lunes, junio 28

Benito Lertxundi - Kantuz

¿Negociar con ETA? DEIA 22-06-2010

El atentado de la T4 del 30 de Diciembre del 2006 no sólo sepultó una obra emblemática recién inaugurada, y dos vidas de los ciudadanos Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, también reventó en mil pedazos la posibilidad de finalizar de manera dialogada con la violencia de ETA.

Aquella fría mañana de Diciembre se desvanecían todos los esfuerzos realizados durante años, para convencer al estado de que la violencia podía y debía acabar por y desde el diálogo. Al conocer la terrible noticia quienes a un lado y al otro del río de aguas turbulentas que supone el denominado “conflicto vasco”, habían trabajo con esmero en construir los diferentes puentes que estaban posibilitado las conversaciones de Loiola, entendieron que ya nada sería lo mismo a partir de ese instante, que esa explosión nos retrotraía a diez años antes, a los peores momentos del conflicto.

Los terroristas no calcularon, o si lo hicieron no previeron sus consecuencias, que al estado no se le puede escupir en la cara mientras está hablando contigo, que la única manera de dialogar con él es desde la lealtad y cumpliendo las reglas de juego establecidas para ello.

Ese día 30 de Diciembre el reloj de la solución del conflicto se ponía a cero y la maquinaria policial, judicial, y de la colaboración internacional sustituía de manera definitiva a la negociación política y/o militar. La próxima vez que hablaran sería para negociar su rendición incondicional. Ese era el escenario al que algún descerebrado (de mayor calibre que el resto) nos había llevado.

Quienes dentro del PSOE habíamos defendido, no sin incomprensiones y descalificaciones, la vía dialogada, negociada para resolver este largo conflicto habíamos quedado sin ningún tipo de argumentos, al menos durante un largo periodo de tiempo, quizás para siempre.

Ese era el desolador panorama dejado por la terrible explosión de Barajas, desmoralizaba especialmente la inmovilidad, la falta de valentía de la otra orilla, pero la perseverancia de unos pocos ha conseguido que de nuevo la esperanza nos invada. Por fin algo se mueve en la izquierda abertzale, y esta vez parece que profundamente, afectando a elementos estratégicos y no puramente tácticos como venía siendo habitual. Hasta ahora los cambios solo se producían en función de su intención de participar en los diferentes procesos electorales, esta vez van más allá.

Las últimas declaraciones de Alsasua e Iruña marcan una senda que no tiene recorrido hacia atrás, por primera vez se enfrentan con decisión al poder militar establecido. Sus tímidos apoyos a la declaración de Bruselas auspiciada por Brian Currin, incluso su presencia en sus actos (fue significativa la de un influyente Txelui Moreno en el de Barcelona) indican que lentos pero seguros sus pasos se dirigen hacia la acción política y a la negación de la violencia como instrumento válido para conseguir su proyecto político.

¿Es suficiente ese giro?: Se podrá discutir si es menor del exigido por el estado para “perdonarles” y permitir su participación en las elecciones, pero en ningún caso que resulta novedoso respecto al pasado. Por eso es imprescindible desde ese estado ser generosos y favorecerlo, potenciarlo, que vaya creciendo en intensidad, en potencial humano e ideológico. Enfrentarse al mismo con una posición abierta, flexible, e incluso audaz, no sólo el partido que gobierna, también el que puede gobernar en el futuro, no sólo desde España, también desde Euskadi y Navarra.

Por eso la responsabilidad de adaptarse a los nuevos tiempos que vienen no sólo es del PSOE, es también del PSE (desde su posición gobernante en Euskadi) y del PSN (desde su posición influyente en Navarra) que deben abrir una profunda reflexión para adaptar su táctica y su estrategia a esta nueva realidad. Los comentarios, comunicados, posiciones políticas, decisiones, no pueden ser las mismas ahora que cuando la izquierda abertzale demostraba una sumisión patética a ETA. Los buenos dirigentes políticos son los que son capaces de adaptar sus reflexiones, sus decisiones a los cambios que se van produciendo, y éste es profundo, de calado. Sería también muy beneficioso que el PP de allí y de aquí pudiera acompañar en este empeño, aunque si no la hace habrá que realizarlo sin él.

