempo había pasado. Se decía que al menos un día entero, pero todo esfuerzo por calcular el tiempo transcurrido hasta entonces, le inundaba de inseguridad, cuando se daba cuenta de que era imposible saberlo. Quizá hubiera transcurrido más tiempo del que creía, o quizá aquella noche se estaba haciendo eterna. Os- curidad y luz eléctrica, era todo lo que su retina absorbía desde hacía más tiempo del que es natural, es decir, más de un ciclo desde que se pone el sol, hasta que amanece. Al menos así lo creía, y así lo percibía, con su ritmo biológico alterado, y en las pocas ocasiones que tuvo de saber la hora del día, se la oculta- ban con artimañas, como por ejemplo, en aquel momento en que sentía un peso grave en los párpados y la oscuridad le hun-

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día más profundo, cada vez más profundamente, se entretenía en cazar algunas palabras del programa de radio, que el policía de guardia en la galería escuchaba, aguzando los oídos cuan- do, esporádicamente, entre noticias de actualidad, un locutor daba la hora, pero entonces el guardia, supuestamente, bajaba el volumen de la radio para impedir que al menos él, si es que no había otros detenidos, pudieran saber en qué momento del día se encontraban. En uno de aquellos intentos por escuchar algo del mundo exterior, Rodrigo oyó voces que se solapaban con las que la radio emitía: unas reverberaban por el pasillo de la galería, otras tenían aquel sonido rallado e inconfundible de transistor. Lento de reflejos por su ensimismamiento y por el sueño acumulado, notó una nueva presencia en la galería, acompañada de una conversación, ahora ya, perfectamente audible. ¡Era Julio! Cauteloso por naturaleza, pero también por la experiencia a la que le estaban obligando a pasar, se ase- guró de que fuera él, escuchando la conversación con la mejilla junto a los barrotes. Sí, era él, no cabía ninguna duda.
—¡Julio! ¿Estás bien?
—¿Rodrigo? ¿Eres tú? —respondió Julio.
Ninguno de los dos podía ver al otro. Desde la situación de Rodrigo, parecía que llevaban a Julio a una de las primeras celdas de la galería, según podía intuir por la distancia de las voces y el ruido de llaves y puertas de hierro. Desde donde se encontraba Julio, la voz de Rodrigo parecía venir del fondo de la galería, pero no era capaz de situarla en ninguna de las celdas, a izquierda o derecha.
—¿Dónde estás? No veo nada —continuó Julio.
—En la penúltima celda, a la izquierda —dijo Rodrigo sin estar totalmente seguro, más preocupado porque Julio pudie-


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ra situarse y ayudar así a crear un clima de confianza entre ellos.
—¿Qué te han preguntado? —Julio no estaba seguro de cómo abordar el tema más delicado.
—¡Cállate ya! ¡Pa dentro! —gritó una voz, que no podía ser otra que la de uno de los grises, custodiándole.
—¡Somos inocentes! ¡No hemos hecho nada, y no cono- cemos a nadie! —gritó Rodrigo, creyendo que debía hacerle llegar el mensaje, de forma velada, de que no había hablado, y que tampoco tenía que hacerlo él, esquivando la otra presen- cia gris que se interponía entre ellos.
—Sí, somos inocentes, yo no conozco a nadie —Julio captó enseguida el mensaje.
—¡Sé fuerte Julio!
—Sí, sí...
La puerta de hierro se cerró estrepitosamente, ahogando la voz de Julio, y acto seguido, unos pasos enérgicos venían hacia la celda de Rodrigo, quien, con el ánimo renovado por el reencuentro con su compañero, ni siquiera se molestó en apartarse de los barrotes de la celda cuando uno de los grises llegó hasta él.
—Como te oiga otra vez se te acaba la comida y tienes do- ble ración de ostias, ¿me has entendido?
Rodrigo asintió con la cabeza, fingiendo docilidad, pero en su interior, el valor y la fuerza de voluntad habían crecido como un río acaudalado, a punto de desbordarse. En cuanto se fue el policía, empezó para él un momento de extraño bienes- tar, a pesar del frío, a pesar del sueño y del dolor. Eran tantas las contrariedades a las que había estado expuesto en aquellas



