domingo, noviembre 3

La paz exige diálogo, debate, síntesis, respeto y generosidad.


Egun on, buenos días, bon dia,  amanece nublado, reflexiono sobre noticias que observo en la prensa, algunas positivas como el avance de la “tercera vía” en Catalunya, la encuesta de El País de hoy lo demuestra así como el hundimiento de partidos que la gente relaciona con el resto del estado, como PSC y PP. La dramática situación del primero, un partido que me acogió en momentos complejos, me duele, creo que a pesar de algunas críticas al menos por mi parte encontré un gran respeto a las divergencias y un intento por buscar puntos de encuentro. Veremos cómo salimos de ese bucle.

El PSOE se debate en un no vivir ante el momento histórico de la conferencia política, ahora ayudado por aportaciones externas de gentes que vienen de IU. ¿Por qué la izquierda española, tan cainista ella, no es capaz de buscar lo que nos une?

Pero lo que más atrae mi atención es un debate que tuve en este mi sancta sanctorum que tiene que ver con la libertad de expresión y el respeto a opciones diferentes. He sufrido a lo largo de mi vida política incomprensión, violencia verbal, presiones inadmisibles desde ambas orillas de este río de aguas turbulentas. Todo por decir siempre lo que pensaba, que lógicamente unas veces gustaba a unos y desagradaba a otros y viceversa, pero creo que siempre desde el respeto y las buenas formas, porque lo otro da a entender que no confiamos en nuestros argumentos y por eso utilizamos la frase, o la palabra de trazo grueso. Por inseguridad o por falta de argumentos.

Siempre he escuchado otros argumentos, me gusta el debate, la confrontación dialéctica, porque siempre se aprende algo de quienes te rebaten aunque utilicen ideas pueriles. He intentado conocer al “otro”, sus motivos, sus razones, aunque no estuviera de acuerdo e intentado que el resto también lo hiciera. Así durante más de 25 años mantuve contactos, conversaciones, debates, con gentes que estaban en el bando que me amenazaba, e incluso me podía quitar la vida. He intentado construir puentes de comunicación, por los que transitar la senda de la paz, con muchos golpes, con momentos difíciles, dramáticos, con instante de flaqueza, de ganas de tirar la toalla como en el ring, pero siempre he continuado adelante con ese intento.

Algunos que mandan mucho y ahora reniegan de aquel pasado, utilizaron esa característica para contactar, para palpar la situación, no siempre con intención sana y algunas veces de manera torpe o torticera. Pero creo sinceramente que sirvió para algo, al menos para conocernos, para vernos no como enemigos, sino como gentes que discrepábamos sobre temas fundamentales, especialmente el uso de la violencia como arma política, pero que también teníamos elementos de contacto, comunes: que éramos de izquierdas. Además trajo como consecuencia solidas amistades que seguirán por encima de los acontecimientos.

Tengo pendiente escribir mis memorias, esas que en ese apartado iba a escribir con mi gran amigo, cómplice en este empeño, Enrique Curiel, pero me abandonó por el camino. Tengo una deuda con él, la tenemos todos aquellos que luchamos por la paz, porque fue el que más se comprometió en ese empeño. Cuantas horas de charlas, de viajes, de contactos, de intentos de mediación, de convencimiento sobre la necesidad de llegar a donde hoy estamos. Estaría hoy feliz por ello, pero profundamente preocupado por el estancamiento peligroso del proceso y por la confrontación brutal entre centro y periferia, lo que él denominaba “último gran tema por resolver de la Transición”. Esa de la que fue protagonista como representante del PCE y coautor de nuestra Constitución.

En fin todo esto viene a cuento de la necesidad de debatir de contrastar opiniones desde el respeto al que opina diferente, desde su escucha, porque cada cual tiene una parte de razón, por eso la necesidad de la síntesis, una práctica muy abandonada últimamente, pero también con grandes dosis de generosidad, sabiendo ceder parte de nuestro espacio para cedérselo al otro.

Soy consciente de que ese trabajo intelectual me ha costado sinsabores y posiblemente una carrera política más fructífera, eso y mi libertad que nunca he consentido dejarla colgada a la puerta de la sede de mi partido, mi inquebrantable lucha por la libertad de expresión. En mi partido me costó eso, pero algunos deben reflexionar sobre que en algún otro me habría podido costar la vida, por eso entendía a veces su cobardía, o su extrema cuidado a la hora de hacer en su lado lo que yo era capaz de realizar en el mío. Torquemada y su Santa Inquisición se manifiestan de diferentes maneras que iban desde la tortura hasta la quema en la hoguera.

Seguimos en ese empeño, Seguiremos hasta el final de nuestros días. Por lo menos en memoria de Enrique.

No hay comentarios:

Publicar un comentario