Esa adaptación generosa va a permitir al mundo de la izquierda abertzale hacer un tránsito menos traumático hacia la actividad democrática, les va a dar argumentos dentro y fuera, en su ámbito político y en el militar, para demostrar a los recalcitrantes que es el camino correcto. Puede ocurrir como en la otra orilla que no todos lo admitan, pues esta vez lo que toca es ir en esa dirección, si no se puede con todos, con los máximos posibles.

¿Hasta dónde la generosidad?: al límite. Si realmente estamos convencidos de que éste es el momento tendría que ser la máxima posible, legalmente, policialmente en primer lugar, e institucionalmente a continuación. Para empezar desactivando juicios que pueden acabar igual que el de Egunkaria, como es el caso de Udalbiltza; con medidas más flexibilizadoras con los presos, bajando la presión policial hacia los que caminen en esa dirección, o evitando exigirles más de lo debido para poder participar en las próximas elecciones.

Por último la pregunta del millón: ¿hay que negociar con ETA? Por supuesto que sí, otra cuestión es qué hay que negociar. En estos momentos, y su error de la T4 les conduce a esta situación, sólo si su decisión de dejar la violencia es definitiva y verificable, tal y como se señala en la propia declaración de Bruselas. No más engaños. Después se podrá hablar exclusivamente de presos y exiliados, pero cuando ese primer paso haya sido dado.

Todo lo demás, lo político, social, lo negocian, lo dialogan los políticos y para eso sería imprescindible que se dieran las condiciones necesarias para una presencia de la Izquierda Abertzale en las instituciones, y que todos los que quieran hacer política la puedan hacer libremente. Resulta una incongruencia que algunos de los que más están haciendo por este cambio estén ahora en la cárcel. Quizás la nueva propuesta que están trabajando con EA pudiera facilitarlo.

Parece que se abre un nuevo tiempo en el que la esperanza vuelve después de varios años de desencanto. Ahora toca trabajar con prudencia y audacia al mismo tiempo, con generosidad, incluso arriesgando pero con lealtad hacia el contrario. No podemos permitirnos fallar de nuevo, por eso todos tenemos una gran responsabilidad.

En momentos oscuros, tenebrosos en lo económico, sería un rayo de luz para nuestra sociedad poder conseguirlo.

jueves, junio 17

Marea y Carlos Chaouen - Pan duro

LIBREPENSADOR

Recupero estas reflexiones que publiqué en DEIA hace ya cinco años: En alguna ocasión, y en los últimos tiempos con más razón, me he preguntado cómo me definiría desde el punto de vista ideológico. ¿Socialista? ¿Socialista, anarquista? ¿Socialista, liberal? ¿Liberal de izquierdas? Pero he llegado a la conclusión de que en realidad me considero "librepensador", o aunque pueda ser una redundancia "librepensador de izquierdas". Entendiendo por librepensador la definición clásica de "persona que forma sus opiniones sobre la base de la razón. Independientemente de la tradición, la autoridad o de creencias establecidas".
Además, y como agravante, me considero utópico. Aquel que persigue la utopía porque la utopía está en el horizonte: cuando yo camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Yo camino diez pasos, y ella esta diez pasos más lejos: ¿Para qué sirve pues la utopía? Sirve para eso, para caminar, para avanzar, para crecer intelectual y humanamente.

Por tanto a la vista de cómo está la militancia política en estos tiempos, resulta casi una contradicción definirse así y al mismo tiempo militar…, perdón, sería más adecuado decir estar afiliado a un partido. Aunque siguiendo el argumento de cómo están los mismos tampoco sería tan desafortunado emplear ese término.
Utilizando la lógica la mayoría de los afiliados a partidos considerados de izquierdas deberíamos ser librepensadores, y utópicos, pero me temo que eso no es así ya que la práctica de estos principios llevaría inexorablemente a la expulsión en más o menos tiempo. La disciplina en cualquier partido político que se precie está por encima de cualquier otra componente. Y ya se sabe que la disciplina si hay algo que coarta es la libertad, también la de pensar, especialmente cuando el pensamiento se transforma en palabras o se pone negro sobre blanco.