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últimas horas imposibles de medir, que el reencuentro con Ju- lio, aunque ni siquiera le hubiera visto, suponía un bálsamo re- parador; descubrió lo gratificante que podía ser cualquier no- ticia o experiencia positiva, por pequeña que fuera, en medio de aquel tormento y sintió agradecimiento por todas las cosas buenas que había en su vida, como si ahora, de repente, fuera capaz de ver todo su valor. «Es una lástima que tengan que pasar cosas malas, para darte cuenta de las buenas que has te- nido», pensó. Y entonces recordó con un afecto profundo al tío Ponce, a la tía Carmen, y a la abuela, sabiendo que muy proba- blemente les había perdido. En el tiempo indefinido que había pasado desde su detención, ni él ni Julio habían llegado a casa, ni se habían puesto en contacto con ellos, básicamente porque no les permitían llamar a nadie. Conociéndoles, debían estar preocupadísimos, quizá llamando a hospitales, quizá llaman- do a comisaría... ¿quién sabe? Quizá ya se habrían enterado de todo, si es que se habían puesto en contacto con la policía. El tío Ponce era un hombre resolutivo que solía conseguir sus objetivos, y seguro que no había dejado pasar aquel suceso in- esperado, además, sabiendo de sus influencias, Rodrigo esta- ba casi convencido de que había descubierto por sí mismo lo sucedido con él y Julio. Empezó a hacerse una idea de la nueva vida que le esperaba al salir de allí, sin la familia de Julio, que había sido poco menos que la suya también, pensando en la reacción de sus seres más cercanos, allá en el pueblo, y el pro- bable despido de la fábrica donde trabajaba. Sus opciones se reducían a la ayuda de sus compañeros, hasta que encontrase un nuevo trabajo, y empezar una vida más solitaria, huérfana, aunque con el apoyo y el fuerte compañerismo de todas aque- llas personas como Juanjo, Beatriz, Uriarte; todos aquellos quienes ahora eran su familia, pero aun teniendo este teso-


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ro humano con el que estaba convencido de poder contar, no pudo evitar sentir una culpa pesada como una losa, al recordar la sonrisa de la tía Carmen, e imaginársela tornándose en una mueca de desaprobación cuando se encontrasen de nuevo, y el tío Ponce, habitualmente tan cercano y amigable, volviéndose de pronto distante y frío. Esta enorme desilusión era mucho más difícil de digerir que cualquier cosa que pudiera pasar allí dentro, pero Rodrigo decidió dejar de atormentarse, decidió ser amigo de sí mismo, alejando de su mente todo derrotismo por las consecuencias que iba a sufrir. Tranquilo, relajado, y con mucho sueño, sus párpados eran incapaces de permane- cer abiertos por más tiempo. Se tumbó sobre el camastro casi al mismo tiempo que se quedó dormido.





10. UNA CHARLA PENDIENTE


Julio se entretenía con uno de los tenedores, desplazán- dolo y volviéndolo a colocar simétricamente, como el resto de cubiertos y demás enseres sobre el mantel de la mesa, a punto para servir la comida, mientras de la cocina llegaba el sonido leve y chispeante de la sartén que la tía Carmen tenía en el fue- go. Junto a la mesa, sentada en una mecedora de madera, la abuela miraba a Julio en silencio, con su habitual porte digno, y desviando la mirada lentamente hacia el tío Ponce, sentado frente a Julio, mucho más serio de lo normal, y todavía con su camisa blanca y corbata, que ni siquiera se había desajustado un poco, como hacía siempre al mediodía, antes de volver al trabajo. En el salón todo estaba ordenado y limpio, impecable como de costumbre, y el sol entraba por el ventanal del balcón, dibujando una columna diagonal de luz, que dejaba el resto de la estancia en una sombra tenue y fresca. A pesar de sentirse bien, otra vez en casa y esperando la comida, que como todas las que hacía la tía Carmen, prometía ser deliciosa, un muro de silencio se levantaba entre él y el tío Ponce, tan difícil de de- rrumbar, o al menos de franquear, que a Julio no se le acudía aquella frase oportuna, con la que entablar una conversación y, además, dudaba de los pensamientos que su tío pudiera te- ner hacia él, básicamente, si le perdonaba o no.



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La tía Carmen rompió el silencio al traer los dos primeros platos a la mesa con un: «la comida está lista», en un tono for- zado de alegría, como si fuera un día cualquiera, que ni Julio, ni el tío Ponce, ni la abuela, aceptaron como el más adecuado para el momento; sin responder, sin hacer ningún comentario. Cuando la comida estuvo servida, y la abuela sentada en su sitio, con la ayuda del tío Ponce, destacaba la ausencia de uno de los cinco sitios, con sus cinco platos. La tía Carmen se apre- suró a decir que Rodrigo venía en seguida, cuando todos du- daban si debían esperarle o empezar a comer y, efectivamente, a los pocos segundos, aunque eternos debido a aquel silencio tan expresivo, Rodrigo apareció con ropa limpia y el pelo to- davía mojado, que delataba el baño que acababa de darse y, sin decir palabra, se sentó a la mesa con los demás, buscando con la mirada una expresión benévola de los tíos y la abuela, pero la incomodidad latente por tratar el tema que les afligía hacía imposible, por el momento, recuperar la armonía que acostumbraba a haber entre ellos.
—¿Has dormido bien? —Le dijo la tía Carmen a Rodrigo, haciendo un esfuerzo por recuperar la normalidad.
—Sí, he podido descansar —contestó Rodrigo, con la plan- ta de los pies y el trasero todavía doloridos, sin atreverse a abordar el tema pendiente que había entre ellos.
Los cinco empezaron a comer el primer plato en medio de aquel silencio, que sólo rompía el tintineo de los cubiertos en contacto con la porcelana de los platos, sin que nadie su- piera exactamente qué decir, aunque todos sabían qué estaba pensando el otro. La tía Carmen se esforzaba en mejorar el ambiente interviniendo de vez en cuando con frases livianas sobre la comida o el tiempo, hasta que no pudo aguantar más


