jueves, marzo 26

Ética, lealtad, militancia y libertad


En los últimos tiempos he sufrido una intensa campaña de acoso y derribo que me provocado una profunda reflexión. Lo digo sin ánimo victimista y sin buscar nada en ello, porque entre otras cosas recorro ahora el camino de la vida ligero de equipaje y sin ninguna ambición personal. Quizás esa ligereza haga que mi habitual libertad se haya incrementado y no hay nada que produzca más temor en los mediocres, especialmente si tienen poder que alguien que piensa y actúa libremente.

Llevo 46 años en política, una vida repleta de historias y vaivenes, pero siempre en el ámbito de la izquierda y con la ética por montera. También existe otros conceptos que intento aplicar en mi praxis diaria, tolerancia, honestidad, coherencia, generosidad con un punto a veces peligroso de audacia e imaginación. Todo ello comprendo que supone un cóctel explosivo que no resulta fácil de digerir especialmente en la militancia política.

Siempre mis contrincantes y algún enemigo me lanzan la acusación de personalista para intentar desacreditarme. ¿Qué es ser personalista? ¿Tener personalidad? ¿Actuar a los dictados de tu libertad? ¿No admitir otra lealtad que la de a tus ideas, que son las del socialismo de Pablo Iglesias con alguna dosis de “Pasionaria” o “Che” Guevara? ¿Quién no es personalista entonces? ¿Y quién no lo sea no debería generarnos desconfianza?

Después de la previa entro a en materia, dejando para otra ocasión mi culebrón sobre mi militancia en el PSOE, por respeto a un acuerdo que voy a cumplir hasta el último día de compromiso de silencio sobre éste tema.

Todo el lío viene como consecuencia de un artículo escrito sobre el resultado de las elecciones en Andalucía y mi intervención en el programa de ETB 2 “Sin ir más lejos”. Acepto la dialéctica si es inteligente, bueno, si no lo es también, la discrepancia, lo que no admito son los insultos, las descalificaciones o las tergiversaciones que confunden a sabiendas, porque más parecen sustitutos de la falta de argumentos sólidos.

En los últimos tiempos me preocupa la falta de reflexión profunda, de análisis sosegado, de exposición clara de lo que está ocurriendo en el seno de la izquierda, o al menos de cierta izquierda. Me preocupa que no se dé todo ello en la izquierda y que cuando se da si es discrepante con lo dictado desde la cúpula, la masa dilapide a quien osa discrepar. Se acusa con mucha facilidad de traidor, o cosas más graves aún, a todo aquel que en uso de ésa libertad que se nos debe exigir tenga la valentía de decir públicamente algo diferente de lo dictaminado.

He dicho al principio que sólo me encuentro ligado a la lealtad a mis ideas, a la disciplina a la que me lleva la defensa de ellas, a nada más. Si en la izquierda, si en el PSOE no tiene cabida gentes que opinan como yo, algo muy profundo se ha quebrado en su interior.

Ésa preocupación se extiende al terreno de la corrupción que nos asola, a las consecuencias sociales de ella y a preguntarme si la misma invade la política porque llega desde la propia soledad.

Considero quizás ingenuamente que a las gentes de izquierdas debería preocupar ésta situación, entre otras cosa porque sigo creyendo en el partido como instrumento para transformar la sociedad y no al revés y mucho menos como oficina de empleo con ánimo de perpetuidad.

No debería ser necesario un preámbulo tan largo, pero en los tiempos que corren conviene no dejar ningún cabo suelo a la hora de plantear lo que voy a hacer a continuación.

Hasta ahora la corrupción afectaba electoralmente exclusivamente a la izquierda, ya que la base sociológica de la derecha no se guía por estos parámetros a la hora de votar. ¿Por qué razón? Parece evidente que era porque ese valor que se supone a las gentes de izquierdas, la ética, suponía un “lastre” en éste tema ya que no admitían ningún comportamiento en sus partidos que conculcara la misma. Cualquier caso de corrupción o corruptela no tenía repercusión en la derecha, pero producía efectos electorales demoledores en la izquierda. Así se produjo el final del mandato de Felipe González.

Pero esa situación está cambiando y eso debería preocuparnos y mucho a todos aquellos que desde ésa izquierda, hemos considerado siempre que no todo vale a la hora de conseguir una victoria. Ésa degradación ética que antes sólo afectaba a la ciudadanía de derechas, cual epidemia está contagiando también a nuestra base social, en un proceso de degradación social que debemos evitar y para conseguirlo lo primero que debemos hacer es admitirlo. Diagnóstico, tratamiento, curación.

El PSA jamás debió ir a las elecciones de Andalucía sin resolver el gravísimo caso de los EREs, que nos afecta en la línea misma de flotación. No es sólo un acto de persecución enfermiza de la Juez Alaya, aunque puede tener algún tinte de ello, significa que hemos sido capaces de consentir, unos por acción, otros por omisión o simplemente mirando para otro lado que algo tan terrible ocurriera en el seno de nuestro gobierno. Los corta fuegos no han funcionado.

Hubo voces que lo exigieron: depurar las listas al límite, incluso a riesgo de injusticias, más vale errar por exceso que por defecto en éstos temas, dimisión de compañeros y compañeras implicados como Cháves, Griñan, Zarrías, etc., respetando la presunción de inocencia pero diferenciando claramente entre responsabilidad penal y política y ética y aplicación de código ético duro para el futuro. No se hizo, quizás con la esperanza de que ocurriera lo que ha ocurrido, que nuestro electorado votara “tapándose la nariz”.

Me alegro, claro que me alegro, que haya ganado mi partido, el PSOE, pero lamento que lo haya hecho así y lamento más aún que se detecten signos de que esa enfermedad que siempre ha afectado a la derecha ahora también nos comience a afectar a nosotros. Es un peligro que como militantes de la izquierda debemos analizar y vigilar.

Es una mala noticia y creo que si somos honestos debemos decirlo, estudiarlo y tomar medidas para evitar que la gangrena envenene todo el cuerpo. Quien interprete que éso es insultar a nuestro electorado miente, precisamente porque le respeto quiero que no se vea infectado por el virus de la indiferencia.

¿Eso es traición? NO! eso es una obligación. ¿La ropa sucia siempre debe lavarse en casa? Siempre he considerado insultante como gente de izquierdas ésta máxima, porque el futuro pasa por un partido transparente con paredes de cristal donde se vea incluso lavar nuestras vergüenzas, o simplemente no existirá.

Hasta ahí mi explicación. Supongo que eso no evitará ese tipo de acusaciones e incluso otras más graves, pero si quien opina como yo no tiene cabida en el socialismo, si reflexionar y hablar así tampoco, algo muy profundo se está deteriorando en su interior.

Seguiré observando, analizando y expresando con libertad, pese a quien pese y con las consecuencias que tenga. He vivido así y pienso morir así. 

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