Derivado de esas circunstancias se me puede preguntar: ¿Cómo te las apañas para ser leal a tu ideología librepensadora, y al mismo tiempo seguir militando en un partido político? Buena pregunta si señor/a, y de difícil respuesta. Por lo menos de difícil respuesta que sea totalmente sincera si quiero seguir estando ahí: Pues limitando mi actividad librepensadora, o al menos dejándola en eso, en lo que pienso, y evitando en lo posible trasladarla a lo que digo y mucho menos aún a lo que escribo. En alguna ocasión ya he elucubrado sobre eso de la censura y autocensura. Bueno pues la respuesta más correcta sería: practicando la autocensura.

¿Eso supone una contradicción, o incluso una traición a mis ideas? Puede ser, pero al menos permite mi supervivencia en una actividad política que deseo mantener. Pero a medida que pasan los años uno se vuelve menos pragmático, y comienza a romper ataduras y compromisos, por lo que no sería de extrañar que en breve tiempo lleve mi ideología librepensadora a su máxima expresión. Pase lo que pase, y tenga las consecuencias que tenga.

Espero que alguno al leer esto no se apresure a elaborar el correspondiente expediente disciplinario. Desprecio profundamente a ese tipo de burócratas.
Siempre he defendido que en los partidos políticos nos deberían cuidar como si de una especie en vías de extinción se tratara, porque la verdad es que quedar quedamos bastante pocos, pero me temo que no va por ahí la cosa. Sobre todo teniendo en cuenta la experiencia vivida con los numerosos "tirones de orejas" que he tenido que sufrir en los últimos tiempos. Y eso que a veces me libro porque consideran mis opiniones "cosas de Úriz", como si estuviera loco o algo así, lo cual no se si interpretarlo como un favor o como un insulto.

Esto no quiero que se interprete como una crítica a mi partido, el PSN, porque probablemente en cualquier otro además de cómo estoy (marginado) estaría expulsado, y en alguno incluso algo peor. Mi crítica se dirige a todos, todos los partidos en general, y especialmente a los que se definen como progresistas o de izquierdas.
Aunque no nos confundamos, tampoco la sociedad actual tolera el librepensamiento. Bueno, cuando éste supone una crítica a los demás sí, pero si está dirigida a nosotros la cosa cambia. No hay nada más que ver, leer, las respuestas a algunos artículos. Como eso se suele transformar en epidemia, también algunos medios de comunicación se suman a la cruzada. Uno de Navarra sólo me saca los artículos que escribo cuando son críticos con la actitud de mi partido, no porque respete el librepensamiento sino para erosionarlo. Debo reconocer que eso jamás me ha pasado durante mi larga colaboración en DEIA, durante la que nunca he tenido el menor problema. Gracias.

No vivimos una buena época para el librepensamiento. A pesar de ello habrá que aguantar. Intentaremos seguir los consejos de Bertolt Brecht: "Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles". Seguiremos luchando, al menos para que alguien aguante la vela hasta que otros más jóvenes vengan a relevarnos, aunque a la vista de lo que viene detrás no me extrañaría que nos muramos sujetándola.

En fin, mi compañera en esta parte de la vida me dice que me estoy volviendo demasiado pesimista y crítico a la hora de valorar la sociedad actual. Será cosa de la edad, ya se sabe que algunos nos volvemos gruñones con los años.
Pero no quiero finalizar sin lanzar un grito bien alto:

¡Viva el librepensamiento! ¡Viva la utopía!

P. D. Aunque se pueda interpretar que no tiene nada que ver con este artículo, no quisiera privarme de reflejar una frase que me ha parecido simplemente genial, dicha por Blanca Li: «Si tuviera que morir esta noche, quisiera tener la sensación de haber sido bueno. Cualquier tonto puede ser malo, pero la bondad precisa inteligencia».

Joan Baez - Txoria Txori

Vuela libre amigo, vuela amigo para ser libre

Si le hubiera cortado las alas habría sido mío, no habría escapado.
Pero así, habría dejado de ser pájaro.
Y yo…
Yo lo que amaba era un pájaro.


Toda una filosofía de vida va implícita en estas palabras de una bellísima canción de un cantante vasco, como César, ya fallecido: Mikel Laboa.

Aunque supongo que Laboa se refería a cómo entendía él el amor, libre, sin ataduras, también se puede aplicar a otras facetas de la vida como la política.

