jueves, marzo 26

Quedarse (versión libre de un texto de Rosa Montero)

Uno de los enigmas de la historia del ser humano es saber por qué los esquimales, que se llaman a sí mismos inuit, “la gente” (preciosa definición), se quedaron a vivir en el ártico, la zona más inhabitable del planeta. Entiendo cómo pudieron llegar hasta allí: empujados por la necesidad, por la violencia, huyendo de pueblos más guerreros. Pero, ¿quedarse? ¿Vivir en un desierto hiperbóreo, sin nada más que un frío letal, e infinitos hielos?

Aunque pueda sonar extraño lo ligo con otra situación. Comí el otro día con una amiga que, tras una intensa y agitada vida amorosa, lleva más de 20 años con el mismo hombre, y le pregunté por qué con éste sí se había quedado a construir una vida en común. No supo contestarme. Y me recordó a los “inuits”, y en que quizá la lenta, compleja y difícil construcción de una vida en pareja se parezca mucho a este complicado logro esquimal que consiste en construir un hogar donde no hay nada. O peor aún, donde sí hay algo: vientos huracanados, tormentas colosales, en el círculo polar, intereses divergentes, feroces broncas, diferentes maneras de sentir y expresar el amor. Como en el caso de los “inuits”, está claro por qué llega uno a una historia amorosa: por necesidad de afecto, por soledad animal, por sensaciones apasionantes, por sentimientos profundos, por urgencia genética. Pero después hay que quedarse.

Para mantener una pareja, como es obvio, no se debe, no se puede aguantar todo, pero desde luego es necesario aguantar bastante. Tal vez por eso ahora haya tantas separaciones: porque nos flaquea la tenacidad. ¿Por qué se queda uno? Puedes darte razones y hablar de los hijos, o del miedo al frio exterior, o de la comodidad, o la cobardía, pero en realidad esa perseverancia es un misterio. Y así se van pasando los años, los enfados, los encuentros y desencuentros, y de pronto un día descubres que se ha creado un espacio, un modesto y cálido refugio para dos, un iglú protector en el mar de los hielos. Y ese día te das cuenta de que eres feliz así.

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