viernes, marzo 30

29-M: táctica y estrategia

Artículo publicado en DEIA el 30 Marzo 2012


Llegó el momento de la verdad, el 29 de Marzo ha sido la fecha en la que los sindicatos, esta vez por fin todos nacionalistas y no nacionalistas juntos codo con codo, nos han convocado a la población de este país (ponga aquí cada cual lo que desee) a una nueva huelga general, la enésima desde el inicio de nuestra reciente democracia.

Motivos existían ya que las últimas medidas tomadas por los gobiernos, tanto del estado como de las comunidades autónomas, más las de carácter europeo significan la mayor agresión que ha sufrido la clase obrera, la que trabaja y la que está en el paro, en toda su historia. Lo significativo es que esa agresión ha venido desde las instituciones gobernadas por la derecha, como parece que debiera ser lo natural, pero también de manera anti natural desde las dirigidas por la izquierda en un gesto de sumisión sin precedente.

Esa extraña situación en la que la izquierda ha propiciado medidas más propias de la derecha clásica ha producido, primero un cierto desconcierto en sus bases sociales, después enfado y por último indignación, cabreo. No era la primera vez pero quizás las anteriores, las que tomaron los primeros gobiernos de Felipe González, se interpretaron a pesar de haberse respondido con la mayor huelga general de la historia: la del 14 de Diciembre de 1988, como medidas dolorosas pero necesarias para la modernización de un país al que la larga dictadura franquista había situado en el vagón de cola de una Europa emergente.

Esta vez no ha sido así, la anterior convocada durante el gobierno de Zapatero, tan reciente y al mismo tiempo tan olvidado (quizás el Presidente que menos recuerdo haya dejado en nuestra reciente historia) y esta, más lógica pues es contra un gobierno de derechas, han sido la reacción ante una situación creada por el poder económico y financiero, al que todo el mundo considera responsable de la dramática situación en la que nos encontramos, pero al que nadie sabe o se atreve a meterle mano, a controlarlo, a exigir responsabilidades e incluso aplicar un castigo ejemplar.

En su momento ya se teorizó que Zapatero “el olvidado” debió convocar elecciones anticipadas y haber dejado la responsabilidad de las dramáticas medidas a tomar a la derecha, porque hay que ser muy de derechas para tomar ese tipo de medidas. No tuvo el valor de hacerlo y consiguió el debilitamiento de una izquierda perpleja ante decisiones que tomaba un gobierno de “los suyos”.


Ahora Rajoy y el PP pueden seguir la senda iniciada con coartadas difíciles de rebatir: “oigan señores socialistas, pero si esto me lo enseñaron ustedes” parece decirle a un Rubalcaba, empequeñecido como cómplice de lo anterior, cada vez que éste se atreve a abrir la boca.

Ante una izquierda política desactivada solo quedaban los sindicatos, aunque estos también se encuentran en entredicho, no solo porque se les ve incapaces de dar alternativas serias, también porque se han convertido en pesadas maquinarias burocráticas repletas de liberados a sueldo, alejados de las fábricas, de los tajos, mirados con desconfianza por una clase obrera agredida y malherida.

Las últimas encuestas rebelaban, debido fundamentalmente a esta dramática situación de desconfianza ante los partidos de izquierda y los sindicatos, que solo el 30 % de la población estaba dispuesta a seguir su llamamiento de huelga general y parece a la vista de los resultados que esa previsión era excesivamente pesimista pero indicativa de que aunque en la industria haya sido un relativo éxito, los servicios y transportes se han quedado a medio camino, con la típica y tópica guerra de cifras. Tiene una cierta lógica este resultado ya que la huelga la hacen los que tienen empleo, que son ahora los sectores más conservadores de la clase obrera ya que se agarran como a un clavo ardiendo de sus puestos de trabajo al borde de un abismo al fondo del cual, se encuentran ya más de cinco millones de compañeros y compañeras. Es difícil que en estas condiciones, desconfianza de sus organizaciones y miedo, mucho miedo a perder lo poco que tienen, la huelga pudiera ser un éxito rotundo, o al meno que fuera el éxito suficiente y necesario para que la derecha rectificara.

Quizás los resultados del pasado domingo en Andalucía y Asturias hayan producido una mayor desazón en ella que esta huelga, porque el mensaje lanzado en esas urnas es que con estas medidas y en pocos meses han dilapidado una parte importante de su activo electoral (y los partidos funcionan con estos parámetros electoralistas) ganado en los últimos años.

Es probable por tanto que nuevamente la izquierda, esta vez a través de sus organizaciones sindicales, se haya equivocado en el tempo, en lo que el marxismo analizaba como táctica, como ya se equivocó al no convocar elecciones anticipadas cuando debió hacerlo y que sea como consecuencia, siguiendo este análisis, de no actuar con la estrategia, o sea viendo el largo plazo, adecuada. La derecha nos ha echado la carnaza y hemos picado como bobalicones.


Es cierto que había que responder ante estas agresiones históricas, pero no es menos cierto que quizás la respuesta no debiera haber sido una huelga general que parecía condenada al fracaso, sino a través de una serie de movilizaciones que fueran in crescendo, animando a todos los sectores de la sociedad cabreados con lo que está ocurriendo: clase obrera, clase media, profesiones liberales, afectados por los desahucios, jubilados, parados, estudiantes (lo que denominamos acumulación de fuerzas) y llegar a un estadio superior a largo plazo: una revolución, moderna, sin sangre, pero contundente, que pusiera en cuestión las bases mismas del sistema capitalista. Esta estrategia habría necesitado más tiempo de maduración preparación y aplicación, pero sería más eficaz a la hora de cambiar una correlación de estas fuerzas, que en este momento nos es totalmente desfavorable.

Pero la suerte estaba ya echada (alea jacta est), es probable después del fracaso de este 29 de Marzo nuestras fuerzas hayan quedado mermadas, especialmente la de los sindicatos clásicos y la de los partidos de izquierdas (por cierto, lamentable la posición del PSOE que se ha negado a hacerla en el Congreso), pero de los errores se aprende y quizás ahora empecemos a analizar que lo planteado en esta reflexión no es tan descabellado y la idea de una revolución novedosa comience a abrirse paso entre los sectores más dinámicos de las izquierdas. Porque históricamente esas revoluciones las han propiciado, lanzado, encabezado sectores minoritarios pero valientes y dispuestos.


Esta huelga no va a cambiar la dirección marcada por los poderes económico-financieros que dirigen el gobierno del PP, pero si la izquierda sindical, política y social toma conciencia de lo que debe hacer puede ser el inicio, debe ser el inicio, de una nueva época en la que seamos capaces de cambiar la actual correlación de fuerzas y conseguir una profunda transformación de la actual sociedad.

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