La canción nos dice que para ser pájaro hay que ser libre, con las alas dispuestas a volar sin ataduras, tan alto como nos sea posible. Pero hay quienes se empeñan en intentar cortar esas alas, controlar a quien quiere volar por sí mismo, a aquellas y aquellos que están dispuestos a pensar sin dogmas, sin tabus, que caminan por la vida ligeros de equipaje y por eso mismo difícilmente controlables por el poder establecido, por los burócratas, los trepas de cualquier pelaje. Les temen, temen su libertad, y al mismo tiempo envidian su vuelo majestuoso, porque desde su mediocre pedestal son incapaces de alzarse de la tierra. Sólo pueden levantar un instante su cabeza para verlos volar.

Amigo, hoy te vas, buscas otros lugares para tus vuelos, pero no dejes nunca de hacerlo, no permitas jamás que te corten tus alas. Simplemente márcanos el camino para que el resto de los pájaros que aún quedamos libres, podamos volar junto a ti disfrutando de los bellos paisajes de tu Euskadi querida, esos que cuelgas y debes seguir colgando en tu Facebook, esos que nos alegran las mañanas, o los atardeceres nostálgicos.

Vuela amigo, vuela libre para que esa libertad se contagie al resto.

domingo, junio 6

You've Got a Friend - Carol King & James Taylor

Te querré siempre de Manuel Cruz

Cuelgo un reflexivo artículo de Manuel Cruz sobre un tema que me interesa especialmente:


Como de algún cabo hay que empezar tirando para plantear la cuestión que me interesa abordar a continuación, elegiré uno próximo. Resulta llamativo que un autor como Ortega, capaz de pensar en algunos momentos con hondura acerca de la naturaleza del amor (y escribir cosas así: "Amar una cosa es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquel objeto esté ausente"), retroceda a la hora de analizar experiencias amorosas de indudable calado, como la constituida por el anhelo que experimentan los amantes de que su pasión sea eterna, y desdeñe su importancia, dando la impresión de ser ciego para percibir lo que ahí se encuentra en juego (y que al mismísimo Platón no se le había escapado). Envite que le expresaba, con hermosas palabras, Catulo a Claudia (en la novela de Thornton Wilder Los idus de marzo): "Nunca, nunca podré concebir un amor capaz de prever su propio fin. El amor es en sí eternidad. El amor es, en cada instante de su vida, el tiempo todo, el único atisbo que se nos permite de la esencia de la eternidad".

El amor sincero, por tanto, mientras se mantiene, es eterno por definición, aunque sepamos que en la práctica un día dejará de serlo. Hablar de sinceridad resulta aquí pertinente, porque es el amante el que se compromete, no el amor mismo -aunque el amante guste de aparecer como su fiador-. Y, en el momento en que se compromete, se compromete naturalmente para siempre a no amar más que a una persona, renuncia para siempre a amar a otras personas.

Lo que hay que plantearse no es que el juramento se incumpla ("¡Juramento de borracho! -ha escrito, sarcástico, Jankélévitch en su libro Las virtudes y el amor-. El [...] filósofo irónico que lo contempla, sabe que es provisional [...]. El amor fulgurante, tan diferente por ello de la serena amistad, cederá un día a una nueva elección, a una nueva decisión"), cuestión manifiestamente de hecho -de bien fácil constatación por lo demás- sino qué ocurre, qué deja a la vista o qué consecuencias tiene tal incumplimiento.

Con otras palabras: lo de menos ahora es qué callo le pisaban a Ortega este tipo de situaciones. Disponemos de indicios para sospechar que al autor de Estudios sobre el amor, partidario en última instancia de un yo robusto (¿demasiado robusto, tal vez?), no le resultaba difícil aceptar que "es lo más frecuente que el hombre (sic) ame varias veces en su vida", pero le generaba una considerable incomodidad la percepción de sí mismo que lequeda al sujeto tras el final de cada genuina pasión (¿o será que, según él, no hay de verdad tantas como enamoramientos?).

Pero si, por un momento, en vez de colocarnos en el estupor que provoca el juramento incumplido, lo hiciéramos en el momento inicial de cada nueva pasión tal vez obtendríamos una clave que arrojara un poco de luz sobre este asunto. Porque igual que el enamorado es incapaz de pensar el fin de su amor (en este caso, del amor que está empezando), tampoco puede pensar que antes de este, que vive ahora como absoluto, único, excepcional, pudo haber otro que percibió exactamente de la misma manera, y tiende a considerar al anterior, no ya prehistoria, sino apenas pálida sombra, involuntario ensayo general fallido de lo que ahora se muestra como plenitud insuperable, incontestable, incomparable.

