martes, noviembre 11

Tocaba hablar de Catalunya, pero hablo de Enrique Urquijo



Artículo aparecido en PUBLICOSPIA el 11 Noviembre 2014

Hoy tocaba hablar de Catalunya, pero ya he hablado suficiente en los últimos tiempos y además habrá mucha otra gente con más autoridad que la mía que lo haga mejor, por eso voy a hablar de quién compuso parte fundamental de la banda sonora de mi vida: Enrique Urquijo.

Cada 17 de Noviembre, fecha fatídica en la que perdimos a éste grande, le dedico mi recuerdo y mi humilde homenaje. El próximo lunes se cumplen quince años (parece que fue ayer) que su vida se truncó en una calle de Madrid, se quebró como un juguete roto por la vida. Estaba solo, o quizás con una mala compañía, y a muchos se nos heló el corazón al enterarnos. A todos aquellos que admirábamos su música y la poesía de sus letras, a veces amargas como la vida misma, impregnadas de soledad y amargura. Un chico triste autor de canciones tristes.

Esa misma soledad se extendió a quienes nos estremecíamos con sus palabras musicadas en las tardes de cualquier otoño como el que se lo llevó, quizás porque sentíamos lo mismo que él aunque nos faltaba su creatividad, su sensibilidad a flor de piel. Hoy de nuevo volvemos a temblar de emoción al recordarlo.

Canciones de amor pero especialmente de desamor, de tristeza, llenas de poesía, de pasión salidas de lo más profundo del ser humano, de esos terrenos que hoy apenas nos atrevemos a pisar. Caricias hechas canción, cataratas de emociones que te hacían SENTIR, así con mayúsculas, y por eso al mismo tiempo vivir, cuando él estaba dejando de hacerlo.


Ese terrible día volví a recordar a mi hermano fallecido unos años antes y entendí que al perder a Enrique lo perdía de nuevo. Mi hermano real, Javi, también músico, líder y compositor de un grupo de rock que se pateó los locales de Madrid allá por final de los 70 y principios de los 80: RETALES. Por eso las veces que he coincidido con Álvaro Urquijo, la última en un inmenso concierto en Vitoria, los dos han estado en el fondo  de nuestra conversación…y de nuestros recuerdos. 

Pero también me di cuenta que había perdido a un compañero de viaje en esto del vivir de manera especial, a un amigo, aunque nunca crucé una palabra con él, porque solo lo conocí a través de su música y de las veces que fui a verle actuar. Alguien que entendía lo que he sentido muchas veces, y era capaz de transformarlo en letras, en canciones. Qué hermosa envidia sana!

Esas canciones que a uno le habría gustado componer: “Volver a ser un niño”, “Cambio de planes”, “Quiero beber hasta perder el control”, “La calle del olvido” y tantas otras, porque además fue muy prolífico. Ésas que ya forman parte de la banda sonora de mi vida, de la mía, y de una parte de aquella generación, aunque quizás nunca se hayan parado a pensar en ello. 



Ahora muchos jóvenes no lo conocen, quizás su música hoy suene a demasiado densa, melancólica, quizás les atemorice porque activa sensaciones hoy casi desaparecidas. Pero como al no escucharlas, al no saborearlas se pierden un tesoro.

Siempre he soñado con ser cantante de un grupo de rock, en algunas ocasiones he bromeado con que soñaba ser Bruce Dickinson líder de mis admirados Iron Maiden, con subir a cantar con ellos una de sus canciones. Quizás también con Enrique y mi hermano Javi haciéndonos los coros, como lo hicimos tantas veces en aquellos años 70 y  80 gloriosos. Lo he vuelto a imaginar ahora cuando he escuchado de nuevo esa maravilla de “Aprendiendo a soñar”, aunque sea de Álvaro y Tena. Canciones que a diferencia de la mayor parte de las que suenan hoy, de “usar y tirar”, se mantienen vivas a lo largo del tiempo. De esas que te hacen soñar incluso imposibles como éste. 

Enrique se nos fue, nos hemos quedado huérfanos del hermano músico como yo, pero nos queda su obra ésa que te hace despertar en medio de un mundo oscuro, gris y anodino, con la pena de no poder escucharle nuevas historias, nuevas melodías. Aún me acompañan en los viajes, o en las tardes de otoño como en la que escribo este artículo y lo siento cerca, los siento cerca. Es probable que  ahora allí donde esté haya montado un grupo con otros ilustres como Antonio Vega o Antonio Flores y con mi hermano, con aquellos creadores de una generación cruel e injustamente machacada por una cruel. 


Quizás sigan componiendo juntos porque se hayan hecho amigos. Es probable que sean los que me animan a seguir luchando por ese tipo de música, incluso por esa manera de vivir con los sentimientos activados, heterodoxos, indomables, libres, frente a la incomprensión de quienes sólo la valoran en función de los llenos que se consigan. El “éxito” por encima de la calidad, de la verdad. Ésa gentes que no tiembla de emoción al escuchar “Una tarde gris”. 

Mi “amigo” mi “compañero de viaje” Enrique Urquijo seguirá vivo mientas sigamos vivos los que aún escuchamos y somos capaces de sentir su música. Nos seguirá acompañando en nuestros bajones, en los momentos de penumbra, de pena o desamor, y nos levantará el ánimo, nos hará un poco más felices al comprender que no somos los únicos.
Como ya dije el día que conocí su muerte: ¡Qué pena que se vaya la buena gente y se queden los canallas! Ahora después de quince años me reafirmo en ese comentario.

Enrique Urquijo, te recordamos, te echamos de menos, y quizás como tú decías: “seguimos siendo chavales ordinarios, que nos volvemos vulgares al bajarnos de cada escenario”. Cada uno de un tipo de escenario diferente.

El mejor homenaje que te podemos dedicar hoy es escucharte, saborearte despacio como te gustaba a ti. Ojalá las radios de nuestro gris y triste país lo tengan en cuenta y hagan programas especiales que lleven tu música a las nuevas generaciones.

Descansa en paz Enrique Urquijo. Gracias por haber sido así.


Fdo.: José Luis Úriz Iglesias, ciudadano de la vida. 

Una canción que me marcó cantada por Enrique como final

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