domingo, abril 29

El hombre puede ser un lobo para con el hombre

Estos días he recordado la novela “El lobo estepario” de Hermann Hesse. La leí hace 43 años en mi época en la universidad y ha sido una de las que más me impactó en aquel convulso momento junto con “La metamorfosis” de Kafka, “Así habló Zarazustra” de Nietzsche o “Escucha hombrecito” de Reich. Eran lecturas profundas que incitaban a reflexionar sobre las contradicciones del ser humano. En la primera una conclusión: el hombre puede ser un lobo para el propio hombre. He vuelto a recordar esta enseñanza estos días al hilo de mi reflexión anterior sobre la miseria humana. La pregunta que ahora me hago es: ¿por qué me han ocurrido precisamente a mí estos “incidentes? ¿Qué mecanismo activo en esos miserables para generarles una agresividad contra mi persona de tal característica? ¿Por qué les molesta mi presencia hasta tal límite? Creo que la respuesta tiene que ver precisamente con esa condición humana por la que los mediocres, los malvados, los canallas con poder no admiten la discrepancia, que alguien a quien generalmente acaban envidiando sea capaz de cuestionar lo que consideran poder incuestionable en su finca, en su coto, en su cortijo privado. Pero para que eso sea posible es necesario, imprescindible la colaboración del sistema, por una parte de quienes tienen capacidad para parar su desvarío y por otro de la complicidad de la tribu, del grupo, paralizado por el temor a que les ocurra lo mismo, porque en ese castigo (generalmente la expulsión) también existe una carga ejemplarizante para el resto. El mensaje es: si a esta persona con su valía le pasa eso, fíjate a ti si osas enfrentarte.
Me pasó en mi trabajo en ONENA, cuando el Gobierno de Navarra permitió que un oportunista, un insensato que pretendía lucrarse de lo público destrozara una empresa con más de 100 años de historia. Una empresa que cogió con 240 trabajadores y ahora apenas sobrevive con 50. Me pasó también en el PSN con la aquiescencia de nuestros mayores de Ferraz que han presenciado sin mover un músculo que ese partido, fundamental para el equilibrio de Navarra, esté a punto de desaparecer a pesar de mis advertencias. Y me vuelve a ocurrir ahora con un grupo de teatro semipúblico debido a los fondos que permiten su funcionamiento y los locales que se utilizan para su actividad. En este último caso aún me queda la esperanza de que el Ayuntamiento reaccione a tiempo antes de que esa bomba de relojería les estalle en la propia cara. Pero lo realmente importante es que esta reacción en los canallas se provoca cuando existe una confrontación ante su desvarío, su prepotencia, su irresponsabilidad. No pueden entender que nadie pueda discutir lo que consideran poder incuestionable, que alguien les plante cara. Su mente enferma se distorsiona cuando alguien es capaz de decirles: NO y además razonándoselo. Eso provoca una agresividad que no pueden controlar, porque les pone ante el espejo de su propia incompetencia, de su mediocridad. Estos siniestros especímenes los podemos encontrar en cualquier actividad que desarrollemos en esta compleja vida, pero quizás en estos últimos tiempos están proliferando más. Practican diferentes modelos de agresión definidos por los expertos como Mobbing, Bulling, acoso político o teatral. Formas de violencia que intentan sea
Para frenar sus nefastas consecuencias es necesario como ya adelantaba en mi anterior reflexión que no cuenten ni con la complicidad de sus “mayores” (son muy cobardes ante la estructura jerárquica) ni con la de los que consideran sus súbditos, su secta. Esta parte es la más difícil pero la más eficaz, ya que la solidaridad los desactiva, incluso provoca su propia destrucción, porque evita que actúen con la impunidad que necesitan. No entienden valores tan básicos como éste, o la libertad, la honestidad, la generosidad la capacidad de análisis y diálogo, que están en las antípodas de sus características personales. Mi experiencia de estos días ha vuelto a ser negativa, pero a pesar de ello seguiré luchando contra este tipo de comportamiento enfermizo, intentando evitar su extensión, o al menos dificultarla, denunciándolo allí donde exista capacidad para hacerlo. El hombre puede ser un lobo para con el hombre, pero al menos que no lo sea con nuestra complicidad. En eso estamos.

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