Lo que deja todo esto en evidencia no es una mera paradoja epistemológica, o una simple inconsistencia discursiva. Si únicamente de eso se tratara, la situación descrita no nos interpelaría con tanta fuerza, con tan profunda violencia. La razón última por la que, por decirlo a la manera de Proust, cuando estamos enamorados somos incapaces de actuar como adecuados predecesores de las personas en las que nos convertiremos cuando dejemos de estar enamorados, o nos removemos inquietos al tener que evocar un amor anterior, se relaciona, como no podía ser de otra manera, con una dimensión estructural de nuestra propia identidad.

Porque si nos aterra imaginar un futuro sin la visión de los rostros o el sonido de las voces que amamos es porque intuimos que tales pérdidas constituyen la cifra, el signo, de una pérdida que se encuentra en el límite de lo que nos sentimos en condiciones de soportar. Se trata de un dolor mucho más cruel, y es el dolor de no experimentar dolor, de sentirse indiferente hacia aquello que, por otro lado, no podemos olvidar que marcó a fuego nuestras vidas.

Caemos entonces en la cuenta de que lo que realmente habríamos perdido en el camino es algo de nosotros mismos. Nuestro propio yo habría cambiado, lo que es como decir que el yo anterior habría muerto. Se trata, señala Proust en A la sombra de las muchachas en flor, de "una muerte seguida, es cierto, por una resurrección, pero en un yo distinto, cuya vida y amor están fuera del alcance de aquellos elementos del actual yo que están destinados a perecer...".

La cosa va más allá, pues, del hecho sabido de que mi relación con los otros proporciona la ocasión, el medio, para tener noticia de mí, o incluso de que la única forma de experiencia de mí mismo me viene dada a través del otro (el sociólogo fenomenológico Alfred Schutz tiene escrito algo extremadamente parecido a esto). Estaríamos afirmando que en realidad son los otros -y especialmente esos otros a los que nos abandonamos en la experiencia amorosa- quienes nos constituyen, quienes nos conforman, quienes nos hacen ser, precisamente, aquello que somos. De tal manera que cuando se van, cuando los perdemos, cuando desaparecen de nuestras vidas, se llevan con ellos algo sustancial, básico, de nuestra realidad personal. Su muerte es nuestra muerte o -si es nuestra la decisión de terminar con ese vínculo- nuestro suicidio.

No se pretende con lo anterior cargar las tintas retóricas, o deslizarse hacia la grandilocuencia sentimental. Estamos hablando de la esfera simbólica, claro está, pero resulta escasamente discutible la centralidad que la misma ocupa en la existencia humana.

Quedarnos sin un yo continuo, permanente, estable, altera de manera sustantiva los esquemas mentales con los que estábamos acostumbrados a funcionar, también en materia amorosa. Si pasamos a hablar en términos de discontinuidad del yo o, dando un paso más, de múltiples yoes a lo largo de nuestra vida, la mayor parte de registros con los que funcionábamos para administrar nuestras relaciones con el futuro y con el pasado parecen saltar por los aires. ¿Qué sentido podría tener la nostalgia por un pasado que atribuiríamos a un yo diferente al actual? ¿O la melancolía, por lo que pudo haber sido y no fue... de otro? ¿Tendría más sentido la ilusión por lo que pueda esperarle a alguien que tal vez ni siquiera sea yo mismo?

Acaso la disolución más inquietante del yo no sea la que se produce en la cima de la pasión, en los instantes-cumbre del vértigo amoroso: a fin de cuentas, de tales presuntas disoluciones teníamos sobrada noticia a través de los románticos -que se encargaron, de paso, de tranquilizarnos, haciéndonos saber el carácter reversible, un poco de mentirijillas, de las mismas-.

El escritor que, exaltado y torrencial, nos narra cómo vivió aquella experiencia en la que creyó perder su yo en otros brazos, puede hacerlo precisamente porque lo ha recuperado (y regresa para contarlo). La tristeza fría del que juró amor eterno en vano es, en cambio, el relato remansado de la ruina de una intensidad. La crónica de una desaparición que se lleva consigo al cronista. El mapa de un mundo empobrecido.


Manuel Cruz es catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona y director de la revista Barcelona METROPOLIS.

jueves, junio 3

Por la libertad de pensamiento. Por la lealtad a las ideas.


