sábado, enero 21

Enero negro. Que nunca olvidemos.


Una semana negra, aquella de Enero de hace ahora 35 años que viví en primera persona, tan bien reflejado por Bardem en su espléndida película,.

Tengo muy vivos en mi memoria aquellos dramáticos días. En aquel tiempo militaba en el PCE y en Comisiones Obreras, en la Universidad de Madrid donde estudiaba y en el sector de Artes Gráficas donde trabajaba. Precisamente aquel terrible 24 de Enero teníamos previsto reunirnos en el despacho de abogados de Atocha, pero nos llamaron para suspender esa reunión porque había otra más importante del Transporte que por entonces estaba en huelga. La sustituimos por una mini reunión en mi casa, que también solíamos utilizar en momentos puntuales. Había negros nubarrones, y algo se barruntaba. Hacía dos días había caído Arturo Ruiz después de una brutal carga policial, y ese mismo día Mari Luz Nájera. Pero a pesar de la rabia y la indignación se nos recomendó tranquilidad, y en la charla que tuvimos decidimos acatar esa decisión.

A las doce de la noche, yo ya estaba en la cama porque solía levantarme a las 6 de la madrugada, sonó el teléfono de mi casa. Un camarada me informaba de lo de Atocha. Pensé que podíamos haber sido nosotros. Luego una vorágine de reuniones, asambleas, contactos, y sobre todo un mensaje claro: hay que mantener la calma, no responder a la provocación. A pesar de la rabia contenida por nuestros camaradas asesinados apretamos los dientes y tragamos el sapo. Éramos comunistas y por tanto teníamos una mayor responsabilidad.


Después, el impresionante entierro en el que participé activamente como “servicio de orden”, y la sensación de estar viviendo momentos históricos. Luego con el tiempo entendí que aquel llamamiento a la calma de mi partido, el PCE, fue clave para conseguir la democracia, y desde entonces defiendo esa misma reacción en circunstancias parecidas.

Es curioso que sensaciones experimentadas entonces las vuelvo a experimentar ahora. Siento que vuelve la presión agresiva del fascismo, ahora con otra cara y otros nombres: “el mercado”, “las agencias de calificación”, el FMI… y la intolerancia, la sensación de peligro sólo por pensar diferente, la incomprensión de muchos, aunque en aquel tiempo existía una mayor solidaridad y camaradería entre los que luchábamos. Eso sí lo echo de menos ahora, en un tiempo en el que la insolidaridad, la ambición, la insensibilidad, el borreguismo, o la traición dominan la política.

Antes otro día de Enero, fatídica casualidad, el 21 pero años atrás en 1969 caía asesinado por la policía franquista Enrique Ruano. Conocí a Enrique en la lucha anti franquista, era de mi misma quinta, aunque en aquel tiempo yo militaba en el PCE y estudiaba en l Escuela Teleco. Allí un día de Enero nos enteramos de su muerte, de su asesinato, recuerdo las conversaciones con José Luis “Avinareta”, Manolo Briso, y Manolo Gamella, aunque los dos últimos eran de la FUDE teníamos una muy buena relación, y nos estremecimos al pensarlo. El franquismo agonizaba, lo sabíamos, pero temíamos sus últimos coletazos, y éste fue uno de ellos. También conocíamos a sus torturadores, a sus asesinos, el comisario Conesa, el temible Yagüe, y un sádico, “Billy el niño”, o lo que es lo mismo Juan Antonio González Pacheco. No los conocíamos físicamente pero circulaba por los círculos luchadores su crueldad.


En aquel tiempo se estaba discutiendo el Estatuto para la Politécnica, y la izquierda lideró esa lucha, yo era representante de Teleco, y después de una reunión clandestina en Caminos, al salir camino del autobús, paró bruscamente un Seat negro a mi lado, supe enseguida qué suponía aquello, bajaron dos policías de la Brigada Político Social, uno de ellos era “Billy el niño”. Creo que nunca se borrará de mi mente aquella cara. Ahora la he vuelto a ver de nuevo, vuelven a mí los recuerdos de aquellos interminables días en la DGS, en la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol. Aquel tétrico edificio que aún me da escalofríos al pasar delante, por más que ahora sea la sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid.

En el camino unas cuantas, muchas, hostias, casi todas venidas de Billy, especialmente cuando me quejé de que las esposas me hacían daño, y el aviso de lo que sería después. Reconozco que no fue miedo lo que sentí, quizás porque mis convicciones ideológicas eran tan profundas que estaba preparado para ello, era una mezcla de rabia, impotencia, e incertidumbre. Luego recuerdo que ya en la tenebrosa celda mi única inquietud era que mi madre estaría preocupada porque no llegaba a casa, y así era porque en aquel tiempo cuando te detenían desparecías. Menos mal que mi novia de entonces, mi mujer después durante unos años, que también militaba en el PCE imaginó dónde podía estar y se lo advirtió ya de madrugada, por eso acabaron las dos en la DGS descubriendo que me encontraba allí después de recorrer todos los hospitales de Madrid.
En ese lugar, en mí soledad, me preparé para lo que venía, había leído las instrucciones que nos daba mi partido, y por nada del mundo podía dejar de dar la talla, ni podía, ni debía “cantar” nada, porque de eso dependían otros camaradas, y aguanté, aguanté duro, y quizás el aguantar entonces me he hecho la persona que soy. Quizás en aquellos días, y en los que vinieron posteriormente en nuevas detenciones se forjó mi acero, me curtí definitivamente. Por eso ahora al ver su cara, al recordar sus interrogatorios, sus “métodos”, los siento aún en mis carnes, y me repugna aún más la tortura. Desde aquí alzo mi voz contra ella, más aún si se practica desde instituciones dirigidas por mi partido.
Hoy al recordar aquellos hechos pienso que también en esta ocasión pude ser yo, cuando Billy “actuaba” y uno de sus compañeros le decía “ten cuidado que se te va a ir la mano otra vez y lo vas a matar”, resuenan esas palabras y las recuerdo como si fueran ahora, y él respondía “no importa, hacemos como con Ruano, lo tiramos por la ventana y decimos que se quería escapar”. Pienso en Enrique, en todos los Enriques que dejamos por el camino, en aquellos camaradas, los abogados de Atocha, y que quizás el destino me quería llevar hasta hoy, para escribir estas líneas, que son, que quieren ser un homenaje a quienes lucharon codo con codo conmigo y hoy ya no están.
Hoy estamos en otro tiempo, pero esta tarde de invierno recuerdo aquellos momentos, aquellos días, aquellos interrogatorios crueles, aquellas gentes, a mis camaradas caídos con sensaciones profundas, muy profundas, y alguna lágrima asomando por mis ojos, sintiendo que al recordarlos recupero mi capacidad para llorar de emoción.
Quizás lo que me está ocurriendo ahora, escribir estas líneas, sea consecuencia de ese despertar al sentir

2 comentarios:

  1. Voy leyendo tu post y por un momento me parece viajar a la prehistoria de la historia. la memoria es frágil y nuestra capacidad de olvidar, sorprendente.

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  2. Comparto esa sensación contigo, Nicolás. Y esa nostalgia de aquellos tiempos que nos queda a la mayoría, por suerte. Hoy no hay organización política que no tenga que reflexionar sobre valores minimos exigibles. Decencia, honestidad.

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