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la presión, hasta que el torrente de emociones convulsas en su interior estalló.
—¡Esto parece un velatorio, por Dios! ¿Tan grave es lo que ha pasado, que no se puede ni nombrar? Decid lo que tengáis que decir, no puede haber nada tan malo de lo que no se pueda ni hablar.
La sinceridad de la tía Carmen, afrontando la realidad de una forma tan directa, derribó definitivamente aquel muro que les separaba, permitiendo abordar aquel difícil tema pen- diente.
—Tengo que pediros perdón —dijo Rodrigo después de unos segundos— he mantenido en secreto mi militancia polí- tica, sabiendo que podía traer problemas, también para voso- tros. Sólo quiero que sepáis que estoy muy agradecido y que en el fondo, no os lo había dicho por miedo a perderos, no por causaros un disgusto. Sé que no estaréis de acuerdo conmigo, y tampoco quiero ser una molestia en esta casa, pero también quiero decir que lo que he hecho no es nada malo, es sólo dife- rente al pensamiento general.
—Primero son las personas, Rodrigo —dijo el tío Ponce, de todo corazón, después de reflexionar unos instantes—. En este país las cosas funcionan de una manera desde hace mu- chos años, pero esto no va a durar para siempre. No se puede obligar a nadie a pensar de una determinada manera. Se pue- de educar, pero no obligar. Llegará un momento en que todo el mundo será libre de afiliarse donde y con quien quiera. Es inevitable y yo no quiero negaros nada; no os voy a dar la es- palda por algo que mañana puede ser totalmente legal.
—Te lo agradezco de verdad —dijo Rodrigo, notablemente aliviado por la comprensión que estaba mostrando el tío Pon-


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ce— pero aun así, lo último que quisiera es causaros algún in- conveniente. Me alegro mucho de que las cosas entre nosotros no se estropeen. Allí dentro, pensé que todo se había acabado, pero toda la gente con la que te relacionas, seguramente no pensará igual que tú.
—No te preocupes por eso Rodrigo, si algo he aprendido en la vida, es que todo se puede razonar, y el que no atiende a razones, no es alguien que valga la pena. Lo importante es que no haya consecuencias para vosotros. ¿Cómo os trataron allí dentro?
La pregunta del tío Ponce levantó otra vez aquel muro in- visible, tan alto y grueso, provocando el silencio tanto de Ro- drigo, como de Julio.
—No hace falta que respondáis —intervino el tío Ponce.
—¿Qué día es hoy? —Preguntó Rodrigo, como si de pronto recordara algo que le rondaba en la mente.
—Hoy es viernes —respondió la tía Carmen.
—Viernes... —Rodrigo no salía de su asombro— desde el lunes por la noche, hasta que llegué ayer... tres días. ¿Cuándo saliste tú?
—Ayer, también —le respondió Julio— pero por la maña- na, aunque me pasé todo el día durmiendo.
—Tres días es el máximo que permite la ley, según nos dijeron. —Aclaró el tío Ponce con resignación.
—Sí. Entonces, llamasteis a la Dirección General de Segu- ridad —dijo Rodrigo, todavía masticando la comida, que devo- raba con un hambre feroz.
—Sí, denunciamos vuestra desaparición la misma noche del lunes —añadió la tía Carmen—, pero no nos dijeron la ver-


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dad hasta el miércoles. ¡Estábamos preocupadísimos! ¿No os dejaron llamar?
—No, no podíamos. No nos dejaron. Si no os habríamos llamado, lo juro. Lo pasé muy mal sin poderos decir nada — dijo Julio.
—Tranquilo Julio, no te preocupes, lo importante es que ya estáis aquí.
—Pero... —Julio estaba muy inquieto, la incertidumbre por saber cómo reaccionaría su familia ante los hechos, le te- nía preso de la desesperación—, ¿qué va a pasar ahora? Puede que tengáis problemas por nuestra culpa.
—Una familia unida es mucho más fuerte que cualquier dificultad que esté por venir, te lo digo yo, que he vivido mu- chos años —dijo la abuela, muy convencida de sí misma.
El tío Ponce y la tía Carmen asintieron con la cabeza. En su cara tenían dibujada una extraña expresión, que se encon- traba a medio camino entre la seriedad y el amor, y que trans- mitía fortaleza y confianza. El tío Ponce añadió dirigiéndose a Rodrigo:
—Por cierto, tienes una carta del pueblo.

FIN









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