Llevo más de cuarenta años en política. Suelo decir que “estoy en la política, no soy un político”, porque para serlo, al menos para serlo bueno, debería tener condiciones que no poseo. Carezco de disciplina cuando se trata de obedecer directrices que considero injustas, digo lo que pienso sin pensar lo que digo, al contrario del manual oficial, no reconozco autoridad de quien no la tiene desde el punto de vista intelectual, pienso por mí mismo cuestionando libremente los dogmas, vengan éstos de donde vengan, lucho por la libertad de pensamiento, de expresión, no soy leal de manera incondicional al líder, lo soy a los ideales. Por si fueran pocos desmanes éstos estoy a favor del diálogo entre diferentes, incluso entre muy diferentes, y me considero de izquierdas, libre pensador, republicano, no creyente, poco controlable, lo que se denomina un pelín anarquista.

Vamos que soy una joya, al menos para militar en partidos de ahora, que siguen con los tics del siglo XIX sin haberse enterado que ya estamos en el XXI. No me extraña que los ciudadanos nos consideren un problema, casi un peligro.

Hace unos meses conocí a una persona de mis características. Como no es habitual he hecho con él una buena amistad que espero profundizar en el futuro. Él tenía un problema añadido al mío: era alcalde de una gran población, y eso además de molestar, de inquietar al poder establecido, supone un verdadero incordio para ellos, especialmente la falta de control, la independencia de criterio y de pensamiento les asusta.

Por eso como se dice en el argot coloquial se lo querían “cargar”. Y lo han conseguido, amparándose, sospecho que con malas artes, en un sumario endeble como es el denominado “caso Pretoria”.

No sé que ha pasado en concreto en ese “caso”, lo que sí sé es que las personas honestas se las ve sólo con una mirada, y ésta persona lo es. Está muy claro que es honesto.

Entonces: ¿por qué quitarse de en medio? Pues porque la gente honesta aguanta menos la presión que la que no lo es. Le pasó a Josep Borrell hace años, y vuelve a ocurrir ahora.

He intentado convencerlo, al igual que los que le rodean, para que no lo hiciera, porque eso le suponía quedarse indefenso bajo los caballos. Esos a los que algunos le han empujado sin piedad, con inmundicia. Me dan asco, desprecio profundamente a ese tipo de dirigentes políticos a los que no importa un carajo las consecuencias de sus acciones. Aquellos para los que los militantes somos sólo un número, una pieza de su macabro ajedrez. Desde aquí les escupo en la cara. Algún día la inmensa mayoría reaccionaremos, haremos una revolución interna pacífica y democrática y les echaremos a patadas. Ese día recuperaremos la credibilidad social perdida. Prometo dedicar todo mi esfuerzo en ese empeño hasta el final de mis días, porque no pienso abandonar el barco, que es mucho más mío, nuestro que suyo.

No lo he conseguido y por eso se va. Se va de su cargo de alcalde, pero tengo la sensación de que eso le va a dar más impulso, más libertad para seguir luchando por un PSOE más fuerte, más de izquierdas, más leal a las ideas socialistas. Ahí nos veremos codo con codo.

Pero ahora necesita apoyo, solidaridad, y al menos tiene la mía. Y los culpables mi intención de combatirles allí donde estén, tengan el poder que tengan. Ojala muchos y muchas de los que ahora están indignados con lo ocurrido se sumen en esta batalla por la dignificación de la política. Debemos de organizarnos, porque somos más, mejores y encima tenemos razón. Organizarnos para la realización de actos que pueden empezar siendo lúdicos, pero que con el tiempo se transformarán en políticos. Así se hace la historia de ciertas revoluciones, y ¿por qué no pensar que éste es el inicio de una de ellas?

Por cierto, la persona a la que va dirigido mi apoyo, mi cariño, y mi solidaridad se llama César Arrizabalaga y aún es alcalde de Montcada i Reixac un pueblo de Catalunya. Pero se extiende a todas las mujeres, a todos los hombres que son libres, que se expresan y manifiestan libres desde la lealtad suprema a sus ideas, a las ideas de la izquierda y el progreso. A todas ellas van diridas estas reflexiones.

Aupa Cesar! Estamos contigo.

AGUR JAUNAK. Hasta luego César Arrizabalaga.